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Barnes: la duda es conocimiento

El Premio Princesa de las Letras ha explorado, con una obra coherente, las grandes incertidumbres de la vida sin ofrecer respuestas simples

Julian Barnes

Julian Barnes / Pablo García

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Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

El jurado del Premio Princesa de Asturias de las Letras ha destacado de Julian Barnes su humor, su ironía, su mirada compasiva sobre la condición humana y la capacidad para convertir la memoria en materia literaria. Es una definición precisa, aunque incompleta. Barnes no es únicamente un buen narrador de la memoria, sino uno de los escritores que mejor ha explicado la incertidumbre moderna, esa sensación de que la verdad existe, pero siempre viene deformada por el recuerdo, el deseo, la cultura o el paso del tiempo. El galardón llega, además, cuando el autor británico ha anunciado que "Despedidas" será probablemente su último libro de ficción, una suerte de coda elegíaca para una de las trayectorias más sólidas y regulares de la literatura europea de nuestros días.

Hablar de Barnes exige empezar por una aparente paradoja. Es un escritor profundamente inglés que nunca ha dejado de mirar hacia Europa. En una tradición literaria a menudo inclinada al realismo social o a la observación costumbrista, él eligió dialogar con Flaubert, con Stendhal, con Maupassant, con la pintura y la cocina francesa, la música centroeuropea y la historia continental. Mientras otros novelistas británicos, incluso los mejores de su generación, peinaban de vez en cuando los suburbios, como es el caso del desaparecido Martin Amis, Barnes atravesaba bibliotecas, museos y archivos para preguntarse por la naturaleza de la verdad.

Desde el primer momento quedó claro que no era un narrador convencional. Su gran irrupción llegó en 1984 con "El loro de Flaubert", una obra inclasificable que mezclaba investigación literaria, biografía y ficción. A partir de la búsqueda de un supuesto loro relacionado con Gustave Flaubert, Barnes planteaba una cuestión que recorrería toda su obra: si es posible conocer la verdad o solo accedemos a versiones parciales de ella. Más que una novela sobre el genio de "Madame Bovary", era una reflexión sobre la memoria, la interpretación y los límites del conocimiento. Barnes no posee la exuberancia verbal de Rushdie, ni la intensidad visionaria de Coetzee. Tampoco practica el realismo emocional de Ishiguro. Barnes escribe como alguien que piensa. Cada frase parece haber sido sometida a una prueba de resistencia intelectual. Sin embargo, esa inteligencia nunca sofoca la emoción. La refina y la concentra. La vuelve más precisa. Su ironía jamás es superficial; funciona como un instrumento de precisión y permite observar las debilidades humanas sin caer en la crueldad ni en la solemnidad. Incluso cuando aborda temas graves como la muerte, el fracaso o el paso del tiempo, mantiene una distancia que evita cualquier exceso sentimental.

Otra faceta importante de su obra se encuentra en "Inglaterra, Inglaterra", una sátira sobre la identidad nacional británica que hoy se lee como una anticipación de muchos debates que desembocarían años después en el Brexit. La novela imagina una Inglaterra convertida en un parque temático de sí misma, donde la realidad es sustituida por una versión simplificada y comercializada de la historia. Con el paso de los años, Barnes fue profundizando en cuestiones cada vez más íntimas. En "Arthur y George" exploró los prejuicios raciales y la búsqueda de justicia a partir de un caso real en el que intervino Arthur Conan Doyle. Pero el gran punto de inflexión llegó tras la muerte de su esposa, Pat Kavanagh, en 2008. A partir de entonces, la reflexión sobre la pérdida adquirió una intensidad nueva. Ese cambio cristalizó en "Nada que temer", una meditación sobre la muerte, la religión y el miedo al final de la vida. Sin dramatismos ni respuestas definitivas, Barnes abordó el gran asunto existencial con una mezcla de lucidez, cultura y emoción contenida. Después vino "El sentido de un final", considerada por muchos su obra maestra. En ella, un hombre descubre que los recuerdos sobre los que ha construido su vida pueden no ser ciertos. La novela resume perfectamente otra gran obsesión de Barnes: la memoria no es un archivo fiable sino una narradora que modifica continuamente el pasado. Libros posteriores como "El ruido del tiempo" o "La única historia" confirmaron la madurez de una voz literaria única, capaz de combinar reflexión filosófica y emoción narrativa.

Con "Despedidas", que el propio autor ha presentado como su probable adiós a la ficción, parece cerrarse un círculo. Desde "El loro de Flaubert" hasta este último libro, Barnes ha construido una obra coherente y reconocible, dedicada a explorar las grandes preguntas humanas sin ofrecer respuestas simples. Su legado hasta ahora reside precisamente en haber convertido la duda en una forma de conocimiento y la literatura en una investigación permanente sobre la memoria, el amor, el tiempo y la verdad. Pocos escritores contemporáneos, creo yo, han sabido hacerlo con tanta inteligencia, sensibilidad y elegancia.

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