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Recelos en Bueño frente al plan para prevenir las riadas: «No es eficaz ante el problema real»

Confederación defiende ante los vecinos un proyecto de 7,7 millones que incluye crear una escollera y un paseo fluvial

Una inundación en Bueño en 2012.

Una inundación en Bueño en 2012. / MIKI LOPEZ

Lucas Blanco

Lucas Blanco

La sombra de la riada de 2010, que sepultó bajo dos metros de agua gran parte de la vega de Bueño, planea sobre cualquier movimiento que afecte al cauce del Nalón. Este jueves, la Casa de Cultura de Bueño acogió una cumbre de hora y media —entre las 11.00 y las 12.30 horas— que lejos de disipar los temores, ha sembrado nuevas dudas. La presidenta de la Confederación Hidrográfica del Cantábrico (CHC), Bárbara Monte Donapetry, flanqueada por técnicos del organismo, presentó el borrador del proyecto de defensa frente a inundaciones para Bueño, Palomar y Ferreros ante una decena de vecinos y el Gobierno local. La respuesta ciudadana fue gélida: una mezcla de escepticismo y decepción ante una propuesta de 7,7 millones de euros que, a su juicio, prioriza la estética fluvial sobre la seguridad que reclaman quienes viven a pie de río. «La primera impresión es mala; dudamos de la eficacia de la solución que nos aportan porque ignora la magnitud real del problema», resumió con amargura Belarmino Fernández, vecino de Bueño.

El eje central del proyecto de la CHC es la construcción de lo que técnicamente denominan una «mota»: una escollera o dique de defensa que se internaría en la vega actual. Para la Confederación, cuya presidenta aseguró no haber hablado nunca de hacer una playa fluvial, es la herramienta necesaria para crear una zona de expansión natural del río, siguiendo el modelo de éxito de Cabezón de la Sal, en Cantabria. Para los vecinos, sin embargo, es un tajo en el corazón de su patrimonio. La infraestructura no solo requeriría expropiaciones —pagadas, temen, a «miseria»—, sino que desnaturalizaría el futuro de la vega al partirla literalmente en dos.

La propuesta de la Confederación incluye una suerte de paseo fluvial, una pasarela de madera para salvar el antiguo cauce, un diseño que los vecinos califican de «muy guapo» sobre el papel, pero vacío de contenido práctico. «Te venden estudios de caudales y metodologías de trabajo, pero ignoran datos reales», critican desde la comisión, recordando que el organismo estatal llegó a minimizar los efectos de crecidas históricas donde el agua alcanzó niveles críticos en las viviendas.

Olvido en Palomar y Ferreros

Uno de los puntos de mayor fricción durante la reunión fue el sentimiento de agravio en Palomar y Ferreros. Según los asistentes, el borrador presentado apenas dedica atención a la situación de estas localidades. En Palomar, la escollera actual está «completamente rota» y el río Barrea, que atraviesa la zona, presenta un cauce abandonado que actúa como una trampa en cada episodio de lluvias intensas.

Los vecinos de Ribera de Arriba tienen claro dónde debería invertirse el dinero antes de levantar nuevas barreras: en la limpieza. Reclaman actuaciones urgentes en las zonas de La Barquera —donde el riesgo de ruptura del cauce es alto— y el Rebolón. En este último punto, los sedimentos acumulados junto al puente impiden que el río desagüe con libertad. Sin embargo, la respuesta de la CHC fue la habitual en el marco de la normativa europea actual: está prohibido dragar y solo se permite remover escorrentías de forma que el río «lamine» los sedimentos a su manera, sin extraerlos del cauce.

Saneamiento positivo

No todo fueron reproches. Entre el escepticismo general, los vecinos rescataron un punto positivo del borrador: el plan para desviar las aguas fecales y pluviales hacia Las Caldas con un nuevo colector. Esta medida, destinada a aliviar el caudal en momentos de crecida y sanear el entorno, cuenta con el visto bueno de los afectados, que la consideran una actuación «viable y necesaria».

Sin embargo, el grueso del proyecto sigue sin convencer. La idea de la «playa fluvial», un término que el alcalde, Tomás Fernández, ha defendido en meses anteriores como un revulsivo turístico, apenas fue mencionada por los técnicos de la CHC como tal, prefiriendo el concepto de «zona de escape» o zona de inundabilidad controlada.

Tras el encuentro, en el que también participaron los concejales Víctor Álvarez, Eulalia Vázquez y Vicente Espina, además del arquitecto municipal Guillermo Hevia, la pelota queda ahora en el tejado de los vecinos. El alcalde reiteró su compromiso de apoyar la postura que tome el pueblo, pero la decisión no será inmediata.

Los representantes de Bueño, Palomar y Ferreros han solicitado una copia íntegra del proyecto definitivo —que debe superar aún los trámites ambientales— para someterlo a un análisis pormenorizado. La intención es elaborar un escrito conjunto exponiendo todas las deficiencias detectadas. «Vamos a reunirnos de nuevo para sacar conclusiones definitivas», advierte Belarmino Fernández. El borrador de los 7,7 millones de euros tiene un camino difícil por delante en Ribera de Arriba; un municipio que, cansado de mirar al Nalón con miedo, no está dispuesto a aceptar soluciones que «pintan bien» pero que podrían dejarles desprotegidos cuando el río vuelva a reclamar lo suyo.

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