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Un millón de casadielles al año y una decisión: el adiós de dos históricos hosteleros de Cornellana

Carolina Álvarez y Aquilino Pérez han traspasado la confitería Monasterio tras más de cuatro décadas de trabajo, marcadas por la producción artesanal y una amplia red de distribución: "No pienso hacer ni una casadiella más"

Carolina Álvarez y Aquilino Pérez, en la entrada de la confitería Monasterio de Cornellana.

Carolina Álvarez y Aquilino Pérez, en la entrada de la confitería Monasterio de Cornellana. / Christian García

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Cornellana

En Cornellana, donde la carretera general atraviesa el ritmo pausado del concejo, el obrador de la confitería Monasterio baja ahora la intensidad de sus hornos para dar paso a una nueva etapa. No es un cierre abrupto ni una despedida amarga, sino el relevo natural de quienes llevan más de cuatro décadas vinculados a la hostelería. Carolina Álvarez y Aquilino Pérez han decidido poner fin a su trayectoria profesional traspasando el negocio y, con ello, también una forma de entender el oficio.

La historia de ambos está atravesada por los desplazamientos y los regresos. Carolina nació en Pola de Lena. "Venía por los veranos aquí porque mi madre era de Cornellana”, recuerda Álvarez, que explica que fue precisamente en una de esas estancias estivales donde conoció a quien sería su compañero de vida y trabajo. Se casaron en 1984 y, apenas un año después, decidieron dar comienzo a su propio camino. El inicio no tuvo nada de idílico: un bajo pequeño, maquinaria limitada y condiciones duras. "Se pasaba bastante mal", recuerda ella, aludiendo a la falta de ventilación o a las jornadas en un espacio reducido donde el calor y la exigencia física marcaban el ritmo.

Aquel primer obrador fue el germen de una empresa que crecería con los años hasta trasladarse a un local más amplio en la carretera general de Cornellana, donde han permanecido hasta el último día de trabajo. La evolución no solo fue espacial, también tuvo efecto en la producción. Aunque en un momento dado incorporaron panadería y pastelería -una decisión que obligó a ampliar horarios y abrir los fines de semana-, el verdadero motor del negocio siempre estuvo en dos productos concretos: las casadielles y los carajitos.

Aquilino Pérez y Carolina Álvarez junto a decenas de cajas de sus elaboraciones.

Aquilino Pérez y Carolina Álvarez junto a decenas de cajas de sus elaboraciones. / Christian García

"Para mí fue un error", admite Carolina sobre aquella diversificación, convencida de que el pan y la pastelería "quitaban más vida" de la que aportaban al negocio. Con el tiempo, la realidad terminó por darle la razón: la demanda de sus especialidades no dejaba de crecer, impulsando una red de distribución que llegó a abastecer a grandes superficies como Carrefour, El Corte Inglés o Alimerka, además de tiendas especializadas, ferias y centros asturianos fuera de la región e incluso en el extranjero.

"Al límite"

Las cifras hablan por sí solas: alrededor de un millón de casadielles al año y entre 300.000 y 400.000 carajitos. Una producción que, en temporada alta, ponía a los hosteleros y a su equipo al límite. "El verano era horrible, una locura", explica Carolina. La mecanización ayudó a soportar el volumen -con la elaboración miles de unidades por hora-, pero no eliminó la presión de un trabajo constante.

Con el paso del tiempo, la decisión de simplificar llegó de forma progresiva. Hace aproximadamente dos años dejaron la panadería para centrarse exclusivamente en aquello que mejor funcionaba: la distribución de sus productos estrella. Sin embargo, el horizonte personal también empezó a pesar. "Ya llevábamos años y queríamos ir soltando un poco", señala. La falta de relevo generacional, puesto que su hija optó por otro camino profesional, terminó de inclinar la balanza hacia el traspaso.

El proceso no fue inmediato. Durante tres años valoraron opciones hasta encontrar un acuerdo con un nuevo matrimonio que ha asumido el negocio manteniendo al equipo de trabajadores. Esa continuidad era clave para ellos: no solo garantiza la actividad, también preservar una identidad construida durante décadas.

En lo emocional, la despedida se vive con serenidad. No hay nostalgia excesiva ni grandes gestos, sino la conciencia de haber cumplido una etapa. “Ya tocaba”, resume Aquilino, que afronta ahora una rutina distinta, más ligada al descanso y a aficiones como la jardinería que al trajín del obrador. Y lo afirma con determinación: "No pienso hacer ni una casadiella más”.

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