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La historia de Evaristo Sande, el mejor amigo de Sánchez Lage en el Oviedo

“Mi padre siempre hablaba de Sánchez Lage, para él fue un apoyo absoluto”, dice Rosana, la hija de Sande, jugador azul a finales de los 50 y luego afincado en la Costa del Sol

Rosana Sande, ayer en Málaga con una foto de su padre de jugador y un folleto promocional de la Liga 62-63. | X. F.

A Rosana Sande Álvarez (Oviedo, 1964) le llaman la asturiana en Málaga y la malagueña en Asturias. Ella, dicharachera y estilosa, apurando un refresco en el centro de la ciudad de la Costa del Sol, no duda: “Soy ovetense 100%”. Y es cierto que lo es. Es ovetense, con mezcla andaluza y también argentina. Su padre fue Evaristo Sande, un futbolista argentino que con solo 21 años se plantó en Oviedo en 1958. Jugaba de centrocampista ofensivo. “Lo fichó un ojeador y cruzó el charco hasta Asturias”, recuerda su hija.

En el equipo azul jugó tres temporadas, todas en Primera División, destacando en la 59/60: veinte partidos y tres goles. Luego fichó por el Málaga, rival esta tarde del Oviedo en La Rosaleda. Sin embargo, el legado de Sande fue más humano que futbolístico. El argentino, fallecido en 1989, era el mejor amigo que tuvo en el Oviedo el mítico Sánchez Lage, su compatriota y uno de los grandes jugadores de la historia del club azul. Sande, Sánchez Lage y otro argentino, Sánchez, compartían piso en Oviedo. Eran como hermanos. Lo demuestra una curiosa vivencia: Sande llegó a Asturias sin estar bautizado y Sánchez Lage y Sánchez lo llevaron a hombros a una iglesia para que comulgase. “Lo contaba mi padre entre risas”, recuerda Rosana Sande, que regenta en Málaga una tienda: “Trofeos Sande”.

“Siempre hablaba de Sánchez Lage, para él fue un apoyo absoluto”, dice su hija, que recuerda otra anécdota de hace casi treinta años. “Paseaba por Oviedo con mi hija pequeña y nos encontramos a los veteranos del Oviedo. Estaba Sánchez Lage, que me abrazó llorando cuando le dije que era la hija de Sande”. La historia de la familia de Sande demuestra que una carrera futbolística puede marcar una vida.

Fichaje de relumbrón

Rosana nació en Oviedo de carambola. Su padre se casó con una ovetense, María Esther Álvarez, que le acompañó a Málaga cuando él fichó por el club andaluz, en 1961, siendo una incorporación de relumbrón para la época. Antes habían tenido su primer hijo en Oviedo. Álvarez esperaba a su segundo hijo, que sería Rosana, en Málaga, pero se trasladó a la capital asturiana para dar a luz mientras Sande jugaba el trofeo Costa del Sol. “El día que nací, mi padre le metió un gol al Benfica”, rememora. Sande hizo carrera en el Málaga, jugó en el Granada y se retiró en 1968 en el Badajoz. Su hija no heredó la pasión por el fútbol (“de pequeña, cuando oía hablar de las primas de mi padre, pensé que eran familiares de Argentina; años más tarde me di cuenta de que se trataba de dinero”), aunque hoy estará en La Rosaleda viendo el partido entre los dos exequipos de su padre. Tiene absoluta devoción por Asturias, un coqueto piso cerca de El Campillín y ahí se escapa cada vez que puede, huyendo del agobio malagueño, “un sinvivir”. “Me gustaría irme a vivir allí”, dice, segura, en referencia a Asturias. De momento, pasa tiempo con los compatriotas del Centro Asturiano de Málaga y está al día de la actualidad ovetense: “¿Qué tal con Canteli? Es muy agradable, lo conozco del Centro Asturiano de Oviedo”. El partido de hoy, dice sincera, le da un poco igual, pero “ojalá suba el Oviedo”.

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