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A Cazorla no le quitaban el balón ni en una cabina de teléfono: un repaso a toda la trayectoria del héroe y leyenda del Real Oviedo

El doble campeón de Europa se retira tras una carrera marcada por el talento, la resistencia y su regreso al Oviedo, el club al que siempre perteneció

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Joaquín Alonso

Joaquín Alonso

Oviedo

Se despide Santi Cazorla. Y con él, de alguna manera, se despide también una forma muy reconocible de jugar al fútbol. La de los futbolistas que no necesitan imponerse con el cuerpo porque ya mandan con la cabeza. La de los que parecen tener siempre una décima más que el resto. La de los que reciben, giran, miran y hacen que todo parezca más fácil. Se despide un jugador que nunca perdió del todo la pinta de niño con balón, de futbolista de calle, de talento criado lejos del ruido y de los focos. Se despide el Mago. El de Fonciello. El del Oviedo. El del Villarreal. El del Arsenal. El de la selección española.

Santi Cazorla cuelga las botas en casa, que no es poca cosa. Porque su carrera, antes que una lista de clubes, títulos y partidos, fue siempre una historia de pertenencia. De salir cuando no quería salir. De hacerse enorme lejos. De volver cuando pudo volver. Y de cerrar el círculo en el mismo lugar en el que todo había empezado a torcerse demasiado pronto. Hay futbolistas que se retiran donde les toca. Santi se retira donde debía. En el Real Oviedo. En el club que le vio crecer, que le perdió por culpa de una época durísima y al que regresó más de veinte años después para devolverle algo que parecía imposible: la Primera División.

Su historia arranca en Fonciello, en una familia humilde y trabajadora, con un balón cerca y una naturalidad extraña para hacer cosas difíciles. José Manuel, su padre, y Loli, su madre, vieron crecer a un niño que no parecía entender el fútbol como los demás. No era solo que golpeara bien con las dos piernas. Era la manera. Esa facilidad para poner la pelota donde quería, para ver antes lo que iba a pasar, para tratar el balón como si no pesara. Primero fue el Covadonga. Después, el Oviedo. Pero la historia del Mago también tuvo una herida de origen. Cazorla entró en la cantera azul siendo un niño y tuvo que marcharse cuando apenas empezaba a ser futbolista. El Oviedo se hundía. El club caía a Tercera División, arrastrado por una crisis institucional que cambió demasiadas vidas y rompió demasiados caminos. Santi era una de las grandes promesas, pero el contexto no daba para romanticismos. El futuro estaba fuera. Y se marchó al Villarreal con la sensación amarga de dejar atrás el sitio al que pertenecía. No se fue del Oviedo porque quisiera irse. Se fue porque el Oviedo, en aquel momento, ya no podía sostenerle.

El crecimiento de Cazorla hasta convertirse en una estrella del fútbol español

En Villarreal encontró lo que necesitaba para crecer. Una estructura, paciencia, confianza y un escenario competitivo en el que su fútbol empezó a tomar cuerpo. Pasó por el filial, subió al primer equipo y se hizo un sitio sin necesidad de estridencias. Luego llegó el Recreativo de Huelva, una temporada magnífica, de esas que cambian la percepción sobre un jugador. Volvió al Villarreal convertido ya en un futbolista de otra dimensión. Más tarde llegaría el Málaga, con aquel proyecto ambicioso que llevó al club andaluz a mirar a Europa sin complejos. En todos esos lugares hubo un hilo común: Cazorla mejoraba lo que tocaba. No por discurso. Por juego.

Era un futbolista de los que ordenan sin parecer que ordenan. Un centrocampista capaz de asociarse, acelerar, pausar, filtrar, golpear, llegar y desaparecer del foco para volver a aparecer donde hacía daño. No tenía una presencia física imponente, ni falta que le hacía. Su grandeza estaba en otra parte. En la inteligencia. En la técnica. En su capacidad de ser ambidiestro, lo que le convertía en imprevisible. En una forma de competir elegante, sin aspavientos, sin necesidad de demostrar cada dos minutos lo bueno que era. Cazorla jugaba como si el balón fuese una extensión de su cuerpo. Y eso, en el fútbol, es un privilegio reservado a muy pocos.

En 2012 dio el salto al Arsenal y firmó su gran capítulo internacional. Londres descubrió a un futbolista que España ya admiraba desde hacía años. En Inglaterra, donde el fútbol muchas veces castiga al que duda una décima, Cazorla jugó con una alegría contagiosa. Se ganó a la afición del Arsenal con talento, trabajo y momentos que ya forman parte de la memoria del club. Su tanto de falta en la final de la FA Cup de 2014 ante el Hull City, cuando el equipo londinense perdía 0-2 en Wembley, fue mucho más que un gol. Fue el inicio de una remontada, el desahogo de una afición y una de esas imágenes que explican por qué algunos futbolistas nunca se van del todo de los clubes en los que juegan.

De hecho, LA NUEVA ESPAÑA lo comprobó de primera mano en su viaje al icónico barrio de Holloway, en Londres, el año pasado. A preguntas de este periódico, los gunners recordaban a su "little magician" como uno de los mejores mediocampistas que pasaron por las filas cañoneras. "No podrías quitarle el balón ni en una cabina de teléfono", decían.

Con la selección española también encontró su lugar, aunque no era sencillo hacerlo en una generación irrepetible. Compartió vestuario con Xavi, Iniesta, Busquets, Xabi Alonso, David Silva, Cesc Fàbregas, David Villa, Fernando Torres… Casi nada. En medio de tanto talento, Cazorla fue siempre una pieza valiosa. Diferente, discreta, eficaz. Ganó las Eurocopas de 2008 y 2012 y acumuló 81 internacionalidades, una cifra enorme para cualquier futbolista y todavía más meritoria en aquel contexto. No fue un invitado en la mejor época de España. Fue parte de ella.

Y entonces llegó el tramo más cruel. La lesión. La lesión del tobillo. La infección. Los quirófanos. Los meses interminables. Las dudas. Las cicatrices. Los diagnósticos que le empujaban a pensar que quizá el fútbol se había acabado. Cazorla, que ya lo había ganado casi todo, pudo haberse rendido sin que nadie le reprochara nada. Tenía una carrera magnífica, reconocimiento internacional y dos Eurocopas. Pero no quería que el final se lo impusiera una lesión. Quería volver a jugar. Aunque fuese contra la lógica. Aunque el cuerpo pareciera decirle lo contrario. Aunque el camino fuese larguísimo.

Cazorla en la Selección

Esa pelea define tanto a Cazorla como cualquiera de sus goles. Porque el Mago no fue solo magia. También fue resistencia. Fue paciencia. Fue dolor callado. Fue levantarse cuando lo normal habría sido aceptar el punto final. Se reconstruyó lejos del ruido, con una determinación que convirtió su regreso en una de las grandes historias de superación del fútbol moderno. Regresó al Villarreal en 2018 y volvió a ser futbolista. No una sombra. No un recuerdo. Futbolista. Hasta el punto de regresar también a la Roja en 2019. Pocos retornos han tenido tanta carga emocional y tanta verdad deportiva.

Después llegó Catar, el Al-Sadd, Xavi Hernández y una etapa distinta, más alejada del foco europeo, pero todavía competitiva. Allí siguió ganando, jugando y alargando una carrera que muchos habían dado por terminada años antes. Pero quedaba una deuda pendiente. La de siempre. La del Oviedo. La del niño que se había marchado cuando el club se caía. La del futbolista que nunca escondió de dónde venía. En 2023, el Real Oviedo anunció su regreso y el oviedismo entendió enseguida que aquello no era un fichaje más. Era una reparación sentimental.

Cazorla volvió aceptando el salario mínimo profesional de Segunda División y cediendo sus derechos de imagen al Oviedo, con una parte de lo generado por la venta de sus camisetas destinada a la cantera azul. Volvía uno de los grandes futbolistas españoles de las últimas décadas, pero volvía sin ponerse por encima de nadie. Volvía para ayudar. Para jugar. Para sumar. Para cerrar una historia que había quedado abierta demasiado tiempo. En aquel regreso estaba el niño de El Requexón, el internacional, el superviviente de la lesión y el oviedista que nunca dejó de serlo.

Y no fue solo emoción. Fue fútbol. En su primera temporada, el Oviedo se quedó a las puertas del ascenso en Cornellà. En la segunda, contra todo pronóstico, el sueño se hizo realidad. Cazorla marcó una falta maravillosa ante el Almería en la semifinal del play-off y transformó un penalti decisivo ante el Mirandés en la final. El Real Oviedo volvió a Primera División veinticuatro años después. Y lo hizo con Santi Cazorla como capitán. Difícil imaginar una escena más poderosa para el oviedismo. El futbolista que se había ido porque el club no podía sostenerle regresaba dos décadas después para empujarlo de nuevo a la élite.

El ascenso azul

Ese ascenso ya es parte de su leyenda. No por nostalgia. Por justicia poética. Porque a veces el fútbol, tan cruel casi siempre, se permite escribir finales hermosos. Cazorla no devolvió al Oviedo a Primera él solo, claro que no. Pero su presencia ordenó el relato, le dio alma y convirtió aquella promoción en algo más que una victoria deportiva. Fue una reconciliación con la historia. Un regalo para quienes habían vivido la caída y para quienes solo conocían al Oviedo por los relatos de sus padres y abuelos. Muchos jóvenes oviedistas vieron por primera vez a su equipo subir a Primera División con Cazorla levantando la bandera.

La última temporada, ya en la Primera División, no fue la soñada. El Real Oviedo descendió y Santi Cazorla tuvo menos protagonismo del que buena parte de la afición habría querido. El final deportivo dejó un punto de amargura, especialmente por la forma en la que fue perdiendo presencia. Pero ni siquiera eso puede ensombrecer lo esencial. Hay carreras que no se miden por el último partido. Ni por la última clasificación. Ni por los últimos minutos. La de Cazorla se mide por todo lo que fue capaz de construir antes de llegar a este día. Por lo que jugó. Por lo que resistió. Por lo que representó. Por lo que devolvió.

En su vídeo de despedida, el dorsal "8" se convierte en símbolo de infinito. Y pocas imágenes encajan mejor con su carrera. Porque Cazorla fue precisamente eso: una línea que salió de casa, recorrió medio mundo y terminó regresando al origen. Fonciello, El Requexón, Villarreal, Huelva, Málaga, Londres, Doha, el Carlos Tartiere. Todo forma parte del mismo viaje. Un viaje lleno de talento, títulos, lesiones, regresos, sonrisas y cicatrices. Un viaje que empezó con un niño que jugaba al fútbol como quien juega por pura felicidad y termina con una leyenda despedida en el sitio al que siempre perteneció.

Se retira Santi Cazorla. Se va un futbolista extraordinario y se queda una memoria enorme. La de un jugador que hizo mejor a sus equipos, que emocionó a quienes le vieron, que cayó y volvió, que se marchó y regresó, que convirtió el balón en una forma de alegría. El fútbol español pierde a uno de sus talentos más queridos. El Real Oviedo conserva para siempre a uno de los suyos. Y el oviedismo ya sabe que algunas historias, cuando son de verdad, no se cierran nunca del todo. Cazorla cuelga las botas, pero el Mago se queda.

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