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Geopolítica de chigre: el mundo corre, Salas permanece

Macarena López

Macarena López

Salas

Visto desde el Castillo de Valdés Salas, el panorama internacional parece un mal chiste contado demasiado rápido. Mientras en los despachos de Bruselas o Washington juegan al Monopoli con nuestras facturas, aquí tratamos de asimilar el último cambio de guion geopolítico. Pero no nos engañemos: no es que el mundo sea más complejo que el que habitaron nuestros abuelos y abuelas, es que ahora somos mucho más eficientes fabricando caos en tiempo real y enviándolo directamente a una notificación en cada bolsillo.

La lentitud era un lujo

Nuestros antepasados, aquellos que levantaron el Monasterio de Cornellana con una paciencia que hoy tacharíamos de patológica, tenían una ventaja envidiable: la ignorancia selectiva. Si el mundo se iba al traste, se enteraban con dos semanas de retraso. Gestionaban la realidad a ritmo de buey. Nosotros, en cambio, hemos sustituido la sabiduría por la actualización constante del feed. Creemos que por saber lo que pasa en Taiwán antes de desayunar estamos más preparados, cuando en realidad solo estamos más asustados.

El club de los supervivientes

Lo curioso es cómo encajamos este desorden en el concejo. No somos un bloque monolítico, sino un ecosistema de resistencia formado por perfiles que, a su manera, saben lo que es aguantar el tirón.

Por un lado, están los veteranos y veteranas de aquí. Gente con una salud financiera estable, tras una vida de esfuerzo y la mirada cínica de quien ha visto pasar tres sistemas económicos y sigue en pie. No se asustan con el titular apocalíptico del día porque saben que, al final, la política solo cambia de collar, pero el hambre muerde igual. Su cinismo no es apatía, es una armadura de alto calibre forjada en décadas de no creerse nada que no puedan tocar con las

 manos.

En medio, haciendo de pegamento y sostén, están los que decidieron quedarse. Esa generación de adultos que plantó cara a la despoblación, formó su familia aquí y hoy regenta los negocios locales o desempeña su profesión sin irse muy lejos. Son los realistas; los que conocen cada bache de la carretera y cada cara en el mercado. Su mérito es haber resistido la tentación de la ciudad para construir una naturalidad que hoy, en mitad del caos global, resulta ser nuestro activo más estimable.

Y finalmente, los nuevos pioneros, los asturianos por elección, que no vienen de turismo, sino que han llegado de otras provincias o países tras haber dicho adiós muchas veces. Son expertos/as en reinventarse; personas que han roto patrones y

han quemado sus naves para jugárselo todo en estas tierras. Saben que, cuando el mundo se vuelve loco, solo queda lo que uno es capaz de levantar con sus manos. Vienen a instalarse en un lugar donde su bagaje de mil batallas sirva para algo. Tienen la audacia de quien ya ha perdido el miedo a empezar de cero y la piel dura de quien sabe que la estabilidad es un invento de los bancos.

La tierra como última frontera

¿Cómo sobrevivimos a esta velocidad absurda? Con el carácter que define a esta zona: esa mezcla de obstinación y emprendimiento. Da igual si uno nació en una braña, si nunca se movió de la villa o si llegó ayer tras cruzar medio mapa; lo que nos une es entender que, cuando el sistema global tose, los que mejor se adaptan son los/as que no esperan a que nadie venga a salvarlos.

Nuestra herramienta más preciada es una combinación del desapego del sabio y la indolencia del que no tiene nada que perder. Es un cinismo esperanzador: sabemos que el mundo se puede extraviar, pero también sabemos que tenemos los medios, el ingenio y, sobre todo, este suelo bajo nuestros pies.

Conclusión

La geopolítica es ese ruido latoso que intenta interrumpir la siesta en la villa. La diferencia es que ahora el ruido vibra en el pantalón. Pero mientras nos tengamos los unos/as a los otros/as — los que se quedaron, los que regresaron y los que acaban de llegar—, que el mundo ruede lo rápido que quiera. Al final, las piedras del castillo seguirán ahí y esta tierra nos seguirá cobijando, cuando el último analista de la televisión se haya quedado mudo.

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