Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Análisis de un fracaso, capítulo 2: El error Carrión y una gestión inestable provocan el descenso del Oviedo

El club azul descendió tras una gestión inestable del banquillo, marcada por el relevo de Paunovic, el fracaso del técnico catalán y la reacción tardía de Almada

Oviedo llegada autobús real Oviedo destitución de Carrión

Oviedo llegada autobús real Oviedo destitución de Carrión / Irma Collín / LNE

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Joaquín Alonso

Joaquín Alonso

Oviedo

El descenso del Oviedo no se explica únicamente por un entrenador, ni por una mala racha... Ni siquiera por una decisión aislada. Sería demasiado simple reducir una temporada entera a un solo nombre. Pero sí que hay decisiones que te pueden partir el curso en dos. En el caso azul, ese punto de fractura fue el relevo de Veljko Paunovic por Luis Carrión. No porque Paunovic tuviera al equipo volando, ni porque Carrión fuera el único culpable del desastre, sino porque aquel movimiento alteró la lógica de una temporada que debía estar construida sobre la paciencia y la supervivencia.

El Oviedo había regresado a Primera con Paunovic, el técnico del ascenso, y después de ocho jornadas seguía fuera del descenso. Tenía solo seis puntos, pero mantenía la cabeza fuera del agua. En ese contexto, cambiar de entrenador tan pronto fue una decisión de alto riesgo. Y salió cruz. La destitución de Paunovic se explica con impaciencia. Había señales preocupantes: problemas ofensivos, derrotas, sensación de que el equipo competía con lo justo. Pero la realidad era la que era: el Oviedo no estaba hundido. Al cesar al entrenador del ascenso, el club cambió el mensaje. Pasó de asumir que la permanencia sería una pelea larga y probablemente fea, a actuar como si la temporada exigiera una reacción inmediata a pesar fuera del descenso. Una jornada después, el Oviedo entró de lleno en la zona de peligro y no volvió a abandonarla.

La llegada de Luis Carrión, además, no vino exenta de polémica. El técnico ya había vivido una primera etapa en el Oviedo y conocía el club, el entorno y la exigencia del oviedismo. Pero también arrastraba una mochila evidente por su turbulenta salida hacia Las Palmas. Su regreso no generó unanimidad. Al contrario, muchos no vieron con buenos ojos su llegada y Carrión empezó ya con mal pie. Dependía de que la pelota entrase, y no fue así.

Su etapa dejó una estadística demoledora: ocho partidos, cuatro empates, cuatro derrotas y ninguna victoria. Cuatro puntos de veinticuatro. El equipo no solo empeoró la media de Paunovic; también perdió credibilidad. La sensación de que el cambio había sido precipitado se convirtió en una evidencia. Si el objetivo era agitar al vestuario, reactivar al equipo y corregir el rumbo, el efecto fue el contrario. El Oviedo entró en una espiral de dudas y bloqueo.

La crisis Carrión fue trascendental porque consumió tiempo. Y durante ese tramo, el Oviedo quedó atrapado en tierra de nadie: ya no era el equipo de Paunovic, pero tampoco llegó a ser un equipo reconocible con Carrión. Los empates no construyeron, las derrotas castigaron y el entorno, que ya venía dividido por el regreso del técnico, terminó de hartarse.

Cuando el club reaccionó de nuevo, ya iba por su tercer entrenador en media temporada. Ahí apareció Guillermo Almada, otra decisión con sello personal de Jesús Martínez, como también lo había sido en su día la apuesta por Paunovic, no así la de Carrión. Almada tenía lógica dentro del universo Pachuca: un técnico conocido por Martínez, con trayectoria, carácter, método y una relación previa de éxito.

Y Almada mejoró al Oviedo. Los números lo demuestran. Sumó más que sus antecesores, elevó la media de puntos y consiguió que el equipo, al menos por fases, pareciera más competitivo. Pero llegó tarde y llegó a un equipo dañado. Su Oviedo hizo 19 puntos en 22 jornadas, una cifra superior a las etapas anteriores, pero insuficiente para cambiar el destino.

Ese matiz es importante. Almada no fue el problema principal del descenso, pero tampoco fue la solución que el club necesitaba. Y, además, no cuajó entre una afición que no perdona que no utilizase a Cazorla en sus onces. Durante un tiempo dio la sensación de que el equipo podía engancharse, competir e incluso asustar a rivales directos. Pero la permanencia exigía una velocidad que el Oviedo nunca alcanzó. Cuando quiso reaccionar, la temporada ya estaba agonizando.

Es por ello que el foco debe ponerse, en parte, en la gestión del banquillo. No para absolver a la planificación. El Oviedo descendió también por una plantilla que no terminó de adaptarse a la exigencia de Primera y decisiones de mercado que no elevaron el nivel competitivo. Pero el manejo de los entrenadores agravó todos esos déficits. En lugar de proteger al equipo, lo expuso.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents