La crónica de una gala de los "Premios" muy especial: el Rey Felipe alerta contra la "polarización" y la Princesa Leonor apela a la "esperanza"
Serrat regresa a los escenarios en el Campoamor para cantar "Aquellas pequeñas cosas" y pone en pie al teatro
El monarca cede protagonismo a su hija, que ayer se encargó ya de glosar a los premiados y convocar los Premios 2025

VÍDEO: Amor Domínguez/ FOTO: David Cabo

Como la despedida de los escenarios de Joan Manuel Serrat de hace dos años en Barcelona, el Rey de España, Felipe de Borbón, también dejó ayer en la capital de Asturias una sensación de "último bolo" al frente de los Premios "Princesa". El monarca anunció en la ceremonia de entrega de los galardones que ya no recaerá sobre él todo el peso del acto del Campoamor y que será su hija, la Princesa Leonor, quien, al menos, se encargue a partir de ahora de glosar a los premiados, como ya hizo ayer. En esa noche de transición el Rey dejó un mensaje humanista, llamó a combatir "los graves riesgos de la polarización" y los peligros de la "deshumanización" poniendo "en el centro de cualquier discurso, acción o decisión" a "la persona", e hizo un llamamiento, con mención expresa a Oriento Próximo, Ucrania y África, "para hacer compatibles la Paz y la Seguridad" y que conduzcan, "al menos, a la coexistencia".
EN IMÁGENES: Así fue la ceremonia de los premios "Princesa de Asturias" 2024 en el teatro Campoamor /
La heredera tomó la alternativa reclamando "esperanza" para "su generación" en su discurso, encargándose por primera vez en solitario de glosar a los premiados y cerrando la ceremonia, algo también inédito, con el anuncio de la convocatoria de la próxima edición, del que siempre se encargaba su padre.
La emotiva actuación de Serrat, "Aquellas pequeñas cosas", acompañada por la viola de Uixi Amargós, fue el gran momento de la noche, y dio pie a la Princesa de Asturias a arrancarse en las primeras frases de su intervención con unos versos en catalán del cantautor: "Pels voltants de setembre, abans que arribi el fred, compren el seu bitllet per al tren de l’esperança". Esa referencia a los vendimiadores que en torno a septiembre, antes que llegue el frío, compran su billete para el tren de la esperanza, le sirvió para hilar las "laudatios". No era la primera vez que lo hacía pero sí la primera en que asumía este papel en solitario. Su padre lo diría luego, que es ella, ahora, la que tendrá ese cometido. Así que ayer era el momento de la alternativa y la Princesa Leonor lo hizo, a diferencia de lo escuchado otras veces, no como un trabajo escolar o un discurso más o menos correcto y medido, sino con un intento evidente de aproximar el repaso a los premiados y sus méritos a su mundo, a los de "su generación", a quienes también se había referido antes la presidenta de la Fundación Princesa, Ana Isabel Fernández.
Con especial ímpetu, con voz propia, Leonor apeló a los suyos cuando citó las palabras de la Premio "Princesa" de los Deportes Carolina Marín: "puedo porque pienso que puedo". "Para los que estamos a punto de abandonar la adolescencia son palabras muy valiosas", apuntó. Repitió la fórmula al referirse al pensamiento de Ignatieff, "todo un reto para quienes, como yo, estrenamos nuestra mayoría de edad". Y finalizó de nuevo con Serrat, entretejiendo versos de "De vez en cuando la vida" y sacando una sonrisa al auditorio cuando soltó un "ya saben, pelea por lo que quieres y no desesperes si algo no anda bien. Hoy puede ser un gran día y mañana también".
EN IMÁGENES: Así fue la alfombra azul de los premios "Princesa de Asturias" para entrar a la ceremonia en Oviedo /
Hubo un abismo entre cerrar la intervención con Serrat a hacerlo con Thoreau, como hizo su padre –"todo hombre tiene como tarea hacer su vida digna, hasta en sus menores detalles"–. Pero el tono nostálgico que sobrevuela gran parte del cancionero del "noi" del Poble Sec parece que también contagió al Rey de España. Don Felipe de Borbón evocó con añoranza los 43 años pasados desde su debut en el teatro ovetense, citó a los premiados de aquel 1981 y anunció que se cortaba la coleta en lo tocante a hacer las glosas de los premiados. "Entenderán que les diga que veo con emoción de Rey y de padre que Leonor, se encargue de hacerlo a partir de ahora, como acabamos de ver hace un instante".
Esa experiencia de más de cuatro décadas, dijo, ha sido "un aprendizaje continuo" y deseó que lo siga siendo para sus hijas. Sus últimas palabras, tras esta confesión íntima, fueron la defensa del humanismo, de la "persona" por encima de todo. "La obligación de las instituciones y de la sociedad civil", defendió al término de su intervención, "es luchar contra todo lo que se separe, siquiera un ápice, del respeto integral a la persona, a la dignidad del ser humano y al compromiso de construir sociedades capaces de convivir, dialogar y trabajar por el bien común".
El momento del "noi"
Y si Felipe VI dejará de glosar premiados pero no acabará de irse de Oviedo, Serrat tampoco puede evitar hacer lo que ha definido su vida, como contó ayer. Volver a cantar. El Campoamor fue el lugar de regreso para el catalán, una reaparición breve pero con uno de sus clásicos, "Aquellas pequeñas cosas". Acompañado tan solo por la viola de Úrusula "Uixi" Amargós, el cantautor catalán protagonizó el momento más emocionante de la ceremonia de entrega de los Premios "Princesa de Asturias" cuando, finalizado su discurso, anunció que no podía agradecer el galardón de las Artes "de otra forma que cantando una canción".

Amor Domínguez
Tras su despedida en los escenarios, con un multitudinario concierto en Barcelona el 22 de diciembre de 2022, la interpretación de ayer en el teatro Campoamor ha sido su segunda reaparición en público con sus canciones. La otra, hace casi un año, fue en el transcurso de unas jornadas dedicadas a su obra en Harvard, en medio de un homenaje musical en el que no pudo evitar coger el micro y acompañar a la banda con las estrofas de "Penélope".
Su interpretación de ayer, cruda, sentida, puso al teatro Campoamor de Oviedo en pie y sus versos, ese "llorar cuando nadie nos ve", parecieron entablar un diálogo con las palabras de los otros premiados, Ana Blandiana, Marjane Satrapi o Michael Ignatieff, quienes habían defendido, de una forma u otra, el humanismo, con su dolor, su amor y su empatía, como clave para la supervivencia de las sociedades libres.
Además del músico catalán, visiblemente emocionado durante la ceremonia, la otra nota dominante de la noche fue cierto aire nuevo, joven, un ambiente entre el público mucho más desencuadernado que otras veces. Eso ya quedó claro con los gritos y jaleos pocas veces escuchado en el teatro Campoamor de Oviedo y que ayer acompañaron la entrada de algunos premiados, como la jugadora de bádminton Carolina Marín, los representantes de Magnum Photo y, muy especialmente, la de Joan Manuel Serrat y la dibujante iraní Marjane Satrapi.

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En esa clave de captación de nuevos públicos, la intervención de la Presidenta de la Fundación Princesa de Asturias, Ana Isabel Fernández Álvarez, hizo ya un guiño a la "generación de españoles" a la que pertenece la Princesa de Asturias, esos, dijo, "a los que les ha tocado madurar en un momento complejo de la historia" y, a la vez, "ilusionante por la rapidez y la transformación que suponen algunos de los avances que vive la humanidad".
La Premio "Princesa de Asturias" de las Letras, la poeta rumana Ana Blandiana empezó hablando de su casa, de su país, y acabó tratando de contestar a una pregunta trascendental: "¿Para qué sirve la poesía". La respuesta, ilustrada con el ideal cristiano de "amor al prójimo" le llevó a defender la humanidad, con su dolor, como elemento de supervivencia ante los nuevos riesgos tecnológicos. "Los robots podrán hacer rimas, sonetos, redondillas", razonó, "pero nunca comprenderán el sufrimiento y la obstinación por expresar lo inexpresable". Contra Adorno y el famoso "después de Auschwitz" dijo que precisamente "el sufrimiento no prohíbe la poesía, sino que la realza" y acabó en Unamuno y su "me duele España", "ancla", contó, ante las "olas cambiantes de la posmodernidad". Sus últimas palabras, audaces para un acto como este, algo menos al ser pronunciadas en rumano, que "la poesía y la realeza están extrañamente relacionados entre sí en la medida en que la gente, sin entenderlos y sin saber para qué sirven, siente que sin ellos todo sería menos bello y menos bueno".

Amor Domínguez
Michael Ignatieff, Premio de las Ciencias Sociales, le sucedió en el escenario. Acabó también en un canto al humanismo. Breve e inspirador, llamó a la "lucha" para ser "mujeres y hombres libres en un mundo saturado de manipulación y de mentiras".
"El premio más importa en la vida", concluyó Ignatieff, después de desarrollar una esclarecedora clasificación de las personas entre "zorros y erizos", "es poder llamarnos libres y merecerlo realmente".
Marjane Satrapi también quiso responder a la pregunta de "qué es humanidad" y dio ejemplos terribles e ilusionantes: Somos el único mamífero en el que el hombre mata a la hembra, hay humanos que pierden la vida a manos de sus torturadores para proteger a sus semejantes y, en fin, añadió, "aplaudimos con el mismo fervor a las orquestas que nos regalan la forma más pura de belleza y a los que orquestan guerras y son condecorados por cada cien litros de sangre derramada". Ella misma, confesó, acepta "tanto mi violencia como mi benevolencia". Lo que nos hace humanos, acabó, es "la empatía", y pidió "enseñar a nuestros hijos ética, civismo, compasión y bondad antes que a memorizar y recitar como loros".
Joan Manuel Serrat, uno de los discursos más esperados, hizo un breve repaso biográfico –"soy un señor mayor tirando a viejo" que viene "de una larga posguerra y una familia humilde que me dio lo mejor que podrán hallar en mí"–. El músico también habló contra el mundo "contaminado, hostil, insolidario, donde los valores democráticos son sustituidos por la avidez del mercado" y sacó el tono elegíaco para desear, "cuando desaparezca", ser recordado como "bueno, justo y agradecido".

Amor Domínguez
La parte de la ceremonia en que los premiados reciben su título dejó otro de los momentos memorables de la noche cuando los fotógrafos Thomas Dworzak y Olivia Arthur sacaron sus cámaras e inmortalizaron el momento. Las ovaciones a Carolina Marín, de las más jaleadas de la noche, emocionó visiblemente a su madre, Toñi Martín, llena de lágrimas e Ignatieff sacó una sonrisa al lanzar un beso a su mujer, gesto que luego imitó Serrat dirigiéndose a Candela Tiffón.
Fue una gala movida y con gracia, pese a que la fuerte presencia institucional hubiera podido hacer suponer lo contrario. Ayer en el teatro Campoamor de Oviedo se juntaron tres ministros (Ernest Urtasun, Pilar Alegría y Diana Morant), la presidenta del Congreso, Francina Armengol, el del Senado, Pedro Rollán, el del Constitucional, Cándido Conde-Pumpido, el jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijoo, y dos presidentes autonómicos: Juanma Moreno y Salvador Illa. Pero el relevo generacional y el regreso de los que nunca se van brilló por encima de todos ellos.
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