Opinión
Amistad «Amicitia»
Vinculos auténticos ante el oportunismo
No sé qué clase de elemento «químico» hace que las personas sientan en la piel el deseo de la amistad –tan proclamada, pero a la vez tan mal ejecutada por algunos–. Al referirse al concepto de amistad, nombramos diversos tipos de relación que poco o nada tienen unos con otros. No obstante, todos hemos heredado un legado de nuestros antepasados que puede que sea la raíz de una parte cuantitativa de nuestra historia. Unas formas que han sido aceptadas en general y han contribuido en cierta medida a los principios que nos inculcaron y aportaron confianza para obrar lo mejor que uno pudiera de acuerdo con la conciencia.
Lo más relevante y cuantificable de nuestras vivencias no son solamente nuestros amigos, sino los espacios y lugares que nos vincularon a ellos: el lugar en el que nacieron, los juegos o deportes que disfrutaron, los colegios donde se formaron, así como los primeros afectos que tal vez sintieron. Todo el conjunto formaba parte del ámbito de afinidad con una historia común de afables recuerdos de otro tiempo -a mi entender-, cuando las cosas albergaban más sentido y nos reíamos a su vez de nosotros mismos, donde algunos construyeron lealtades, empatía, y sensación de pertenencia. En definitiva, una fidelidad que no era negociable, y que ayudó a progresar y crecer como personas, contribuyendo a marcar y compartir los pasos que se iban dando, los logros y también los fracasos. Aquellos recuerdos, por muy pequeños que sean, conforman la esencia que nos define
Lo que se aprende con amigos leales fructifica y permanece; lo que se aprende con dolor se aborrece y olvida. Nuestras acciones hablan por nosotros y eso es lo que define a cada uno. Ciertamente, estamos más dispuestos a quejarnos o lamentarnos de las decepciones y traiciones que hemos recibido que de aquellas que hemos generado. Todos somos viajeros; la única diferencia puede que esté en cuánto equipaje estamos dispuestos a cargar. La amistad tiene una memoria selectiva; casi nunca recuerda el daño que pudiera haber hecho. ¡El pasado solo tiene poder si se lo permitimos!
En la amistad hay algo irremplazable que es la esencia y no la apariencia. No debemos confundir la amistad con el amiguismo y sus clientelares estructuras. Algunos toman conscientemente el recorrido más corto con el único objetivo de conseguir «poder o plata». La condición humana alberga ese lado tóxico en el que predominan algunos «penitentes», dispuestos para cambiar de caballo sin sentir el menor rubor. Su extremo concepto de individualismo les justifica la inmoralidad de sus comportamientos, donde obviamente la infidelidad, la deslealtad y, por supuesto, la ingratitud son su carta de origen. En ellos predomina el egoísmo que les hace prescindir de cualquier atisbo de distinguir los rostros de la amistad. En definitiva, descartan toda generosidad y canalizan sus objetivos primando los honores, los puestos de mando y las prebendas. ¡La vanidad carece de grandeza!
Tal vez estos «tiempos nuevos» —¡pero no mejores!— de redes virtuales sean propicios para agitar y manipular el estado emocional, y estén transformando nuestras formas de relacionarnos. A mi entender, hubo más acierto en otros momentos donde la gente sentía las voces, la música. Ahora, cuando ya quedan pocas cosas que sentir y muchas que escuchar, nadie escucha y nadie oye. El tiempo es el que puede decidir la calidad de los más cercanos, al margen de sus sentimientos políticos o su posición social y económica. Los hechos son en verdad lo que puede determinar el rango de los amigos.
Discurren tiempos donde premia y se normaliza lo vulgar, se ignora el mérito y el esfuerzo y los «relatos virtuales» se han convertido en la «buena nueva» de una arcadia feliz. Es, pues, obligado apoyar y proteger a los más vulnerables e infravalorados, que suelen ser los que luchan en silencio. «Solo el que carga el saco sabe lo que pesa» —refranero popular—; y qué mejor medicina para ello que recuperar la más certera y loable virtud: la generosidad en beneficio de aquellos que protegen a los que olvidamos e ignoramos, ciudadanos carentes de malicia que ríen rápido y lloran también. Conducir los sentimientos hacia el bien y ejecutarlos con cortesía, eso es todo lo que hace falta si aspiramos a aportarle sentido a la vida y debería ser ineludible enseñarse en los colegios. ¡Tener en cuenta a los otros, además de a sí mismos!
Ser leal fue, y continuará siendo, una virtud que algunos cretinos e indolentes jamás podrán entender. Deberíamos cuidar la amistad como a las instituciones democráticas y regarlas día a día para que no se deterioren —necesitamos aire fresco para ventilar las estancias— y asegurarnos de tener cuidado con los «espíritus», porque si pueden robarte tu luz, lo intentaránn. n
Javier Batalla es miembro fundador de la Fundación Gustavo Bueno
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