Triste colofón a una temporada para el olvido: derrota del Oviedo ante el Alavés (0-1)
Con Cazorla como titular, como objeto de los cánticos de un entregado Tartiere, los de Almada sucumben ante la efectividad del Alavés
La despedida del Oviedo de Primera, ese intento de “hasta luego” del que mucha gente recela por lo sucedido en 2001, no pudo ser más descafeinado. Ni había cosas en juego ni los de Almada ofrecieron una actuación para el recuerdo, precisamente. Estaba el elemento emotivo de ver a Santi Cazorla despidiéndose, esperemos que también un “hasta luego”, pero la posibilidad de que siga jugando eliminó cualquier intención de despedida. Hasta el tifo del Fondo Norte tuvo que ser pospuesto. Así que salió eso, un partido sin chicha desde el punto de vista azul. Otra derrota, por cierto, a la hoja de servicios de esta temporada que va camino de récord en la ya centenaria historia azul. No será este 0-1 ante el Alavés un motivo para el enfado mayúsculo, visto lo visto esta temporada, pero sí un digno epílogo en el Tartiere a una campaña para el olvido. De todos.
4 victorias ha cosechado el Oviedo ante su gente esta temporada. En 19 partidos. Completan el currículum de local 7 empates y otras tantas derrotas. El peor equipo en su campo, evidentemente. En la lista de grandes errores y horrores del curso poco se habla del pésimo saldo del Oviedo ante su gente. El cierre no podía acabar de otra manera.
Cazorla acaparó el foco, como era de esperar, para repetir en su especialidad: hacer mejores a sus compañeros. Da un poco de lástima ver cómo en muchas acciones sus compañeros no están a la altura de lo que él dibuja, pero es algo comprensible ante la talla del futbolista del que estamos hablando. Puede seguir jugando con bastón que todo lo que pase por ese pequeño radio de acción a su lado es de su completa propiedad. Él fue la mejor noticia de un partido al que le faltaron todos los condimentos para tener alguna gracia.
Porque en cuanto a lo futbolístico, el partido tuvo poca historia desde el punto de vista del Oviedo, por las razones ya conocidas: sin echar un ojo a la tabla, todo pierde gusto. Trató de agradar el equipo de Almada entregándole la pelota a Cazorla para que mostrara una vez más su repertorio. Juego con ambos pies, cabeza rápida y fluidez. No estará preparado ya para esfuerzos a alta intensidad ni saldrá vencedor en duelos, es un futbolista al que nunca le sonreirá el Big Data, pero su fútbol sigue siendo de esmoquin, más que aprovechable a pesar de los achaques.
También estuvo bien Lucas, que cuando deja los complejos colgados en la caseta es un lateral con cosas más que interesantes. Esa arrancada en el primer metro no es sencilla de ver. Entre los dos agitaron el ambiente gris que rodeó a una despedida tan desanimada.
El Alavés, en el polo opuesto, jugándose la vida, vio cómo los derechazos de Lucas y Viñas les advertían de que no lo tendría tan sencillo, pero cumplió con un mandamiento clave: a la primera, dio en la clave. Fue una gran acción de Rebbach –con una pésima defensa de Hassan– y un centro al área que Toni Martínez, funcionario del remate, convirtió en el 0-1. Los cerca de mil aficionados del Glorioso entonaron con fuerza un tanto con eco a permanencia.
De ahí al descanso la tuvo el Oviedo, pero sin demasiados sustos para Sivera. Un cabezazo de Costas fue lo más cerca que estuvieron los de Almada de hacer pleno.
Tras el descanso bajó más aún la intensidad, porque se refugió el Alavés y porque al Oviedo no le iba la vida en ello.
Tras el carrusel de cambios, sí fue un poco más intenso el equipo de Almada, que en los últimos 15 minutos lo intentó desde los costados. Centro va y centro viene. Algo inofensivo ante la defensa poblada de los de Quique.
No pudo siquiera sacar un plano de un Sivera muy tranquilo. Ni con dos delanteros, con Bobas y Forés intentándolo, fue posible. Acabó el partido con el Alavés descorchando el champán, tiene la salvación en el bolsillo, y con el Tartiere entre apagado y crispado, más de lo primero, en un final de temporada en casa como continuación de la historia ya vista. El “¡Santi, quédate!” de despedida sirve al menos como hilo de esperanza para lo que viene por delante, que tampoco es que ilusione precisamente.
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