La crónica de una caída que ya se intuía: al Oviedo se le agota el tiempo
La derrota ante el Levante confirma que al Oviedo no le da para abrazar la salvación: los esfuerzos de Guillermo Almada por encontrar un estilo no han sido suficientes para ganar finales

Santi Cazorla, de rodillas, junto a Oriol Rey, rodeados por Viñas, Espí, Sibo y Olasagasti, durante el Levante-Real Oviedo. | FACTORÍA 9

Era el día D y la hora H, otra más en esa colección de finales que acompaña a Guillermo Almada desde que aterrizó, asentado el técnico en una hipérbole constante de partidos decisivos y finalísimas. Pero esta vez no hubo escapatoria. Al Oviedo no le dio. Ni por fútbol, ni por colmillo, ni por fe. Perdió dos veces en el mismo partido. Primero, en el cuerpo a cuerpo: un Levante más despierto, más preparado para la batalla le pasó por encima de salida. Después, fue el fútbol el que decidió las cosas. Cuando el guion le regaló una segunda vida antes del descanso, el Oviedo no supo qué hacer con ella. Ni siquiera inquietó a Ryan. Ni un temblor en la portería rival. La derrota en el Ciutat de Valencia es un golpe de realidad, aunque también es la confirmación de algo que se intuía desde hace tiempo: el regreso le ha quedado grande a este equipo.
Es la derrota más dolorosa del curso porque no solo duele, también confirma que la salvación empieza a tomar cuerpo de milagro. La matemática aún ofrece una escapatoria, son 27 puntos en juego, pero el 4-2 ante Levante supone medio billete a Segunda para los de Almada.
Hay una cuestión de fondo que nunca se fue del todo: el nivel de la plantilla. El equipo ya enseñó pronto que iba justo de talento. Luego llegaron los parches habituales —la mala suerte, los árbitros, las bajas…—, pero la realidad, testaruda, siempre acaba imponiéndose.
Con Almada, el Oviedo aprendió a competir desde el sudor: correr, morder, incomodar. Mejoró en el juego, sí, pero sobre todo encontró un estilo al que agarrarse. Le alcanzó para estar metido en los partidos, para competir. No tanto para sumar lo que desearía. Y cuando tocó dar el paso al frente, no hubo fútbol. En Vallecas se evaporó. En el Ciutat fue arrollado. Entre medias, un Valencia a medio gas alimentó una ilusión que ha durado apenas una semana.
El más que posible descenso no se explica solo en el césped. Se empezó a cocinar en los despachos. La plantilla nació coja y nunca encontró el equilibrio. Y la decisión de cambiar a Paunovic por Luis Carrión abrió una grieta social que aún duele. Los resultados no han hecho nada por aliviarla.
Restan nueve jornadas. La última bala, esta vez sí. Al menos para despedir la incursión en Primera con mejor sabor de boca. El vestuario se agarrará a la aritmética, el discurso será el de siempre –orgullo, compromiso, pelear hasta el final–, pero en el club hace tiempo que se trabaja con la hipótesis cada día más cierta de que competirá el año que viene en Segunda. De ahí algunas renovaciones. De ahí el fichaje de Pablo Sáenz, del Granada. Aún quedan nueve partidos, pero bien hará Pachuca en tomar nota de todo lo sucedido este curso y corregir errores de inmediato.
La temporada más bonita, la más ilusionante, va camino de chafarse y, de paso, confirmar lo que ya se intuía desde aquel movido mercado estival pasado. El Ciutat de Valencia enterró gran parte de las opciones de salvación y ahora solo queda agarrarse a un milagro. Pero las lecciones de lo sucedido deben aprenderse independientemente de los nueve partidos que restan por disputarse.
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