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Real Oviedo: memoria, serenidad y notas al final del curso

Pedro Allongo

Pedro Allongo

Hablar del Real Oviedo nunca es un ejercicio frío. Aquí no analizamos solo resultados; analizamos emociones, historia y una identidad que ha aprendido a resistir. Por eso la situación deportiva y social que vive hoy el club duele el doble. Duele ver al equipo sufrir, y duele aún más percibir una fractura en el ambiente, un clima de crispación que amenaza con erosionar algo tan valioso como la unión entre grada, equipo y club.

Conviene parar un segundo. Respirar. Y, sobre todo, tener memoria.

La clasificación que hoy nos inquieta no será la que veamos en mayo. El fútbol es un proceso vivo, cambiante, lleno de matices. Las temporadas no se deciden en diciembre ni se explican con una foto fija. Se explican con una película completa, y a esa película todavía le quedan muchos capítulos por escribir. En ese camino, el mercado de invierno se presenta como una oportunidad clave: para corregir errores, ajustar la plantilla, reforzar posiciones y, también, enviar un mensaje de ambición y reacción.

No hablamos desde la ingenuidad, sino desde la experiencia. La temporada pasada dejó ejemplos clarísimos: Valencia y Espanyol llegaron a ocupar plazas de descenso a Segunda División durante muchos meses y terminaron salvándose. Nadie les regaló nada. Lo lograron porque tuvieron tiempo, margen de maniobra y capacidad de reacción. ¿Por qué aquí debería ser distinto?

El Oviedo, además, llega a esta situación tras un verano y un arranque marcados por la exigencia brutal de competir en Primera después de 25 años de ausencia. El salto es enorme, no solo en ritmo y calidad, sino en estructura, planificación y adaptación. Pretender que todo salga perfecto desde el primer día es desconocer cómo funciona esta categoría.

Y aquí entra otro punto fundamental: la memoria. En apenas seis meses no se puede pasar de héroes a villanos sin caer en una injusticia evidente. La propiedad, el Grupo Pachuca, ha sido la que devolvió al Real Oviedo al lugar del que nunca debió salir. Veinticinco años después, el club volvió a Primera División. Eso no se puede borrar ni relativizar según sople el viento de los resultados.

¿Hay errores? Claro que los hay. ¿Decisiones discutibles? Sin duda. ¿Aspectos mejorables en planificación, comunicación o gestión deportiva? También. Criticar es legítimo y necesario. Pero una cosa es la crítica constructiva y otra muy distinta el linchamiento permanente, la sospecha constante y el desgaste diario de todo lo que rodea al club. Así no se construye estabilidad; así se alimenta la ansiedad colectiva.

El Real Oviedo necesita ahora justo lo contrario: calma, coherencia y respaldo. No un respaldo ciego, pero sí un respaldo responsable. Porque la presión desmedida no suma puntos y el ruido externo rara vez ayuda a los equipos que están peleando por salir de una dinámica complicada.

La grada del Carlos Tartiere ha sido históricamente un refugio, un motor y una seña de identidad. Ha empujado en los peores momentos y ha sostenido al club cuando no había casi nada a lo que agarrarse. Hoy vuelve a ser el momento de demostrarlo. De exigir, sí, pero también de acompañar. De entender que esta permanencia —porque ese es el objetivo real— se juega en muchos frentes, y uno de ellos es el emocional.

Bajemos el tono. No confundamos urgencia con histeria. No disparemos a todo lo que se mueve buscando culpables inmediatos. El Real Oviedo ha sobrevivido a descensos administrativos, desapariciones, años en el barro y promesas incumplidas. Precisamente por eso, ahora que vuelve a estar en la élite, merece un entorno más maduro, más paciente y más consciente de lo que cuesta mantenerse.

Las notas, como siempre, en mayo. Ahí sí, con la temporada completa sobre la mesa, con datos, con contexto y con resultados definitivos. Hasta entonces, trabajo, autocrítica interna, refuerzos en invierno y unión. Porque si algo ha demostrado este club es que cuando camina junto, siempre llega más lejos.

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