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Un cura del pueblo

En recuerdo de Juan Antonio Álvarez Rabanal, que fuera párroco de Teatinos

Los monitores del campamento de la parroquia de Teatinos.

Los monitores del campamento de la parroquia de Teatinos.

Después de un mes de campamento, de días intensos con más de cien adolescentes, niños y niñas, con más de treinta jóvenes monitores y con un gran equipo de adultos, nuestra parroquia de Covadonga —que siempre es el rostro amable y esperanzado de todo el barrio, de todas las gentes y de todos los sueños de Teatinos— se ha empeñado, como siempre, en ofrecer una oportunidad de descanso, de amistad y de alegría, de juegos, de baños, de sonrisas, de tardes frías y días soleados. Tras días intensos de entrega y de cariño, hemos querido cerrar este mes de convivencia con el recuerdo y el homenaje a Juan Antonio Álvarez Rabanal, el cura que fue el artífice de este gran sueño, el campamento que llamamos «Pelayo», como signo representativo de lo que es y significa nuestra parroquia.

Con un montón de familias y decenas de parroquianos nos hemos reunido para celebrar los 25 años de ausencia de aquel párroco loco y soñador, santo y luchador. Él hizo posible con su trabajo y con su entrega no solo la labor en la parroquia de Teatinos; también de su enorme corazón nació este campamento en las tierras leonesas del valle de Valdelugueros, el equipo del Cova y todas aquellas actividades típicas de los curas posconciliares con un perfil social y casi revolucionario, como el grupo de parados, los talleres de cocina, el grupo de baile, el movimiento juvenil o la atención a los menos valorados de nuestra sociedad, como el famoso psiquiátrico de La Cadellada.

Aquel cura, aquel hombre tan singular y tan querido, aquella enorme figura de zapatos siempre rotos y una enorme americana cargada en sus bolsillos de monedas que regalaba a los locos, a los niños, a cualquiera que se encontraba; aquellas tabletas de chocolate que siempre llevaba consigo para endulzar la vida de las gentes con menos recursos. Aquel carisma especial que te envolvía y te enganchaba: no le podías decir que no, tenías que embarcarte en su aventura, ya fuera hacer el campo de Los Castañares con tus propias manos, descargar camiones de comida y de leche para repartir entre los más pobres, o pasar días enteros en aquellas tierras leonesas construyendo un espacio de felicidad para los más jóvenes... Un cura loco de Evangelio y también de amor, de entrega desinteresada, de pasión por todos los que pasaban a su lado. Un cura de los que ya no quedan y que te hacen sentir mal porque te das cuenta de que nunca podrás llegar a su altura, no podrás ser, ni vivir, ni sentir, ni entregarte como él lo hacía...

Precisamente este año se cumplieron 25 años de su muerte, subiendo camino del puerto de Vegarada, en un rincón que llaman La Solana, haciendo con sus manos una fuente en un pequeño manantial para que los niños y niñas del campamento, que iban a hacer aquella marcha, encontraran un poco de agua que refrescara su camino. Allí mismo, una fatídica debilidad de su corazón quiso que entregara su vida en aquel rincón de naturaleza, un verdadero paraíso en la tierra, regalándose a los que más quería y donde más feliz se sentía.

Más allá de las emociones y de las lágrimas que brotaron en muchos rostros, e incluso dejando de lado recuerdos apasionados y nostalgias que muchas veces no nos dejan ver la nueva realidad a la que nos enfrentamos, nos parecía de justicia hacer recuerdo y memoria de aquel que fue nuestro referente durante tantos años. Lo hicimos de manera sencilla, como él siempre vivió, pero lo hicimos desde el corazón. Y más allá de los grandes gestos, caminamos con nuestra Santina de Covadonga, que fue su amor apasionado, y con ella recorrimos no solo los caminos de nuestro campamento, sino que llegamos hasta ese rincón de memoria que desde hace tantos años se eleva como un baluarte vigilante que cuida de todos esos niños y niñas, de tantos jóvenes y de tantas familias que pasan por este lugar. Allí, algunos de los que más intensamente vivieron su amistad nos regalaron palabras profundas y esperanzadas; palabras que no hablaban de ausencia, sino de recuerdos vivos y de presencias intensas que nos animan a seguir trabajando y entregándonos por las gentes de nuestro barrio. Terminamos cantando aquella canción que tanto le emocionaba, y que de forma machacona nos enseñaba y nos hacía cantar tantas veces: «Madre, óyeme en la noche de mi juventud...».

La parroquia de Covadonga quiere dar las gracias a todos los que todavía mantienen viva su entrega, su forma de creer y de vivir, y su fe inquebrantable en cada persona, por insignificante que sea.

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