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Opinión | Con vistas al Naranco

Carlos Llaneza describe a unos amigos

En la promo de «Historias Menudas (o viceversa)» de Carlos Fernández Llaneza parece insistirse en que el autor entra por vez primera en la Ficción, considerada ajena en sus varios libros anteriores más próximos al seguimiento a Canella que a Clarín. Sin referirme a las publicaciones precedentes, discrepo en parte pues este nuevo libro no es, en absoluto, ficción. En Literatura no suele haber la polarización que tristemente se da en Política, incluso en Antropología si contrastásemos el Hombre bondadoso, ¿valdría de ejemplo universal Carlos F Llaneza?, sobre cuyo primitivismo filosofó Rousseau, con el Hombre, también primitivo, de Hobbes, de cuyas hogaño personificaciones del afamado aforismo lobero, a niveles internacional, estatal o local prefiero pasar de momento. El dilema de seguir a don Fermín Canella o a don Leopoldo Alas, ambos cumbres de nuestro Oviedo, es contrario, absolutamente contrario, al recto sentir de Llaneza a los que une, y bebe, como escritor. Carlos sin renegar para nada de nadie, hace de sus pequeñas historias un telar de relato hiperrealista de nuestro tiempo, plagado de personas y personajes magníficamente desmenuzados en «(…) un mundo que dejó de necesitar nobles (…)» tal el mismo autor recuerda a través de uno de su gavilla de peones como habrían hecho Pérez Galdós o William Faulkner a veces una pizca sobrecargados.

No soy neutral para recomendar estas descripciones de la fauna humana de nuestros tiempos y sus cercanías. La mirada tierna de Carlos siempre me interesó hasta conmoverme casi siempre. Ya antes Jesús Fernández Muñiz, su querido padre, que me acompañó como Secretario de Organización-título hoy tan denostado a otros niveles por las presuntas, por ser benévolos, pillerías de JL. Ábalos y S. Cerdán- de la Sección Oeste del PSOE local, en mis primeros e inseguros pasos partidistas. Jesús me dio la pátina acogedora de su paternal veteranía y su exquisita prudencia que precisaba a gritos y que él llevaba muy dentro tras su paso por las Juventudes Unificadas, los sufrimientos carcelarios y de represaliado, su duro y honesto trabajo en la empresa de Laureano Fernández, Casa Viena, y su arraigo en un barrio y una zona en los que todos los parroquianos le apreciaban. Tras esa varia lección, y su seria militancia consecuente, Carlos debió ser alcalde de la ciudad que merecimientos sobraban en época de auge social democrático y con baterías llenas para retener las «horas valle». No fue hasta el momento alcalde como tampoco Canella ni Clarín que firmaron de cronista oficioso y sabio concejal respectivamente, tareas consistoriales ambos que ejerce a la vez Carlos F. Llaneza.

De vida repleta en generosidad a raudales, ejemplar en su trabajo y actitud vital, largo recorrido en el ovetensismo (esfuerzos y sapiencias de concejal, loables escrituras acerca de las joyas de «Los Pilares», «Otero», «El Naranco»; «El Campo San Francisco»…) Carlos encara desensillar para explorar en nueva montura vehicular lo que él y sus primeros lectores, entre los que estaba la admirable cronista Carmen Ruiz Tilve, consideraron ficciones que no son más, ¡ni menos!, que descripciones de personas y personajes con la maestría de buen literato, heredero de un gran padre y gotitas de corazón áureo muy personal.

Pudiera ser que para la supuesta categoría ficcional, el autor recurra a deformar u ornar las descripciones introduciendo no menos supuesta distancia a la hora de presentar su tipología, elevada por sobria escritura a calidez y calidades inconmensurables. Josep Pla se atribuía a sí mismo el único mérito de buscar, y lograr, el Adjetivo; Carlos Llaneza encuentra para cada tipo siempre los términos precisos que se auto exigía el gran escritor catalán. Carlos, incluso en sus travesuras de infante, ama a sus creadas criaturas. Por ahí van sus logros pero tampoco, insisto, ninguna de sus ficciones, pues tiene demasiado apego en nuestro convulso tiempo a su impecable testimonio. A su benemérito testimonio, diría mejor.

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