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Opinión | Las ranas

Yago González

Yago González

Redactor de Economía.

Quedamos en el kiosco

Una sentida jubilación en la plaza de América

El kiosco de la plaza de América, ya cerrado.

El kiosco de la plaza de América, ya cerrado.

«Quedamos en el kiosco de plaza de América». Llevo toda la vida diciendo o escuchando esa frase a mis amigos. Ahora nos hemos quedado sin el kiosco en el que siempre hemos quedado. Su dueño, José Manuel Sánchez, lo ha cerrado por jubilación y no parece haber relevo.

El kiosco ha estado en nuestras vidas desde siempre. Era el lugar de la parada del autobús que nos llevaba de bien pequeñitos al colegio, a comienzos de los años noventa. A las 8 de la mañana el puesto ya estaba abierto, con sus puertas desplegadas y repletas de revistas. Algunas de estas mostraban a señoritas desnudas. En una ocasión, mi madre reprendió a José Manuel por exponer esas portadas en una parada llena de críos. No tuvo éxito.

Recuerdo otro autobús de un cole de niños discapacitados que también los recogía junto al kiosco. El vehículo tenía una plataforma elevadora que subía y bajaba a los chicos en silla de ruedas. (Ahora, por cierto, apenas se ven niños así).

Mientras nosotros, somnolientos y perezosos, esperábamos por el bus, José Manuel o su madre, Pilar, ya vendían a buen ritmo los periódicos a sus clientes (el diario LA NUEVA ESPAÑA sobre todo). Santi Estrada, madridista acérrimo, a veces compraba el ‘Marca’ y lo leía en el autobús. Luisín Fernández-Vega hacía lo mismo por las tardes, de camino a casa, parándose en algún portal a leer con detenimiento si alguna noticia le llamaba mucho la atención. Carlitos Díaz-Varela tenía gustos diversos: cromos, «gogos», coleccionables de maquetas, revistas variadas («Muy Interesante», «Desperta Ferro»…). Mis dos inseparables, los hermanos Andrés y Santi Fernández, adquirían cromos y chicles casi a diario, y los domingos su padre les enviaba a por toda la prensa y dos cajetillas de tabaco.

En mi caso, el kiosco alimentó mi fiebre cinéfila adolescente. Cada mes me hacía con «Fotogramas» e «Imágenes de Actualidad». A José Manuel, normalmente parco en palabras, no le pasó inadvertida mi afición y un día me soltó: «Te gusta mucho el cine, ¿eh?». Después llegaría ‘El Mundo’: las cartas dominicales de Pedro J., las crónicas de Julio A. Parrado desde Irak, las columnas de Gistau…

Más allá de su uso comercial, el kiosco siempre ha sido un punto de referencia en la plaza de América. Si la plaza fuese una órbita espacial, el kiosco sería uno de los planetas que giran en torno a la fuente, junto a Del Arco, el Corazón de María y el Colegio de Médicos. ¿Cuántas vueltas habremos dado a ese círculo? ¿Llegarán al millón?

Parafraseando a Heráclito, ningún ovetense puede pasar dos veces por el kiosco, porque ya no es el mismo ovetense. Mis amigos y yo nacimos casi al mismo tiempo en que José Manuel empezó a despachar. Nos fuimos de Oviedo, volvimos, nos han sucedido mil cosas, hemos reído y hemos llorado… Y el kiosco y José Manuel seguían ahí. Y ahí hemos seguido quedando para salir de fiesta, subir al Naranco, ir a cenar, ir a comer, ir al cine…

El barrio ha perdido a uno de sus protagonistas. Un rostro imprescindible de las últimas cuatro décadas. «En un kiosco haces sociedad», dijo José Manuel a este diario al anunciar su retiro. No obstante, aunque ya no venda periódicos, coleccionables, cromos o revistas, nosotros seguiremos quedando en el kiosco.

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