El Tartiere se viste de despedida: el Oviedo se acerca al descenso con una grada que ya perdió la fe
La previa del partido ante el Getafe, el encuentro que puede consumar el descenso del Real Oviedo a Segunda, deja una postal muy distinta: menos gente alrededor del estadio y caras largas

María y Enrique Perera, con Nel Molina y Adriana Muras / J. A.
A las puertas del Tartiere se respira otro ambiente. Nada que ver con el de las grandes citas de la temporada, ni siquiera con el de aquellas tardes finales del curso pasado en Segunda División, cuando el ascenso era el horizonte y el oviedismo empujaba. La previa del partido ante el Getafe, el encuentro que puede consumar el descenso del Real Oviedo a Segunda División apenas un año después de pisar la élite, dejó una postal muy distinta: menos gente alrededor del estadio y caras largas.

Micka y Gerardo Argüelles / J. A.
El municipal azul, habitualmente abarrotado en los grandes partidos, no logra congregar a tantos aficionados como en encuentros anteriores. La afluencia, de hecho, es menor incluso que en algunas jornadas decisivas del tramo final de Segunda División la pasada campaña. La explicación es sencilla: el oviedismo ha hecho ya las cuentas de cabeza y sabe que una derrota frente al Getafe certificaría el regreso a la categoría de plata.
Aun así, hubo quien llegó al Tartiere con un hilo de esperanza intacto. Sobre todo entre los más jóvenes, los que todavía se permiten el lujo de creer. Micka Argüelles, acompañado por su padre, Gerardo, era uno de ellos. “Yo creo que todavía se puede. En el caso de que bajemos, necesitamos apuntalar bien la plantilla, porque espero que volvamos a subir”, decía.

Floretino Fernández y Almudena García / J. A.
Florentino Fernández, por ejemplo, no compartía el optimismo. “Estamos en Segunda, poco hay que hacer ya”, resumía antes de subir a su localidad. Una sensación generalizada en una grada que llegaba más a despedirse que a animar. Marisa López, en una línea parecida, asumía que el descenso estaba prácticamente hecho y reconocía que acudía sobre todo “para aprovechar el abono”. Eso sí, prometía rezar mucho durante el encuentro “por si se obra el milagro”, aunque lo veía altamente improbable. No escondía, además, el malestar con la dirección del club: en su opinión, no es de recibo tener que estar pidiendo milagros a estas alturas de la temporada, y la responsabilidad recae, decía, sobre la gestión de la entidad.
También había jóvenes que asumían el desenlace sin renunciar a su última ilusión. Nel Gutiérrez se veía ya en Segunda División, pero no perdía la esperanza de despedir al curso con una alegría: “Ojalá Cazorla pueda marcar hoy varios goles para que el Oviedo gane y los rivales no vuelvan a sumar más”, decía.
La estampa, en conjunto, dibuja un Tartiere que llega al partido del Getafe sin la emoción ni la energía habituales. Más preparado para asumir un descenso que para celebrar una hipotética hazaña. La temporada en Primera, salvo milagro, se acerca a su final con una afición fiel hasta el último minuto, pero también realista.
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