La grieta: Recuerdos especiales del antiguo Tartiere

A la izquierda, vista aérea de Buenavista con el Calatrava en el centro. A la derecha, el antiguo Carlos Tartiere. |
Mi padre me había llevado de niño al ruinoso Carlos Tartiere anterior al Mundial del 82; pero al campo mundialista, el de aquella lastimosa reforma, ya iba de la mano de mis amigos. Me hice socio en agosto de 1985, tras la consecución de la Copa de la Liga por el Real Oviedo, así que, hablando en términos modernos, fui un "subecarros" de la época. No sé quién de mis amigos decidió el sitio, pero desde el primer momento hasta el último partido en aquel añorado recinto de Buenavista nos colocamos en el mismo lugar: casi en la esquina entre la tribuna presidencial y el fondo de la Peña Universitaria. Allí, donde el club pintaría el rótulo de la Peña Heres, nos acompañó durante todos aquellos años una grieta en el suelo de hormigón. La grieta estaba justo entre el suelo y la pared, y a día de hoy desconozco si aquello formaba parte de la dilatación prevista por el arquitecto que diseñó el campo.
A veces, en medio del delirio, dejábamos de mirar al césped para observar el comportamiento de la grieta. Lejos de asustarnos al verla abrirse y cerrarse con los saltos de los aficionados, nuestra intención era interpretarla y puntuar su movimiento en nuestra particular escala de Richter Oviedista.
Como suele suceder con los terremotos, nadie recuerda los de menor intensidad; por el contrario, todos nos acordamos de los más devastadores. En el caso de nuestra amiga, la grieta del Tartiere, es muy fácil detallar cuáles fueron estos últimos. Me voy a quedar con los cuatro momentos en los que la vi sufrir las dilataciones más grandes y preocupantes, hasta el punto de que, en medio del éxtasis, pasé por momentos de miedo por la integridad del fondo.
El primero está claro: 29 de mayo de 1988, sábado, tarde-noche. El Real Oviedo recibe al R. Mallorca en el partido de ida del play-off de ascenso a Primera División. Se sobrepasan cuatro minutos del tiempo reglamentario de la segunda parte cuando Hicks centra desde la derecha y Zaki sale por alto; en pugna con Julià, se le escapa el balón y este queda suelto en la posición de Carlos, quien cabecea magníficamente para colar el esférico por la escuadra, pese a que Paco Bonet, bajo los palos, se lanza a detenerlo con las manos.
El segundo llegó el 8 de enero de 1989, domingo por la tarde. Recibimos, después de trece años, al eterno rival. En el minuto 36 de la segunda parte, Tomás inicia un avance por el centro y cede a Bango, quien envía a De la Torre; este, ya en el área, supera a José Luis Ablanedo y asiste al centro. Tomás llega antes que Jaime y Luis Sierra para engatillar un disparo de derecha, fuerte y colocado. Juan Carlos Ablanedo roza ligeramente el balón, pero no puede evitar que entre por la escuadra izquierda. El "Cielito lindo" se oyó hasta en Pumarín... pero en el gijonés.
El tercero fue el 20 de septiembre de 1991. El Real Oviedo recibe al Genoa en la ida de la primera eliminatoria de la Copa de la UEFA. En el minuto 44 del primer tiempo, Lăcătuș lanza un córner desde la derecha, Bango cabecea en el primer palo, el balón pega en un defensa y queda muerto; el propio Bango remata raso y cruzado con la pierna derecha. Pobre grieta…
El cuarto y último gran seísmo ocurrió el 22 de mayo de 1998, sábado, en una calurosa noche. Aquel fue, de largo, el día que más temí por la grieta. El Oviedo venció a la U. D. Las Palmas por tres goles a cero en el partido de ida de la eliminatoria de descenso. Debo confesar que, mientras que en los dos primeros goles (conseguidos por Iván Ania antes del descanso) sí me fijé en mi sufrida amiga, en el último —marcado en el minuto 59 por Dely Valdés— no me atreví. No logro recordar si estaba más excitado que asustado.
De la grieta me despedí el 20 de mayo de 2000. Aquel día, el Real Oviedo cerró 68 años de historia en un partido de Primera División ante la Real Sociedad (0-1). Tras el pitido final, la mayoría de la afición, emocionada, invadió el césped para llevarse trozos de hierba, redes y asientos: los últimos fragmentos de un recinto que hoy vive solo en la memoria colectiva del oviedismo. Mientras eso sucedía, yo me quedé sentado, observando la grieta. No lo dije en voz alta, pero recuerdo que pensé:
"Descansa en paz, vieja amiga…".
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