Opinión
El eclipse de 1905
Un repaso a la crónica del fenómeno astronómico tal y como se vivió en la ciudad hace 121 años
Me puede la curiosidad; qué le voy a hacer. Ante cualquier hecho singular que suceda en Oviedo, siempre me pregunto: «habrá pasado esto antes? ¿Cómo lo vivirían nuestros abuelos? Así que, como no solo de política vive el hombre, me he permitido indagar en la hemeroteca e irme al diario El Carbayón del 31 de agosto de 1905 para leer cómo se vivió aquel eclipse total hace 121 años que, al igual que hoy, no era algo que se viviera todos los días. Veamos.
Contaba el cronista: «Día memorable y de imperecedera recordación ha sido el de ayer. No se festejaron en él las glorias militares de ningún victorioso caudillo, que estas son glorias que llegan a disiparse como el humo de los cañonazos en el campo de batalla donde aquellas se han alcanzado. Tampoco se han festejado ayer los triunfos oratorios de algún elocuente paladín de las tribunas públicas, de esos que tratan de convencer a las muchedumbres con fogosos arranques parlamentarios, cuando acaso ellos están en completo desacuerdo con su propia conciencia. Nada de eso; ayer se ha solemnizado en muchas ciudades de España, un acontecimiento de mayor trascendencia para la vida de las sociedades cultas. Se ha rendido tributo de admiración, grande y silenciosa, a un acontecimiento sorprendente en la historia del mundo científico. El eclipse total de sol de 1905 señalará nuevos progresos en el arduo, pero glorioso camino de los descubrimientos astronómicos. Y la labor profunda y pacífica de los pueblos, de los cuales se encuentran en nuestro solar patrio brillantes representaciones del mundo entero, triunfarán desde el retiro de sus laboratorios y de sus gabinetes, de esa enferma humanidad, bullanguera y frívola, que agita sin cesar y tortura, cruelmente, el espíritu de las sociedades contemporáneas. Por esta razón, y al evocar profundamente conmovido el recuerdo del día de ayer como de tristes añoranzas para el de mañana, no podemos menos de enviar nuestra humilde salutación a esa insigne pléyade de representantes del humano saber que hoy son nuestros huéspedes. Antes de la hora en que había de tener principio el eclipse, hallábanse reunidos en la torre de nuestra universidad, donde como es sabido, está instalada la estación meteorológica de Oviedo, los catedráticos de la facultad de ciencias, señores Echevarría y Mun, los del instituto, señores Ayuso, Acevedo, Rosales, Luzuriaga y Fernández y el secretario general Sr. Quevedo.
»Subiendo el Naranco encontramos unos cuantos astrónomos improvisados que llevaban instrumentos semejantes a los nuestros; desde la falda del Naranco, se veían ya en las instalaciones de la cumbre otros muchos sabios, y a pesar de ser lo que eran, desde abajo, parecían pigmeos en estatura, tan solamente pigmeos: ¡oh miseria y nadería de las grandezas humanas! Subimos, sabe Dios cómo subimos. El sol se parecía en aquellos momentos a los picadores malos; no picaba. Amenazaba con arrebujarse entre las nubes y echar a perder el sacrificio y esfuerzo de los sabios del Naranco. Llegamos a la cumbre. Entre los astrónomos había de todo, los había que gastaban alpargatas inverosímiles, los había que usaban blusas… Los aparatos astronómicos eran para todos iguales, ayer debieron haberse descalabrado muchas vidrieras. Los sabios de mayor categoría llevaban magníficos telescopios de la casa Masaveu, y no faltaba alguno que se lucía con los anteojos ahumados que le robaron a la abuela. Allí había representaciones de casi todas las academias de la capital. Hacía frío; los astrónomos previsores habíanse acompañado de la bota imprescindible. ¡Estamos a mucha altura! gritó un niño; ¡a la altura del cebollín! contestó otro. Yo busqué, busqué largo tiempo y no encontré cebollín por alguna parte. El sol se había escondido; apareció en aquel momento.
¡Ya se tocan! gritó un sabio, y con una mano empinaba la bota y con la otra se aplicaba en el telescopio. Efectivamente, la luna ya empezaba a interponerse entre la tierra y el sol. Unos cuantos nubarrones se colocaron de pronto entre la luna y la tierra. Y empezó a llover con toda la gracia del mundo. Abrieron algunos paraguas. ¿Habrá toros en Oviedo?, preguntó un filósofo notable que en todo busca las causas. El sol apareció otras varias veces, la luna seguía avanzando. Al fin terminó de llover. Oscurecía. ¡En esto de los elipsis toda la culpa tienla el Ayuntamiento y algunes muyerones que yo sé!, decía con toda la convicción una vecina de la calle Salsipuedes. El astrónomo decía que el eclipse sucede porque la luna viene por ahí y tapa el sol: ¡lo dicen los libros hom! Créotelo por hacete un favor, contestó la vecina a quien algo impresionó el que los libros dijeran esas cosas. Oscurecía más aún. El sol que salió de nuevo, sólo se veía en limitadísimo menguante. Aquí va a pasar algo, decía un vecino de Portugalete; en una mano tenía la bota ya exhausta. Aquí va a pasar algo repetía. Yo veo dos eclipses ya. Oscureció. A lo lejos se veía la ciudad. Soplaba una brisa fría, apareció la corona solar, hubo gritos de admiración, inclusive un chiquillo gritó: ¡una estrella! Callamos todos; solo el astrónomo de blusa refunfuñaba en la embriaguez de su triunfo: ¡lo decían los libros hom! Terminó la fase total del eclipse, llenose de luz de nuevo el cielo, gritos de admiración por parte de los astrónomos. Uno de ellos no pudo menos que aplaudir. Esta semana tiene ocho días dijo un obrero; un jornal más por lo tanto. Fue la última frase que recogimos en la cuesta; los rayos de sol lo habían ya llenado. Todo alegría, era la hora de abandonar el observatorio. El vecino de la calle Portugalete se nos presentó en el camino sentado en una peña; había pedido otra bota a un compañero. Yo todavía veo el eclipse, nos dijo feliz él. Llegamos a la falda del Naranco. Los sabios bajaban un poco meditativos. Nadie hablaba: solo el astrónomo de blusa repetía: ¡decíenlo los libros hom!».
Pues que 121 años después disfruten, bota mediante si es menester, de este suceso singular, que para el próximo... ¡ya veremos!
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