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Por las libertades

En los primeros días del lejano 1983 logré encabezar la candidatura del PSOE a las municipales de Oviedo para ser ulteriormente alcalde durante dos mandatos. Fueron aquellas unas primarias sui generis, pues aún no había reglamentación nacional del partido, que se consolidaría estatalmente años después. La votación se constituyó en una asamblea en la Facultad de Económicas que presidió Álvaro Cuesta, que no ocultaba públicamente su íntimo apoyo a mi favor, con la vicepresidencia de Luzdivina García Arias, propuesta por Wenceslao López, entonces portavoz municipal, y la presencia, no recuerdo cómo, de Antonio Arnedo, buen amigo, y el inolvidable, para mí, al que tanto debo, Fernando Valle. En el turno de mi postulación ejercieron el trámite Jesús Zapico y Enrique Pañeda.

Las primarias ovetenses fueron, pues, un paso que se consolidaría luego a nivel nacional. Sin embargo, cuando el PSOE optó por ese procedimiento, que apelaba a mejorar la democracia interna, algunos buscábamos, sin faltarnos precedentes en prácticas foráneas y en derecho comparado, que las primarias tuvieran carácter abierto permitiéndose votar a simpatizantes de fuera del partido. Habría, sin duda, problemas con el censo a utilizar y otros de carácter menor que hubiera exigido reglarse. Lo cierto y verdad es que el PSOE entonces no estaba preparado para semejante reto. Y quizá ahora tampoco. En cualquier caso, hay en el socialismo local convocadas primarias, a las que estamos llamados a participar los militantes según normas internas ad hoc. En nuestro caso, los afiliados hemos de optar ya entre tres valientes candidatos que intentan el difícil, pero muy loable para los que algo supimos del tardofranquismo, si es limpio, objetivo posterior de ilusionar a los vecinos.

El voto es secreto, tanto en la urna partidista como en la ciudadana. Es logro de la libertad constitucional ganada tras la Dictadura. No obstante, pese a ese imprescindible secretismo electoral, pienso que dados trayectoria y constante pronunciamiento en asuntos de la ciudad con cuya historia, leyendas y afanes me siento absolutamente comprometido, creo deber adelantar a los lectores de estas sabatinas que mi voto irá, tras oír a la secretaria general y a los clarividentes concejales salientes, a Enrique Rodríguez Nuño. No es que lo conozca mucho, pero lo suficiente para estar seguro de su honestidad imprescindible frente a tanta corrupción que ha emponzoñado la vida pública y que su gestión es excelente al frente de centros de mayores, a los que pertenezco o, mejor dicho, donde estoy recluido, y también ejemplar gestión en otras varias tareas asumidas en la Delegación de gobierno. Todo suma para mí señales inequívocas de que está legitimado para administrar esta histórica ciudad, pronto probable capital cultural europea. Nada me hace contrario en mi fuero interno a los demás contendientes, a los que desconozco. Y es que todos los ciudadanos de buena voluntad debemos comprometernos de esta forma o de otras varias que vayan surgiendo contra la inexorable ola extremista que está próxima a terminar con las libertades.

He sido por elección democrática en urna secretario general de la AMSO dos mandatos y me atrevo a animar al compañero Enrique y a cuantos le acompañen a gestión rigurosa (rigorosa decía Ortega), tolerante y respetuosa con todas las aportaciones socialdemocráticas de dentro y, sobre todo, de fuera del partido, para los tiempos que corren y con los durísimos que van a venir. Es importante que la pieza Oviedo contribuya al progreso de Asturias, de España y de Europa y a ese respeto tolerante que están en el espíritu constitucional pero que salen muy trasquilados por lo que leo en medios. Además en Oviedo son trascendentales la comunidad de ventajas y servicios entre barrios y pueblos del Concejo con el Centro urbano y la región.

Es, en definitiva, imprescindible profundizar en el acertado aforismo de un eminente político, de los primeros europeístas, nacido en la calle Magdalena, de «Soy socialista a fuer de liberal».

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