Una de las intrahistorias del ascenso del Avilés: las estampitas que bendijeron la gloria blanquiazul
«Los recuerdos que tengo de la temporada pasada no pueden ser mejores», reconoce Miguel Méndez, segundo entrenador de Javi Rozada

Por la izquierda, Hugo Laviana, Javi Senra, Jacobo López, Javi Rozada, Alex Garaot y Miguel Méndez / Real Avilés Industrial
“Los recuerdos que tengo no pueden ser mejores. Fue un año complicado, con muchas lesiones, pero que disfruté muchísimo, sobre todo la segunda vuelta. En enero tenía claro que íbamos a ascender”. Miguel Méndez, exsegundo entrenador del Avilés, fue una de las piezas clave para que el conjunto blanquiazul consiguiese el ascenso a Primera Federación. El ovetense hace un binomio inseparable con Javi Rozada, técnico del ascenso, y, de hecho, ante Antoniano y Rayo Majadahonda, tuvo que dar un paso al frente tras la sanción del ex del Oviedo. En esa primera eliminatoria se produjo una intrahistoria que terminó con una doble promoción: la del Avilés y, unas semanas después, la del Oviedo. Unas estampitas están detrás de ambos objetivos.
“Me acuerdo de que, cuando fichamos a Hugo Laviana (preparador físico), le dije que tenía que venir, que íbamos a ascender. Era enero, veníamos de nuestro peor momento, pero tenía claro que íbamos a subir”, confiesa Méndez, que recuerda todas las dificultades que sufrió el equipo durante el primer tramo de temporada. “Fue una locura. Encima de tener mala suerte con las lesiones, se empeoró porque fueron todas en el centro del campo. Tuvimos que poner toda la primera vuelta a Josín de pivote; en Escobedo, no nos quedó otra que salir con Macías, juvenil, de ancla, con Osky, lateral izquierdo, y Nico, extremo, como volantes. Fue increíble”, detalla el ovetense.
Miguel Méndez recuerda el ascenso del Avilés
A pesar de ello, nunca perdió la fe. “Creía mucho en el cuerpo técnico y en que, si teníamos los jugadores disponibles, éramos un equipazo”, señala. A partir de ahí llegó una racha de catorce partidos sin conocer la derrota. “Me acuerdo de que, cuando analizábamos al rival, sacábamos un mapa que ponía los equipos que no conocían la derrota. El equipo sentía que no iba a perder y eso fue muy importante”, apunta Méndez. Para el ovetense, una de las claves para que el pasado año acabase con ascenso fue “la unidad entre cuerpo técnico y vestuario”. “Teníamos un gran día a día, entrenábamos muy bien”, indica el segundo entrenador, que pone el foco también en las dificultades que fueron ocurriendo a lo largo del curso. “No dejarnos ir y unirnos, tener claro para lo que estábamos todos ahí y tirar hacia adelante fue un punto importante”, afirma.
En el play-off, Méndez tuvo que dar un paso adelante. Rozada vio una cartulina roja en la ida ante el Antoniano, por lo que el ovetense tuvo que ser el líder del banquillo blanquiazul en el encuentro de vuelta. “Después del penalti que paró Álvaro creo que, por dentro, todos nos sentimos en Primera Federación. En ese momento se te pasan muchas cosas por la cabeza, se me vino el pensamiento de que, al día siguiente, ya no había más. Hubiese sido un golpe muy duro, pero Álvaro tiene esas cosas de portero grande”, apunta el técnico. Antes de ese penalti llegó el que, a la postre, se convirtió en el talismán del ascenso. “El míster apareció con unas estampitas de unos cristos en el bolsillo. Nos dieron muchísima suerte. En ese partido pasó de todo y, cuando pasamos de ronda, se quedaron con nosotros. Las llevamos a Majadahonda y nos sirvieron para ascender”, comenta el ovetense.
Las estampitas del ascenso
Las estampitas, además, bendijeron otro ascenso. “Yo trabajaba con Colombatto y, cuando le conté la historia de las estampitas, le encantó. Es muy creyente y, cuando empezó el play-off del Oviedo, quiso llevarlas. Diego Cervero, médico del club, las tenía en el bolsillo en el banquillo”, subraya Méndez, que, tras llevar al cuadro carbayón a Primera División, vuelve a tener las imágenes en su poder. De hecho, tanto él como Rozada se fueron sin ellas a Chipre, pero nada más tener vacaciones regresaron a por ellas. Con las estampitas lograron una salvación milagrosa con el Krasava, tutearon con el AEK Larnaca al Crystal Palace en octavos de Conference League y llevaron al conjunto chipriota al subcampeonato con una puntuación de récord.
Las estampitas, además, ayudaron al Avilés en su final de play-off, tanto en la propia eliminatoria como en la elección de rival. “Lo que queríamos era evitar al Sabadell y, por suerte, lo esquivamos en las dos eliminatorias. Cuando vimos eso, el míster y yo nos abrazamos. Todo salió perfecto”, subraya Méndez, que, además de lo que se vivió en el terreno de juego, destaca lo vivido fuera. “La gente se volcó con nosotros. Los recibimientos que nos hicieron fueron increíbles, las bengalas, las diez mil personas en la final... Se me pone la piel de gallina”, reconoce.
El recuerdo amargo de la salida
Méndez reconoce que, tras su cese, no siguió al Avilés porque “fue un golpe muy duro”. “Es como cuando lo dejas con la novia, no quieres verla todos los fines de semana. Fue doloroso, considerábamos que era el sitio donde teníamos que estar, nos lo habíamos ganado. Tenía muchas esperanzas en esta temporada del Avilés”, asegura el técnico, que cree que, “con el esfuerzo que se había hecho en la plantilla y tras la buena pretemporada que hicimos, lo hubiésemos llevado a play-off”. “Veníamos con la flecha para arriba. Miguel Linares y Antonio Cruz hicieron un buen trabajo en el mercado, el equipo se reforzó en posiciones donde habíamos estado más justos”, detalla el ovetense. A pesar del abrupto final del tándem Méndez-Rozada en Avilés, ambos son parte de la historia blanquiazul.
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