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Yago González

Yago González

Redactor de Economía.

El niño y el bailarín

MJ

MJ / 89

El niño quería moverse como aquel hombre. Quería caminar hacia atrás, girar como un torbellino, transformar el cuerpo en una culebra eléctrica. También quería vestir como él: zapatos negros con calcetines blancos, pequeñas bandas en los dedos, aquel traje blanco con camisa azul celeste… Y el sombrero, por supuesto. El niño quería ese sombrero.

El niño lo imitaba con dedicación profesional. Aprendía de memoria sus pasos de baile y los practicaba en la habitación. Repetía también esos gestos un poco escandalosos, aquellos que enfadaban a sus padres. Por eso al niño a veces le prohibían ver sus fabulosos videoclips: el de las baldosas que se iluminaban, el de la pelea de bandas, el de Egipto… También aquel que le daba un poco de miedo, el del hombre-lobo y los zombis. Y ese otro tan raro en el que el hombre bailaba sin música en un callejón.

Al niño le extrañaba un poco por qué en unos vídeos el hombre era negro y en otros era blanco. Alguien le contó que no le gustaba ser negro y se había operado para ser blanco. Aunque fuera verdad, al niño le importaba poco porque, negro o blanco, el hombre era fascinante.

El primer "cassette" de música que compró el niño era suyo, por supuesto. Lo compró en "Discoteca", una tienda de la calle Toreno. La cinta se llamaba "Dangerous" y su portada era muy rara: una especie de edifico barroco lleno de figuras extrañas, con la mirada del hombre (ojos oscuros, un rizo negro cayendo sobre la frente) en el frontispicio.

El niño, además de imitar sus bailes, aprendió pronto de memoria sus canciones. Se le daba bien el inglés y algunos compañeros del colegio le pedían que les cantara algunas. Quizá lo que querían era reírse de él, pero se las cantaba igualmente.

No obstante, el niño tenía un vecino aún más fanático. Se llamaba Luis: era mayor, vivía justo encima de su casa y tenía la habitación cubierta de pósters del hombre que bailaba. Lo sabía todo sobre él y tenía todos sus vídeos. El niño no estaba solo en su devoción.

Un día, sin previo aviso, los padres del niño le dijeron que esa tarde irían a ver bailar y cantar a aquel hombre. Era no muy lejos de casa, en el campo de fútbol del Oviedo. El niño no cabía en sí de emoción.

El estadio estaba repleto de gente. Sus hermanos, todos mayores, también habían ido, pero con sus amigos. El niño estaba con sus padres, que por fin habían dado una oportunidad a aquel hombre que a veces se movía de forma provocadora.

De pronto, las luces del estadio se apagaron. Únicamente el escenario quedó iluminado por unos tenues focos dorados. Un humo blanco cubría el piso. El sonido de unas campanas sumergió el recinto en un clima de suspense. El público gritaba ansioso el nombre del artista. Y el niño, enmudecido, no despegaba los ojos del escenario.

Y entonces… ¡pum! Un hombre brotó mágicamente del suelo con un espectacular salto, propulsado como el muñeco de una caja sorpresa. Unos chorros de chispas anaranjadas realzaron la aparición. El hombre aterrizó sobre sus pies y se quedó quieto frente al público, al borde del estrado. El niño lo reconoció: sí, era él, ¡era él! Apretó las manos de sus padres: aquel era el hombre que bailaba. Llevaba gafas de sol y vestía una chaqueta militar brillante y plateada. No se movía. Ni un milímetro. Encaraba a aquellos miles de personas como una estatua de hielo, muda y desafiante. No sonaba música. Solo se escuchaba el rugido de los ovetenses aclamándolo, adorándolo. Fueron varios minutos, imposible saber cuántos: todos allí perdieron la noción del espacio y del tiempo. Solo había gozo. Solo había maravilla.

Y entonces el hombre elevó lentamente las manos hacia su cara y se quitó las gafas de sol. El público, ya ebrio de entusiasmo, redobló sus gritos. Sonó la música y el hombre empezó a bailar. Con sus zapatos negros y calcetines blancos.

Y el niño, hechizado a cientos de metros de distancia, bailó y cantó con él.

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