Una despedida a la altura: el Oviedo no se presenta al intento baldío del Mallorca por salvarse (3-0)
Los azules, testigos del descenso bermellón al no darse la carambola que buscaban
El equipo carbayón aguanta metido hasta el último tramo y se deja ir
El Oviedo se despidió de Primera como mero espectador, uno perezoso además, de una noche que reunió todas las emociones en Son Moix. Fue un partido jugado en varios escenarios (necesitaba el Mallorca una carambola improbable) y que tuvo eco en una grada más atenta a otros lares que a lo que se estaba jugando ante sus ojos, con un Oviedo al que la Liga se le ha hecho demasiado larga. El 3-0 encajado ante un Mallorca que desciende de la mano es un buen resumen.
La idea es volver y hacerlo cuanto antes. Pero también que cuando esto pase, seguro que no habrá que esperar 24 años, lo haga para quedarse, con los errores subsanados. De momento, toca volver a remar en Segunda, y esperemos que con Santi Cazorla ofreciendo un último baile. No se merece un broche tan descafeinado.
Desde antes incluso del partido, percibía un ambiente raro en la grada de Son Moix, muy en contra de su propio equipo. No olía a final para los de casa. Ya cuando el speaker nombró los onces, se produjo una especie de plebiscito llamativo en el que los aficionados respondían con ovación cerrada o abucheos sonoros a cada nombre. Así, sin escala de grises. El exoviedista Leo Román, por cierto, estuvo entre los señalados. No tanto como Darder o Lato, pero silbado.
A ese improvisado juicio popular del comienzo le siguieron varios cánticos que definían la situación en la que llegaba el Mallorca. Al clásico “directiva, dimisión”, le siguieron otros himnos de las horas más bajas como “jugadores, mercenarios” o “esta camiseta no la merecéis”. Un descenso por adelantado, básicamente. Y con su banda sonora.
Porque el Mallorca buscaba un milagro que no dependía de lo que ellos hicieran. Esa parte sí estaba solventada porque el Oviedo hace tiempo que se ha dejado ir. Lo que pensábamos que no sucedería con Almada sí ha pasado: fue ganar 0-3 en Vigo y permitir unos días de esperanzas y partir de ahí todo ha salido torcido. Y en el momento en el que este equipo le quitas ese punto de intensidad se deshincha automáticamente. Sale a relucir su calidad, escasa para Primera, y uno se vuelve a acordar del tema ya analizado largo y tendido durante toda la temporada: qué equipo más pobre se hizo para encarar una temporada tan especial.
Al Oviedo le ha quedado grande la Primera y se le ha hecho larga la Liga, que eso sí que es preocupante. Porque uno puede descender como hizo el Leganés, por ejemplo, la temporada pasada, cuando llegó a la última jornada con opciones. Pero acabar por debajo de los 30 puntos sitúa a este equipo en el libro negro de la historia de un club centenario. Un récord para tomar nota y reaccionar. Sobre todo lo segundo.
Sobre el partido fue un capítulo más de lo que hemos visto desde el descenso. En la misma línea que el Bernabéu o ante el Alavés: un equipo correcto, ordenado, pero al que se le nota ya sin fe y al que le cuesta un mundo todo lo sucede más allá del medio del campo. Defiende por obligación pero apenas se atreve a molestar al rival. Como si ya no perteneciera a esta Liga.
De lo futbolístico pudo disfrutarse de Cazorla otra vez en el once, pero en un contexto que no le convenía, con el Mallorca mucho más metido y de un bonito duelo entre Dani Calvo y Muriqi, con el oviedista entrando muy entonado en el cuerpo a cuerpo. El ariete advirtió a Moldovan de cabezazo impreciso y su sombra respondió en un córner que antes había peinado Bailly: el testarazo de Calvo se fue por arriba.
Cuando la afición local más se estaba impacientando (solo Asano inquietó con un mano a mano), llegó el tanto del alivio. Fue Pablo Torre, libre de marca, el que aseguró el golpeó con el interior para batir a Moldovan. El tanto unido a un par de guiños en los estadios españoles hizo que alguno empezara a creer y que se amagara con entonar el “sí se puede”.
La fe creció tras el descanso, con un tanto del Girona que acercaba la carambola. Curiosamente, pasaba el Oviedo por un momento de lucidez, ya con Hassan en el campo. Leo salvó ante Chaira en una buena llegada de los azules con intenciones de aguafiestas. Respondió Pablo Torre con un disparo con rebote al poste.
Un tanto del Getafe dio paso oficialmente a la locura en Son Moix: tenían la salvación a un tanto del Girona. Evidentemente, nadie se acordaba a esas alturas de directivas ni mercenarios. La llama empezó a apagarse con un gol del Betis, que alejaba la combinación ganadora. En el campo, poca cosa. Lo dicho: lo importante se rodaba a cientos de kilómetros.
A Cazorla se le acabó el partido a los 63 minutos y Son Moix le despidió con una de las ovaciones de la noche. No hay afición que se pierda su momento con el Mago.
De ahí al final, silencio de tensión en la grada, a la espera de noticias. Y poca salsa sobre el césped, con un Oviedo al que solo le faltó bostezar antes del final y que vio cómo Morlanes sentenciaba desde la frontal y Muriqi los ajusticiaba. Horroroso final por mucho que se supiera que no había nada en juego.
Finalizó el partido con drama local. Era la salida más lógica, pero hubo un momento en que pensaron que podía haber milagro. Con gritos contra la directiva y el palco. Con mucho jaleo. Para el Oviedo, otro triste capítulo en un año para olvidar.
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