Cuando el fútbol se detuvo en Vallecas: crónica de una mañana sin balón
El periodista de LA NUEVA ESPAÑA Joaquín Alonso narra su experiencia viajando a Madrid para ver al Real Oviedo... y quedándose sin partido

Indignación entre los aficionados azules por la suspensión del partido del Rayo Vallecano y el Real Oviedo / J. A.
Era una de esas mañanas frías de Madrid en las que el cuerpo pide a gritos quedarse bajo las sábanas. Una mañana gris, lluviosa, de esas que invitan al sofá y a la manta. Pero el Real Oviedo jugaba, y eso lo cambia todo. Otra vez ese maldito horario de las dos de la tarde que tanto indigna a la afición carbayona. Ya van diez partidos esta temporada a esa hora intempestiva, más los dos que aún quedan por delante: en el Carlos Tartiere contra el Athletic de Bilbao y en Anoeta frente a la Real Sociedad. Pero cuando juegas en Primera y tu equipo marcha colista, no hay excusas. Había que hacer el esfuerzo, levantarse, sacudirse el frío y el desánimo, y plantarse en Vallecas.
LA NUEVA ESPAÑA puso rumbo al estadio, sin sospechar aún que aquel no sería un día de fútbol, sino de algo muy distinto. Caminaba hacia el campo cuando la noticia hizo sonar el teléfono móvil: la Liga había decidido suspender el partido. El Rayo Vallecano no iba a comparecer. El estadio permanecería cerrado.
Llegar a Vallecas no es sencillo. El barrio obrero por excelencia de Madrid, con su alma combativa y su orgullo de barrio, no es precisamente accesible. Desde cualquier punto de la capital, el trayecto se hace largo. Y una vez dentro, el caos circulatorio te recibe con los brazos abiertos. Esta mañana, además, grandes patrullas de policía cortaban calles y corrían hacia el estadio, anticipando lo que estaba a punto de suceder: una gran manifestación.
Una vez en el Estadio de Vallecas, decenas de oviedistas deambulaban perdidos frente a las verjas cerradas del estadio. Rostros de desconcierto, de tristeza contenida, de enfado. Algunos se acercaban a las taquillas buscando respuestas que nadie podía darles. Otros entraban en la tienda oficial, quizá por inercia, quizá buscando llevarse algo de aquel viaje que amenazaba con quedarse vacío. Compraban una camiseta, una bufanda, cualquier cosa que justificara haber llegado hasta allí. Pero sobre todo, lo que flotaba en el ambiente eran las preguntas: ¿qué está pasando? ¿Por qué? ¿Y ahora qué?
Las conversaciones entre los aficionados azules dibujaban un mismo patrón. Casi todos pedían lo mismo: que se dieran los tres puntos al Oviedo por incomparecencia del rival, la devolución íntegra del dinero de las entradas y, los más indignados, incluso reclamaban indemnizaciones por los gastos del viaje, los hoteles, las comidas. Gastos que para un equipo colista, con una afición que se desplaza semana tras semana a pesar de los malos resultados, pesan como losas.
Pero lo que más sorprendió fue la actitud de los aficionados del Rayo. Lejos de ignorar a los visitantes o mirar hacia otro lado, se acercaban a charlar, a explicar, a pedir disculpas casi. Con una mezcla de vergüenza y rabia, los rayistas contaban la situación que atraviesa su club. Hablaban de Raúl Martín Presa, su presidente, con una mezcla de hartazgo y desesperación. De cómo tiene sumido al Rayo en una crisis que no es deportiva -el equipo compite en Europa-, sino estructural, de gestión, de dignidad. Hablaban del estado lamentable de las instalaciones, de la suciedad, del abandono. “Esto no es de Primera División”, repetían una y otra vez.
Y tenían razón. Es curioso, casi surrealista, que un estadio de la máxima categoría del fútbol español tenga los vestuarios accesibles desde la calle. Que cualquiera pueda acercarse y tocar con la mano la puerta por donde salen los futbolistas. En términos asturianos, el Estadio de Vallecas es comparable a campos de Segunda Federación, incluso de Tercera. La infraestructura es paupérrima, inaceptable para un equipo que está jugando competición europea. Es un estadio con alma, sí, con historia y carácter, pero también con carencias que claman al cielo.
Conforme avanzaba la mañana, la afluencia de gente aumentaba. No eran oviedistas. Eran los Bukaneros, el grupo ultra del Rayo Vallecano, que habían convocado una manifestación para la una de la tarde frente a esos mismos vestuarios accesibles desde la calle. Y cuando comenzaron a llegar, lo hicieron con determinación. Banderas, cánticos, pancartas. El objetivo era claro: protestar contra Raúl Martín Presa, exigir su dimisión, reclamar dignidad para su club.
Y entonces ocurrió algo muy bonito. Los aficionados del Oviedo, lejos de quedarse al margen, se sumaron a la protesta. No era su presidente, no era su club, pero entendieron que la lucha era la misma. La lucha del aficionado contra la mala gestión, contra el desprecio, contra quienes olvidan que el fútbol es del pueblo. Se creó un clima de solidaridad inesperado, de camaradería entre gentes que, en otras circunstancias, habrían sido rivales. Allí, en la fría mañana de Vallecas, azules y franjirrojo coreaban juntos consignas, compartían indignación, se reconocían en el otro.
Los Bucaneros dieron la cara por los oviedistas. Lo hicieron públicamente, con los medios de comunicación presentes. Reconocieron el esfuerzo de una afición que sigue a su equipo a pesar de marchar colista, que hace desplazamientos enormes por toda España, que no abandona. Y ese reconocimiento pesó más que cualquier resultado. Fue un acto de decencia y de respeto mutuo que, en los tiempos que corren, parece casi revolucionario.
Porque hoy en día, cuando el maniqueísmo y los extremismos están tan a la orden del día, cuando todo se divide en bandos irreconciliables, cuando el otro es siempre el enemigo, lo que ocurrió en Vallecas fue un recordatorio. Un recordatorio de que, cuando el pueblo lo necesita, los colores se diluyen. De que existen causas comunes que unen más allá de las camisetas.
No hubo fútbol aquella mañana. No hubo goles, ni tarjetas, ni celebraciones. Pero hubo algo quizá más importante: humanidad. La certeza de que, incluso en medio del desencanto y la frustración, todavía somos capaces de mirarnos a los ojos y reconocernos. Vallecas enseñó que a veces, cuando el balón deja de rodar, el fútbol muestra su verdadero rostro, el de la gente.
LA NUEVA ESPAÑA regresó a casa sin crónica de partido, pero con una historia que contar. Una historia de frío, de lluvia, de protestas y de banderas. Pero sobre todo, de camaradería.
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