Opinión

Doctora en Filología y directora general del colegio Santo Domingo FESD de Oviedo
Los maestros que iluminan
Un homenaje a José María Geijo, recordado por varias generaciones por su forma de enseñar y entender la educación
Cuando la noticia de su muerte comenzó a recorrer nuestro querido colegio, no pensé ni en el profesor brillante, ni en el innovador que fue capaz de anticiparse décadas a metodologías que hoy consideramos imprescindibles. Tampoco en el matemático admirable, ni en el ciclista incansable que seguía desafiando las carreteras con la misma ilusión con la que había recorrido las aulas. Pensé, sencillamente, en el maestro.
Llegué al colegio muy joven, estrenaba una pasión y un entusiasmo que él, enseguida, supo acoger. Me asignaron una tutoría especialmente compleja. Geijo impartía Matemáticas en aquel grupo y, sin proponérselo nunca, se convirtió en uno de esos compañeros que sostienen a los demás con una discreción que solo poseen quienes han comprendido que la verdadera vocación no necesita exhibirse.
Lo recuerdo atravesando los pasillos con su inseparable bata blanca y una cartera siempre repleta de cuadernos, exámenes y, sospecho, algún libro que estaría leyendo. Era un lector voraz y un hombre de una cultura poco frecuente. Podía conversar con la misma naturalidad sobre geometría, arte románico, literatura o ciclismo. Sin embargo, jamás hacía ostentación de lo que sabía. Su erudición tenía la cortesía de la sencillez.
Sus alumnos recuerdan sus cuadernos; quienes fuimos sus compañeros recordamos algo todavía más valioso: la manera en que entendía la educación. Mucho antes de que llenáramos nuestras programaciones de metodologías activas, aprendizaje por proyectos o competencias, él ya había comprendido que enseñar consistía, sobre todo, en despertar la curiosidad. En sus clases, las matemáticas dejaban de ser una sucesión de operaciones para convertirse en una forma de pensar. Quizá, por eso, conseguía algo extraordinario: reconciliar con las matemáticas incluso a quienes llegaban convencidos de que nunca podrían entenderlas. Porque el verdadero desafío no era resolver una ecuación, sino aprender a mirar con lógica, con paciencia y con asombro.
Geijo no enseñaba únicamente una disciplina; enseñaba una forma de pensar. Detrás de cada demostración aparecía siempre una invitación a la curiosidad. Y detrás de cada clase, una conversación sobre el mundo. Hablaba de asuntos que parecían alejarse del temario y, sin embargo, todos intuíamos que seguía enseñando exactamente lo mismo: a mirar con inteligencia, a relacionar ideas, a comprender que el conocimiento nunca vive encerrado en compartimentos.
Recuerdo que, en alguna ocasión, le contaba en la sala de profesores alguna anécdota de mi hija, que entonces era apenas un bebé. Días después descubría, con una sonrisa, que aquella historia había encontrado sitio en una de sus clases. Tenía el don de transformar la vida cotidiana en materia de aprendizaje. No porque quisiera entretener, sino porque había entendido que educar consiste, precisamente, en tender puentes entre el conocimiento y la vida. Y es que Geijo vivía con esa curiosidad inagotable que distingue a los verdaderos maestros: la certeza de que todo puede convertirse en conocimiento cuando se mira con suficiente interés.
Con los años, comprendí que muchos de nosotros también aprendimos de él sin sentarnos nunca en sus pupitres. Aprendimos de su serenidad, de su capacidad para escuchar, de su curiosidad inagotable y de esa forma profundamente humana de ejercer la autoridad sin imponerla. Por eso, algunos seguimos apostando por sus cuadernos de bitácora, con el mismo mimo con el que él preparaba los suyos, con un cuidado casi artesanal, y seguimos intentado que nuestras clases sean un lugar donde todos encuentren su sitio, también quienes llegan con miedo o con la certeza de que no son capaces.
En un tiempo que, a menudo, confunde la notoriedad con la excelencia, José María eligió otro camino. Nunca buscó protagonismo. Prefería la satisfacción íntima del trabajo bien hecho. Era de esas personas que alumbran más de lo que brillan. Quizá, esa sea la forma más alta del magisterio: desaparecer un día de los pasillos y, sin embargo, seguir entrando cada mañana en las aulas a través de quienes continúan enseñando con la misma honestidad.
Hoy, son cientos los antiguos alumnos que evocan su nombre con gratitud. También, quienes compartimos con él la tarea de educar sabemos que su legado permanece en la memoria de quienes aprendieron a pensar un poco mejor gracias a él y en quienes entendimos que enseñar consiste, sencillamente, en acompañar.
Tengo la íntima convicción de que los buenos maestros nunca desaparecen del todo. Permanecen en la mirada de aquellos a los ayudaron a comprender el mundo y a descubrir el placer de hacerse preguntas.
Hoy no quisiera despedir a José María con palabras solemnes. Preferiría darle las gracias. Gracias por recordarnos que el conocimiento necesita rigor, pero también humanidad; que la inteligencia solo alcanza su plenitud cuando va acompañada de la bondad; y que la educación deja de ser un oficio para convertirse en una vocación cuando alguien consigue que sus alumnos amen aquello que antes temían.
Gracias, Geijo, por tu humanidad serena, por tu coherencia, por la generosidad con la que compartiste cuanto sabías y por recordarnos que la educación es siempre una obra paciente, hecha de inteligencia, de bondad y de tiempo.
Este será, seguro, el lugar donde sigamos esperándote.
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