Una vida dedicada: la opinión de Toño Bernardo
El ascenso ante el Mirandés y el trauma de Cornellá

EN IMÁGENES: Real Oviedo - Espanyol / Irma Collín / LNE
Mi entorno me ha obligado a pedir cita con una psicóloga. Mi suegra defiende que "las manías y las jorobas siempre van a más, nunca a menos". Puede que tenga razón. Ellos lo han querido. Allá voy. Sin complejos.

Una vida dedicada
Empecé explicándole que acabamos de subir a Primera. Creía que iba a llorar y a volverme loco de alegría, pero no. Al concluir el encuentro frente al Mirandés, estaba exhausto. Sentía que me había quitado una losa de encima. Salí del campo agotado y extenuado. Muy feliz, eso sí, pero muy diferente a como me lo había imaginado. Tan solo el baño en la Plaza de América me hizo soltarme un poco.
El trauma de Cornellá seguía muy presente. No podía escuchar "La Potra Salvaje" sin que me entraran unas terribles ganas de llorar. Yo que estaba convencido de que íbamos a subir. ¿Cómo no estarlo? La semana de la final, el telediario anunció que en Barcelona habría una temperatura mínima, el día del partido, de 19 grados, y una máxima de 26. No sé cuántas veces miré la hora en los días previos y coincidían las 19:26 horas. ¡Era imposible perder! ¡Todo eran señales!
Mi psicóloga, Jennifer, se interesó por cuándo pudieron comenzar mis traumas oviedistas. Tuve que hacer memoria, pero pronto me vino a la cabeza, como un mal recuerdo, que mis padres tuvieron a bien fijar la fecha de mi primera comunión un 29 de mayo de 1988. Adiviné en su mirada que no comprendía nada. Tuve que explicarme mejor. Ese día se jugó en Oviedo el partido de ida de la promoción que nos llevaría a Primera frente el Mallorca. Yo de marinerito por La Gruta, haciendo el tonto, mientras mis primos se iban al Tartiere a ver a Carlos y Juliá ponernos en bandeja el ascenso. ¿Cómo se puede vivir con ese pesar encima? ¿Cómo no iba a perder la cabeza con estos padres incomprensivos?
El siguiente episodio traumático ocurrió el 31 de julio de 2003. Fui uno de los asistentes a aquella fatal noche en el Monumental Naranco. Esa madrugada me fui para casa convencido de que habíamos descendido a Tercera por impagos a los futbolistas. Dos categorías en un par de meses. Mi cabeza no daba para más. La guillotina se cernía sobre nuestros cuellos. No podía conciliar el sueño. Me pasé la noche viendo los vídeos de Victoria Prego sobre la Transición. No me llegué ni a enterar de que al final nos habían dado un día más de prórroga para pagarles. Yo nos daba por descendidos y no lo estábamos. Cosas de vivir sin móvil, ni internet. Al día siguiente, ya sí, descendimos, pero no me dediqué a sufrirlo en persona. Ahogué las penas con amigos y bebida fermentada en el Chiribí.
Fue en ese momento cuando dejé de creer en las supersticiones. Algo es algo. Ir al estadio siempre por el mismo camino. Repetir la bufanda con la que ganábamos. Los gayumbos de la suerte. Todo eso se acabó. Estábamos en Tercera. Era obvio que no funcionaba.
Las lágrimas descienden por mis mejillas al recordar un momento muy duro. Jennifer me acerca unos pañuelos de papel y se aleja rápidamente de mí, como si fuera un bicho raro. Doce horas de viaje hasta Cádiz. ¡Qué ilusión! ¡Qué momento! El regreso al fútbol profesional. Todo en orden, sin follones, con la entrada en la mano, pero la policía nos impidió acceder al Carranza. Escuchamos celebrar el gol a los oviedistas desde la calle. ¡Les oímos cantar el gol y nos impidieron verlo! De repente, me vi de pie, en medio de la consulta, gritando, como si ella tuviera la culpa. Volví en mí, me senté y seguí con el relato, asumiendo que estaba un poco asustada.
Para rebajar la tensión, le expliqué que al ascender, al menos, nos hemos quitado de en medio los play-offs. Eso sí que era sufrir. Qué semanas alterado. Ni concentrado para trabajar, ni para leer de noche. Mal humor continuo. No se lo deseo ni a Luis Sierra. Bueno, a ese sí. Y a mayores, están los que en once meses no tenían tiempo para casarse o para celebrar la comunión del niño. Como el turrón del Almendro que vuelve a casa por Navidad, las invitaciones de bodas siempre llegaban en play-off. Tú que vas de oviedista, ¿no sabías cuando pusiste la fecha de la boda que se juega el play-off en junio? Que te va a llover igual, so memo, que estás en Asturias y llueve en junio igual que enero. Que hubieras encontrado a la mujer de tu vida con 45 años es una buena muestra de tu capacidad mental. A tu boda que vaya tu suegra, que yo me piro para Caravaca. ¡Egoísta, que eres un egoísta! ¡Qué no piensas más que en ti!
"Toni, estate tranquilo. Me estás asustando. No sé qué decirte. Quizás yo no sea la profesional que estás buscando. En fin, ya es la hora. Hoy no te voy a cobrar nada, pero intenta serenarte", me dijo. No sé porque lo decía, porque sinceramente, al soltar todo lo que tenía dentro, ya me encontraba mucho mejor. En mi mente era Alemão sonriendo y celebrando un gol ante una cámara de televisión, mientras cantaba alegremente "y grita fuego. Mantenlo prendido, fuego. No lo dejes apagarrrr".
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