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Ojito con horadar el Campo

No sabría decir la fecha exacta. Eso sí: día veraniego que amanecía bueno, antes de 1973, en que contraje matrimonio. Yo era el único durmiente en el soberbio edificio Manuel Busto/Álvarez Meana del Banco Herrero, en Fruela, 9-11, esquina c/ Principado, del que hay imaginativos cuadros de Carlos Sierra y José Vivancos, además de montón de fotos publicadas en libros del «ser de Oviedo». Mi mujer, embarazada, quedaba al cuidado de mi primera y segunda línea materna ascendente en Salinas, paraíso donde siguen a tumba abierta mil nostalgias infantiles. Yo debía trabajar antes de las ocho: reló Bedaux que cerraba, automático, a las 08,12, en el que los «jefes» estábamos exentos de firmar.

Entregado a Morfeo, me sacudió del mundo onírico un estruendo que pulverizó en añicos el alero del ventanal. Fue explosivo de las labores a ritmo trepidante las veinticuatro horas en la nada cercana Escandalera. Sería media mañana cuando hice sucinto relato del violento sucedido para mi mercantil, resultando que ya se había adelantado, neutralizador, Pedro Masaveu Paterson para quejarse de que yo, al que consideraba amigo, estaba inopinadamente en lugar inesperado que, a mayor despropósito, había iniciado una demagógica suscripción aceptada con la supuesta colaboración entre bambalinas de Luis Alberto Cepeda, director interino de este periódico, para comprarle el palacete «Concha Heres», hoy Banco de España, en la calle Toreno.

Hubo dúplicas verbales discretas en que insistí con hechos, acompañados de la descripción de aparejador de la casa bancaria. La polémica, entre otras derivadas, dio lugar a proteccionismo reglado en catálogo de varias arquitecturas y a la lamentable precipitación en derribos de otras, incluida la modernista de Santa Susana/Plaza San Miguel/Campomanes/Quintana. Me consta que Masaveu, que temió un abracadabrante ataque del Herrero contra su grupo, se comprometió a exigir diligencia para obras que autorizaba Manuel Álvarez Buylla, a la sazón alcalde; por cierto también, huésped estival en el playón, como calificaba José Francés, castrillonense chez Galán Martín.

La anécdota me viene al magín cuando se anuncia la reactivación del caduco aparcamiento, aunque no quepan legalmente ya explosivos, sí estrujados pingües beneficios que buscan superarse y esté olvidada la lacerante secuela de intercambio en su planta segunda de maletines corruptos para la llamada losa naranquina... En los mandatos de mi sucesor municipal se hicieron catas o sondeos, algo peroró el profesor Gutiérrez Claverol, y se desaconsejó el crecimiento removedor de estériles y deshechos mal compactados de la guerra incivil, conjurando mejor pasivamente riesgos sociales de horadarse el mosaico de Antonio Suárez, el Campo y cercanas construcciones de Uría, dejando para calendas grecas el cumplimiento legal de los accesos de viandantes.

¿Es necesario hoy ese parking en zona peatonal?

Por otra parte, ni podía imaginar que de aquel Escorialín de la imperecedera proverbial socarronería, denominación acuñada popularmente ya en tiempo del alcalde Alonso de Nora, que arrastraba causa en la tardanza en erigirse del escurialense San Jerónimo, emoción FET y de las JONS, se iba a pasar al Escorialón de hogaño en zona mapeada por la «falla Uría» y capas freáticas inundadas de la belicosidad por antonomasia del llamado cerco/asedio. Como sostienen los prestigiosos geólogos Galán y Sáenz de Santamaría: mínima prudencia sería exigible.

Hubo momento en que, gracias a la movilización firmante ciudadana y al bonísimo tino del concejal comunista Roberto Sánchez Ramos, que llegó sin mandato de IU regional a viajar hasta Bruselas, se evitó que horadasen el San Francisco e hicieran destrozos medioambientales mayúsculos, pero temo que no serán hogaño freno ante una mayoría desvergonzada municipal.

Por cierto, en ejemplo de transparencia, ¿por qué no empiezan el nuevo itinerario haciendo públicas cuentas de pérdidas y ganancias que imagino se hayan auditado correctamente?

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