Del gol atlético gritado por el oviedismo al robo de una cartera: 5 cruces que marcaron la rivalidad Oviedo–Atlético en los años 90
Colchoneros y carbayones retoman los duelos de final del siglo pasado: intensos, bonitos y con dosis de polémica
La pelea por fichar a Onopko rompió unas relaciones que habían sido buenas desde el gol de Alfredo en la Copa

ENCUENTRO DE FUTBOL ATLETICO DE MADRID- REAL OVIEDO EN EL VICENTE CALDERON. 0-0. ONOPKO. / JESUS FARPON
Vuelve el Atlético – Real Oviedo 24 años después y aunque no lo haga en el Calderón hay algo de aquellos duelos clásicos que aún retumba. La rivalidad entre colchoneros y carbayones se acentuó en los años 90, con los azules, 13 años seguidos en Primera, como pesadilla en muchas ocasiones de un Atlético que tocó la gloria en el 96. Esos enfrentamientos tuvieron de todo: goles, polémica, ruido extradeportivo y fútbol, mucho fútbol.
El Atlético era un equipo que quería crecer, bajo la alargada sombra de Jesús Gil con más lágrimas que sonrisas. Nada que ver con el proyecto estable de ahora. El Oviedo, en cambio, era el club al que ahora aspira llegar a ser. Al menos en lo deportivo, con una etapa dorada, trufada por internacionales y canteranos prometedores. Carbayones y colchoneros colisionaron en varias ocasiones. Cinco son los capítulos que dejan una huella más profunda en aficionados de uno y otro.
Carlos, te quiere la gente del Tartiere
La 88/89 abrió la veda de aquellos duelos llenos de pasión. Un 2-2 en el Calderón dio el pistoletazo de salida. Pero en la vuelta, avalancha azul. El Oviedo aplastó a su rival, 5-2. ¡El jorobu! Tomás hizo sacar los pañuelos blancos con una acción marca de la casa: anotó casi desde el centro del campo. Y eso que el césped estaba embarrado.
Pero a pesar de la paliza, lo más destacado de aquel choque, lo que tendría los mayores efectos, sucedería en la segunda parte y nacería desde la grada. En el banquillo atlético asistía a la goleada Carlos Muñoz, olvidado por Addison, en su regreso al estadio que el año pasado le había adorado.
Aquella llama todavía no se había apagado y el estadio, de manera improvisada, empezó a corear ese “¡Carlos, te quiere la gente del Tartiere!”, que tantas veces le había dedicado el año del ascenso. “Ese día, me di cuenta de que mi sitio estaba en Oviedo”, ha reconocido el delantero en más de una ocasión. El resto, historia noventera, con Carlos Muñoz como el estilete del último gran Oviedo.
Gorriarán baila con Futre
El marcaje fue tan pegajoso que, cuando Paulo Futre se acercaba a sacar un córner, Antonio Gorriarán parecía su sombra con dorsal: lo acompañaba hasta la esquina como un escolta. Pero con más mala leche. Jabo Irureta le había mandado una misión clara: secar al astro rojiblanco. Y Gorriarán se lo tomó como si la vida le fuera en ello.
La idea le salió redonda a Irureta: durante buena parte de los 90, Gorriarán fue la peor pesadilla del indescifrable Futre, que no sabía cómo escapar de aquella vigilancia extrema.
Eso sí, el portugués se cobró una revancha de las que hacen época en la Copa del 92. Cuentan que Aragonés decidió motivarlo al estilo Luis: irrumpiendo de buena mañana en la habitación del luso, en pleno hotel de concentración, para enseñarle unas declaraciones de Gorriarán en las que aseguraba que Futre “no la va a tocar”.
El resultado fue una tormenta futbolística con nombre propio: Paulo Futre. Marcó el 1-0, provocó la falta del 2-0, asistió en el 3-0 y en el 4-0 y cerró el recital anotando el 5-0. Una venganza descomunal después de tantas tardes de frustración ante el marcaje de Gorri.

ENCUENTRO DE FUTBOL ATLETICO DE MADRID- REAL OVIEDO EN EL VICENTE CALDERON. 0-0. EUGENIO PRIETO Y JESUS GIL, EN EL PALCO. / JESUS FARPON
Los azules, rojiblancos
Los 90 vivieron su momento álgido con la participación en la UEFA de la 91/92. Pero para alcanzar esa cima necesitó del empujón del Atlético.
El Oviedo había sido sexto en la Liga y su pase a Europa dependía de un último resultado: la final copera, con un Atlético-Mallorca de muy fácil lectura para el oviedismo; la victoria colchonera mandaba al Oviedo a la UEFA; la mallorquinista le dejaba sin nada.
El Atleti era claro favorito pero la final se fue enquistando. A los 112 minutos, en plena prórroga, la euforia desbordada: Alfredo Santa Elena acertaba con la meta bermellona. La gente se echó a la calle en Oviedo en una celebración pospuesta. El Atlético fue campeón, el Oviedo tocó Europa y, de paso, a los jugadores se les premió con un Volvo valorado entonces en 2 millones de pesetas, mucho más valioso para la época que los 12.000 euros al cambio actual. Todo ello, gracias al guiño rojiblanco.
Onopko y las dos ofertas
Nadie llegó antes a Viktor Onopko que el Oviedo. Había sido un soplo a oídos de Eugenio Prieto que llegó pronto a un acuerdo con el Spartak de Moscú por 2 millones de dólares. Solo había una condición: esperar al mercado de invierno porque los rusos disputaban la Copa de Europa.
En aquellos meses hasta su llegada, Onopko se salió en el sorprendente Spartak. Y el Atlético se metió en medio: ofrecía 4 millones. “No jugaré en el Oviedo por nada del mundo”, llegó a manifestar el ruso a Marca en plena guerra por su fichaje. Pero los azules habían atado bien a Onopko. “Hay algunos encantadores de serpientes muertas que le están llenando la cabeza de pájaros”, disparó Prieto: “Gil y Antic forman un cóctel molotov muy explosivo”.
La FIFA acabó dándole la razón al Oviedo y Onopko reconoció que le habían tratado de engañar sobre el destino en el que acabaría echando raíces. La contienda acabó con la amistad entre Gil y Eugenio y además añadió un curioso capítulo para sumar más morbo.
Las relaciones estaban rotas cuando se jugó un Atleti-Oviedo en el Calderón. Para escenificar su enfado, Prieto se sentó en la grada en vez del palco rojiblanco. El Atleti ganó 3-0 y la tarde fue negra para el presidente azul cuando, al final del partido, se dio cuenta de que le habían robado la cartera en plena grada.

Luque ayuda a Hasselbaink, con Esteban al fondo. / ALBERTO MORANTE
El Viejo Tartiere, tumba atlética
El último duelo entre ambos en Primera se jugó en el viejo Carlos Tartiere, aquel 7 de mayo de 2000 que al oviedista le suena a fecha cualquiera pero que al seguidor atlético todavía le provoca urticaria emocional. No es para menos: fue el día en que el Atlético bajó a Segunda.
El Atleti, atrapado en una temporada de pesadilla, llegó a Oviedo buscando aire. Los azules, por su parte, tenían el agua subiéndoles por los tobillos. Con Aragonés y Antic en las bandas, el choque empezó con viento azul. Losada y Paulo Bento firmaron un 2-0 que olía a sentencia. El Atleti temblaba.
Pero entonces llegó el orgullo rojiblanco, ese que aparece cuando todo parece perdido. Capdevila marcó en el 72’ y Hasselbaink en el 77’. Y, de pronto, la remontada estaba ahí: en el 85’, penalti para los colchoneros. Hasselbaink frente a Esteban, un duelo de película.
El delantero lanzó fuerte, seco, al centro. Un disparo que no transmitía dudas. Pero Esteban, que aguantó hasta el final, sacó una mano firme y despejó el balón… y las esperanzas de salvación atléticas.
El marcador no volvió a moverse y el césped del Tartiere se transformó en un cementerio rojiblanco, con un equipo arrodillado ante un destino que llevaba semanas escribiéndose solo. Para añadir más morbo a la escena, fue Luis Aragonés, precisamente él, quien firmó la sentencia.
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