Narciso Larrinaga descubrió Salas como peregrino jacobeo y ya no se marchó: "Aquí me siento en casa"
Natural de Guernica (Vizcaya) todo el mundo lo conoce como "el vasco", pero desde el primer día se siente uno más del pueblo

Narciso Larrinaga, vasco residente en Salas, en la pasarela del río Nonaya, con la torre de Valdés-Salas al fondo.
l Christian García
Algo más de 360 kilómetros es la distancia que separa la localidad vasca de Guernica (Vizcaya) de Salas. Este trayecto, que en coche se puede realizar en apenas tres horas y media, se va a más de 80 horas si el trayecto se hacer a pie (poco más de tres días) y es, aproximadamente, el tiempo que la aventura le requirió a Narciso Larrinaga cuando, hace más de un año, se aventuró a recorrer el Camino de Santiago Primitivo sin ser consciente de que su paso por Salas daría un giro radical a su vida. Convencido de emprender un nuevo camino, se trasladó desde Guernica a la villa salense, donde acaba de celebrar su primer aniversario como vecino de pleno derecho de un pueblo al que ya se ha adaptado plenamente.
"La vida aquí es diferente. Guernica y Salas son muy parecidos, pero aquí el ritmo es más relajado. Nunca dudé de que me sentiría como en casa", confiesa Narciso, de 67 años y jubilado el pasado año tras una ardua carrera en una imprenta de Bilbao, donde trabajaban, entre otros clientes, para empresas como Euskatel. Sin embargo, llegado al final de su etapa laboral, Narciso decidí que había que cambiar de aires y Salas fue la primera opción desde el principio.
Hace siete años
"Antes ya había hecho una vez el Camino Primitivo. Descubrí Salas hace siete años. Antes de llegar me dijeron que me iba a enamorar del pueblo y del entorno... Y me encantó", confiesa Narciso, que fiel a su alma vasca, disfruta de la hora del vermú en uno de los bares del pueblo mientras saborea unas aceitunas.
Mientras tanto, el vizcaíno recuerda aquellos días a su paso por Asturias durante la ruta jacobea: "Quedé prendado. No sólo del Camino, sino de la gente, de los paisajes, la comida... Te da la vida". La experiencia fue, además, una oportunidad "para revitalizar", puesto que decidió emprender el viaje solo y ligero de equipaje. "Es la mejor terapia. Vas más abierto a conocer a la gente y descubrir todo lo que te cruzas", detalla Narciso, para el que compartir kilómetros a pie con otros peregrinos "es una sensación que se disfruta mucho".
Además, decidió que su cumpleaños coincidiese con su peregrinación, por lo que el viaje dio comienzo en junio. "Antes de salir, me organicé y preparé un itinerario con etapas más cortas para ir más despacio y así que mi cumpleaños coincidiese con el paso por Salas", reconoce Narciso, quien permaneció un par de días en el concejo, lo que le permitió curiosear por la zona a diferencia de su anterior visita, marcada por la velocidad. "Entre que llegas, te aseas, comes, descansas un poco... Se te pasa el día y ya te preparas para la mañana siguiente", concreta.
Sobre la decisión de cambiar de aires, de dejar atrás su Guernica natal, Narciso señala que, tras una situación personal que elude comentar, se decidió a mudarse en octubre. "Terminé el Camino en julio y no paraba de pensar en Salas, donde hice amistad con varios vecinos", añade el peregrino, que no tuvo ninguna duda a la hora de decidir: "Fue rápido y sencillo".
"El vasco"
Un año después, Narciso es uno más en el pueblo. "¡Para todos soy el vasco!", bromea. La adaptación al concejo salense fue rapidísima y, uno de los aspectos que más incidió en ello fue el fútbol, del cual Narciso es un apasionado, especialmente de su equipo del alma, el Athletic Club. "Cuando hay partido, bajo al bar y nada más entrar ya ponen el partido. Estoy difundiendo al Athletic, más de uno de Salas se hará rojiblanco", añade Narciso, entre risas.
De cara al futuro, el vasco tiene claro que su sitio seguirá siendo Salas: "Yo no me voy a ir de aquí, no tengo la menor duda". Pese a ello, su vínculo con Euskadi no se ha roto, puesto que a su sentimiento de pertenencia se suma que su hijo reside en Barakaldo (Vizcaya). Aun así, la respuesta sigue siendo la misma: "Aquí me siento como en casa. Es un lujo vivir en Salas".
Durante décadas, el Occidente de Asturias ha sido contado casi siempre desde el rincón de la ausencia: jóvenes que se marchan, pueblos que se vacían, oportunidades que se escapan, carreteras que no llegan... Sin embargo, junto a ese relato persistente empiezan a aflorar historias que invitan a matizarlo. Son iniciativas que no hablan de un retorno masivo ni de soluciones milagrosas, sino de decisiones personales, conscientes y valientes, que confirman que en la Asturias menos poblada aún es posible construir proyectos de vida diversos y con sentido.
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