02 de febrero de 2018
02.02.2018
Periodista

Ganemos por ellos

Cábalas, temores y esperanzas de cara al partido del domingo

02.02.2018 | 03:11
Ganemos por ellos

Sucedió el pasado sábado. En torno a las ocho menos cuarto. Fue como si alguien activara un botón. Como si se levantara la veda. El Real Oviedo acababa de terminar su partido en Reus y, entonces ya sí, se podía empezar a hablar del derbi. Hasta entonces, era una especie de tema tabú. No querías hablar de ello por no parecer un obsesionado y, si lo hacías, salía de tu boca un leve susurro, como si estuvieras traficando con droga. Pero una vez entrados oficialmente en la semana del derbi, los grupos de WhatsApp comenzaron a echar humo. Ya no había escapatoria.

Y eso que uno es muy precavido. Por eso esperé a que terminara el partido del Sporting el domingo. Porque aún tenía esperanzas de que les expulsaran, por poner un ejemplo, a Mariño, a Sergio Álvarez (sobre todo a Sergio, sí, que uno sabe poco de fútbol, pero hasta ahí llega), a Carmona y a Santos. La típica jugada en la que expulsan a cuatro jugadores de un equipo, vaya. Los futbolistas de mi eterno rival siempre han tendido a parecerme demasiado buenos. Todos, sin excepción.

Pero a lo que vamos: está siendo una semana muy parecida a la historia que contaba Roberto Fontanarrosa en 19 de diciembre de 1971. En el que seguramente sea el mejor cuento de fútbol jamás escrito, el escritor argentino narra la historia de un partido entre Rosario Central y Newell's (un derbi). Un grupo de amigos, hinchas de Rosario, se ponen a debatir sobre supersticiones, y acuerdan que todos cumplan con las suyas. No la vayamos a liar. Fontanarrosa es humorista, y crea un personaje maravilloso: el Colorado. Un tipo que formaba parte de una peña de hinchas que odiaban casi más al rival de lo que amaban a su equipo y que se dedicaban a hacer maldades a los rivales, como quemar vivo a algún hincha (insisto, es literatura humorística). Pues al Colorado lo echaron de ese grupo por radical.

Entiendo que esta semana las conversaciones de los aficionados azules y rojiblancos (de los que van al campo y no quieren romper leyes de la física pidiendo que ganen los dos) han ido un poco por ese lado. Haciendo cábalas y recuperando tradiciones ancestrales. En el mío, por ejemplo, ha habido mucho debate sobre si nos venía mejor llegar con la racha de victorias o empates o si hubiera sido mejor perder, para iniciar una nueva el domingo. También hemos hablado sobre si preferíamos recibir al Sporting después de victoria o derrota. Pero como es un derbi, todo da igual.

Tal vez por eso hayamos fantaseado durante horas con un gol de la victoria en el último minuto de Olmes, nuestro nuevo delantero, recién llegado de Colombia. Mi amigo Pablo dice que, de suceder, habría que ponerle una estatua en la ciudad. Aunque no hiciera nunca nada más. Y que pasaría de forma automática a ser un ovetense más. Y que incluso iría los jueves a cantar canciones asturianas a Gascona.

Miguel, sin embargo, está un poco preocupado. El entrenamiento a puerta abierta de la ida nos trajo suerte, piensa. Esta semana no lo habrá. En aquel momento, por cierto, sucedió algo hilarante. Iba él pensando en lo mal que andamos los oviedistas de la cabeza cuando se encontró a un conocido y pensó: "bueno, al menos este no está tan enfermo". Sospechas que se esfumaron al comentarle que había dejado a su madre en el coche mientras asistía al entreno.

Mi amigo Joaquín, por ejemplo, ha llegado a depurar tanto su pronóstico que firma un empate a cero. El motivo: que si vamos a empatar, no quiere que los rivales celebren nada en nuestro campo. Salvo, indica, si se trata de una remontada histórica de los nuestros. Hay quien hace cábalas con el pronóstico meteorológico: de confirmarse, será un partido norteño, de agua y barro. Casi justicia poética, que ya se sabe de dónde venimos los azules.

Pero no, en este derbi no quiero que llueva. No mucho, al menos. Porque si llueve mucho, Fernando Fernández, Manuel Cases y Alejandro Tuero, oviedistas contra viento en marea, que acuden a los partidos en su silla de ruedas, lo tendrán más difícil, por no decir imposible. No solo tendrán que sortear la prohibición de aparcar cerca, sino que con el frío y el agua es probable que no puedan acudir al encuentro. Y si ganamos me gustaría que pudieran vibrar junto a todo el Tartiere. Porque se lo merecen. Un poco más que todos nosotros. Ganemos, sobre todo, por ellos. Y también por los que ya no están.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook