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Yago González

Yago González

Redactor de Economía.

A usted no le interesa esta columna

Usted no tendría que estar leyendo esta columna. No sólo esta columna, sino esta sección de Oviedo. En serio, ¿qué hace aquí leyendo esto? Yo sé muy bien lo que a usted le interesa de verdad. ¡No, no me interrumpa! Usted atiende y yo le explico.

Mire, yo soy un algoritmo. Una creación numérica muy sofisticada que han creado unos señores muy inteligentes de Estados Unidos. Mi misión es detectar qué le gusta a usted cuando navega por internet y ofrecerle sin parar toneladas y toneladas de ese mismo contenido. Enterrarle en ese contenido, obturarle el gaznate con ese contenido. Pruebe usted a mirar un vídeo de, por ejemplo, una señorita en bikini. A partir de ese momento su teléfono parecerá el de Ábalos.

Y yo sé que una vez usted leyó una noticia de la sección de Avilés de este periódico. Por lo tanto, ¿qué hace aquí, en la sección de Oviedo? Limítese usted a leer cosas de Avilés. ¿No ve que yo sé más de usted que usted mismo?

Mire, para que lo entienda mejor: si el mundo físico funcionara según mis parámetros algorítmicos, usted entraría en una librería y, si se acercara a la sección de misterio, de ahí ya no saldría jamás. Nada de curiosear por las estanterías de ensayo político, poesía o literatura fantástica. Misterio y punto: todos los libros de la tienda serían del mismo género. Es más: si consiguiera salir de la librería, le perseguiría por la calle un enjambre de libros flotantes de misterio hasta que comprara uno.

¿Cómo? ¿Qué dice usted? ¿Que la realidad material no es así? A ver, le escucho… Humm… Interesante. Usted dice que en el mundo físico las cosas salen a su encuentro, que la variedad de la vida no se puede encajonar en carriles preconfigurados, que existen más sorpresas, que la persona se deja afectar por un entorno imprevisible. Dice que eso es lo que le sucede no sólo en las librerías, sino con los periódicos de papel: que pasa las páginas con calma y ve estimulada su curiosidad. Dice que así es más fácil enterarse de asuntos en los que quizá nunca había reparado, que quizá nunca hubiera buscado motu proprio en Google. Dice que baja la guardia de sus sesgos previos, que se protege de esos fenómenos tan actuales como el «filtro burbuja» o la cámara de eco (los cuales, según dicen los que saben, son la gasolina de la famosa polarización). Dice que ese lector no busca lo que «ya» le interesa, sino que lo que va leyendo le puede suscitar nuevos intereses. Dice usted que huir del algoritmo le convierte en alguien más abierto a las opiniones distintas, más sensible a las realidades ajenas, más atento a los matices y las complejidades de…

¡Por favor, cállese ya! Para tener 41 años es usted un retrógrado del carajo. «Es que la realidad ñiñiñi, es que el papel ñiñiñiñi…». ¿En qué mundo vive? Entérese, amigo, los algoritmos cortamos el bacalao. Vale, es cierto que mis jefes, los brillantes ingenieros de Silicon Valley que me han creado, llevan a sus hijos a colegios sin pantallas. Es cierto que cada vez más psiquiatras y psicólogos coinciden en que estamos haciendo puré los cerebros. Pero esa no es la cuestión. A usted le interesará lo que yo le diga que le interese, ¿estamos? ¡Ah, y ni una palabra contra Google! ¡Delante de mí nadie blasfema! Y ahora hágame el favor y lárguese a leer la sección de Avilés.

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