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La ópera de los jóvenes

El teatro Filarmónica acogió el concierto de clausura de la II Ópera Studio impulsada por la Asociación Cultural La Castalia de Begoña García-Tamargo, un proyecto subvencionado por la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo y patrocinado por LA NUEVA ESPAÑA que continúa consolidándose como una de las iniciativas más interesantes para la formación de jóvenes cantantes en Asturias. La velada, concebida como un espectáculo escénico completo ofreció el estreno de «El sobre equivocado», ópera de cámara de Yónatan Santianes, antes de culminar con una representación de «La serva padrona», de G. B. Pergolesi. El resultado confirmó el acierto de un planteamiento que combina educación y creación contemporánea al tiempo que acerca el género lírico a nuevas generaciones de intérpretes y espectadores.

Con dramaturgia y dirección escénica del propio compositor, «El sobre equivocado» parte de un recurso tan clásico como eficaz: el teatro dentro del teatro. Santianes sitúa la acción entre bastidores, desplazando el protagonismo hacia quienes habitualmente permanecen invisibles para el público (regidores, maquilladores, técnicos, maquinistas o responsables de iluminación) articulando la trama mediante equívocos, cartas cruzadas y situaciones cómicas que remiten deliberadamente a la tradición de la ópera bufa. La austera puesta en escena no necesitó más que un diván, dos sillas, un par de percheros y el piano para construir un espacio escénico funcional donde toda la atención recaía sobre la interpretación, favoreciendo además que la acción fluyera con naturalidad.

La primera en presentar a su personaje fue la soprano Vilma Ramírez, encargada de dar vida a Leonor, la regidora. Su aria inicial sirvió para situar al espectador en el argumento a través de una línea de canto elegante, sostenida sobre un fraseo bien trabajado y una emisión segura que culminó con brillantez en el registro agudo. A continuación, Paula Duarte (mezzo) aportó un interesante cambio de carácter a la función en el papel de Beatriz, la maquilladora. Su intervención, cercana por momentos al lenguaje del musical, mostró una voz con personalidad, sólidos graves y registro central bien asentado.

La voz ligera y flexible de la mezzo Anne Broers resultó muy adecuada para dar vida a la autoritaria directora de escena, desacreditada desde la comicidad, mostrando una dicción impecable y solventando con acierto algunos pasajes que no terminaban de ajustarse a sus cualidades vocales. Rotunda estuvo Ángeles Rojas como Serafina, la maquinista, probablemente la intérprete de mayor proyección escénica del reparto. Sus intervenciones estuvieron cargadas de intención dramática, con un vibrato perfectamente controlado y un notable dominio de los fraseos.

Álvaro Segador, en el papel de Ricardo, firmó uno de los momentos más inspirados de la obra gracias a una delicada canción de amor construida sobre el ritmo de habanera. El tenor evidenció una voz joven, capaz de expandirse con naturalidad en las frases más líricas y ondulantes, acompañado con sensibilidad por Arián Alegre al piano, cuya labor durante toda la velada fue mucho más que la de un simple acompañante: supo respirar con los cantantes y mantener siempre el equilibrio entre escena y música.

El enredo culmina en un concertante final bien construido que mantiene el pulso dramático y da paso a «La serva padrona», auténtica piedra angular de la ópera cómica. Ángel Simón (barítono) compuso un Uberto de gran solidez vocal y convincente presencia escénica. Desde el inicial, «Aspettare e non venire», dejó patente una voz bien impostada, homogénea y adaptada al carácter del personaje, explotando además una vis cómica muy oportuna en «Sempre in contrasti» y en «Son imbrogliato io già», donde resolvió con soltura el rápido y abundante texto.

Como Serpina, la soprano Noive Solar ofreció una interpretación fresca y musical. En «Stizzoso, mio stizzoso» resolvió con limpieza las coloraturas sin perder nunca la calidad del sonido, mientras que en «A Serpina penserete qualche volta» volvió a destacar por la afinación y el buen manejo de los contrastes dinámicos. Junto a Simón construyó una pareja escénica creíble, especialmente en el dúo «Lo conosco a quegli occhietti», uno de los momentos más vivos de la representación.

Mención aparte merece Ariel Martín, encargado del personaje mudo de Vespone. Su excepcional trabajo, sustentado en la gestualidad y la mímica, aportó dinamismo constante a la acción y compensó en buena medida la ausencia de sobretítulos.

El apartado escénico contribuyó decisivamente al éxito del espectáculo. La iluminación diseñada por Eduardo Espina creó atmósferas cambiantes de notable eficacia dramática, especialmente en los momentos de mayor introspección de Uberto, mientras que María Piquero realizó un excelente trabajo de expresión corporal con los jóvenes intérpretes, logrando que cada gesto y cada movimiento estuvieran siempre al servicio del discurso musical. n

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