Nico Williams manda al Oviedo a la cola: nueva derrota, (1-0) esta vez en San Mamés
Un golazo del extremo acaba con la resistencia de los azules, que no se presentaron en ataque y que ya son colistas de Primera
El VAR anuló un gol a los carbayones por cuestión de centímetros en una de las pocas llegadas

Así fue el partido entre el Athletic Club y el Real Oviedo / Miguel Tona / EFE

Esta vez fue un fogonazo de inspiración, un destello de talento puro de Nico Williams, y una cuestión de centímetros, los del talón de Chaira, que dejaron al Oviedo otra vez mirando al cielo y preguntándose por qué. Otra derrota, colista de Primera y con Carrión ya en el punto de mira, con un balance muy escaso. Fue Williams, fue el talón de Chaira, fueron los dichosos detalles, pero sobre todo fue la historia repetida de toda la temporada.
Porque el problema es ese: siempre hay una excusa, un “casi”. Pero la realidad, la que no entiende de matices ni de centímetros, es que al Oviedo no le da. Compite, sí. Se aferra, también. Mete algún susto, incluso. Pero de sustos no se vive en Primera. Y el campeonato, que no tiene piedad, ya le ha pasado la factura: doce jornadas después, el Oviedo es colista por méritos propios. O, mejor dicho, por deméritos acumulados.
Y eso que hubo un ligero espejismo, de unos cinco minutos, que mostró a un Oviedo valiente, que repetía alineación y sistema asimétrico —Viñas como presunto extremo—, a contracorriente con el ambiente espectacular de San Mamés. No es el antiguo, vale, pero conserva su mística. Pareció el Oviedo en plan aguafiestas, instalado en campo contrario y con Unai Simón entrando en escena a los dos minutos para palmear lo justo un centro de Chaira que llevaba dirección a Viñas.
Pero fue eso, cinco minutos, un suspiro, porque al Athletic no le costó ponerse el traje de equipo controlador y empezó a someter al Oviedo. No fue una cosa gradual, sino inmediata: los azules, superados esos minutos de valentía, parecieron apocados por el escenario.
Para resumir la situación, un dato: a los 20 minutos, los locales habían lanzado seis córners. Entre medias, un remate inocente de Guruzeta, otro mucho más dañino que Aarón Escandell despejó con las yemas, y un cabezazo libre aunque desviado de Laporte.
A los 25, el golpe. Una de esas jugadas que sitúan a Nico Williams en la élite del fútbol mundial y que explican por qué España tiene una Eurocopa más. Recibió el extremo, un par de metros alejado de la esquina del área, vigilado —aunque solo con la mirada— por Colombatto y Vidal, dos especialistas defensivos que pretendían cobrarle peaje. La solución fue sencilla: enfilar el área por vuelo directo, sin escalas. Ni la suma de dos defensores pudo con un Williams que entró en el área por alunizaje, para a continuación romper a Costas con una bicicleta y clavarla en la red tras tocar en el larguero.
Esperaba San Mamés desde hace tiempo al pequeño de los Williams y su regreso fue con un candidato a gol del mes.
El tanto fue una consecuencia directa del increíble talento de Williams, algo contra lo que no hay receta, pero también evidenció los desajustes del sistema defensivo de los de Carrión. Con Viñas acostado en la derecha, la vigilancia extra al extremo, esa ayuda a Vidal, corría a cargo de Colombatto, un pivote obligado a esfuerzos extras. Demasiadas facilidades ante un rival de tanta entidad.
Rugió San Mamés, pero no se arrugó el Oviedo, que respondió de inmediato. Hacía mucho tiempo que no se asomaban los azules por territorio de Unai Simón cuando se forjaron una serie de rebotes que acabaron en la red rojiblanca. Vidal había cedido hacia dentro, Colombatto peinó y Chaira molestó lo justo, sin tocar, para descolocar a un Simón que se atoró con la pelota.
Celebró el Oviedo con rabia, estaba de vuelta en el partido, pero llamó a parar el VAR: había una posición adelantada por cuestión de centímetros en el talón de Chaira. La imagen con muñequitos así lo mostró.
No es que el Oviedo estuviera compitiendo con fiereza —estaba siendo claramente superado—, pero es que ni a una ráfaga de suerte podía agarrarse. Siempre pasa algo que trunca la racha, lo que suele ocurrir a los equipos con problemas profundos.
De ahí al final del primer acto solo se vio un Oviedo que intentaba serenarse con la pelota, sin lograrlo, y un tiro de Gorosabel con malas intenciones. Eso sí, justo antes del pitido, Dendoncker gozó de una inmejorable, pero Unai atrapó abajo. Lo dicho: poco juego y nada de fortuna.
Pero es que tampoco mejoró el panorama tras el descanso: controlador el Athletic de todo lo que pasaba. La parte más positiva para los azules era que el resultado, corto, les mantenía en la trama, aunque Shledon —pintaza la suya— estuvo cerca de aumentar la renta tras un error de Colombatto al minuto de regresar.
La entrada temprana de Hassan prometía al menos emoción, como demostró en su primer pulso ganado en la banda. De una combinación cocinada en la derecha salió una jugada de toque que acabó en Rondón, ya en el área. Definió sin tiento.
Estaba tomando el choque un camino raro, raro. Parecía conformista el Athletic, que solo aceleraba a lomos de Williams, y con poco colmillo el Oviedo. Para tratar de darle más picante al asunto, entraron Ilic y Agudín en los azules. Ya sin Williams en el campo, el Athletic cedió algunos metros, aunque pudo sentenciar en una doble oportunidad que rechazó Aarón y en una posterior jugada personal de Berenguer, un auténtico incordio.
Lo peor del fin de partido es que San Mamés ni tembló. Acumuló Carrión gente arriba, pero ni con esas. El equipo, plano en ataque, parecía no saber muy bien qué hacer con el balón. Ni una mísera llegada importante en la segunda mitad para un equipo que murió entre pases protocolarios, sin ninguna maldad, sin ninguna intención.
La competición se detiene ahora por dos semanas y el Oviedo estrena farolillo rojo. Nadie dijo que fuera sencillo, pero pocos se imaginaban un equipo tan tibio a estas alturas. Será aún más duro.
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