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Opinión

Salas

Ser el/la arquitecto/a de su propio siglo: el desafío personal de la longevidad asturiana

 La noticia de las 3.000 mujeres centenarias en Cataluña resuena con especial eco en nuestra región. Asturias no solo es la comunidad más envejecida de España, sino un laboratorio social donde la longevidad extrema es una realidad cotidiana. Sin embargo, más allá de las estadísticas sobre pensiones o infraestructuras, el verdadero desafío es psicológico e individual: ¿Cómo se percibe, se planifica y se vive una vida que se extiende hasta los 100 años?

El desafío de la "mentemorfosis"

Hemos pasado de una esperanza de vida de 60 años a una de casi 90, en apenas tres generaciones. La mente, sin embargo, no siempre se ha adaptado a esta extensión. Crecemos con una "hoja de ruta" implícita y acotada: estudiar, trabajar, formar una familia y, finalmente, parar.

La longevidad rompe este esquema. Exige una "mentemorfosis": la capacidad de reestructurar nuestra identidad y nuestras metas varias veces a lo largo de la vida. Para un/a asturiano/a de 50 años que goza de buena salud, la expectativa de vivir otros 40 años no es un simple regalo, es una exigencia. Implica asumir que el propósito vital y la identidad profesional no pueden ser estáticos.

Si vamos a vivir tanto, necesitamos un modelo de vida cíclico, donde el aprendizaje no es un pasatiempo, sino una herramienta de supervivencia para mantener la relevancia y la conexión social a los 65 o 75 años.

Longevidad con nombre de mujer: el factor del cuidado

La brecha de longevidad es evidente: la mayoría de los/as Grandes Ancianos/as (más de 90 años) son mujeres, una realidad palpable en el ámbito rural asturiano. Las mujeres, tradicionalmente ancladas en roles de cuidado y en redes sociales más robustas, demuestran una mayor capacidad de resiliencia comunitaria, lo que se traduce en una vida más larga.

Sin embargo, esta ventaja a menudo se paga con años de mayor dependencia o peor salud percibida. La adaptación individual no solo debe centrarse en mantener la salud física (nutrición, ejercicio, salud mental), sino en la planificación de la dependencia: ¿Cómo mantengo la autonomía emocional y física en las décadas finales?

Aquí es donde la organización social se encuentra con la decisión individual. El futuro de la longevidad asturiana pasa por la persona que planifica activamente su vivienda adaptable, que invierte en habilidades sociales para evitar el

aislamiento, y que busca un propósito constante que reemplace las estructuras laborales que ya se desvanecieron.

El rol de la persona: ser el/la arquitecto/a de su propio siglo

En lugar de ver la longevidad como una amenaza que el Estado debe gestionar, debemos verla como una oportunidad individual que exige responsabilidad.

Vivir hasta los 100 no es un estado pasivo. Significa que cada uno/a debe ser el/la arquitecto/a de su propio siglo: planificar financieramente, priorizar el capital social y aceptar la mutación constante de su propia identidad.

El último acto: abrazar la finitud

La ironía de esta longevidad extendida es que nos obliga a mirar con más detenimiento a nuestro final. Si planificamos una vida de cien años, también debemos dedicar tiempo a imaginar nuestro último aliento. Reflexionar sobre la propia muerte no es un ejercicio mórbido, sino un acto profundo de paz y dirección.

Si dirigimos nuestros pasos sabiendo que ese último momento llegará, priorizaremos lo que realmente importa: las relaciones, la autenticidad y la trascendencia que dejamos en los demás. La longevidad, bien entendida, no es una huida de la muerte, sino una oportunidad extendida para vivir una vida de significado que nos permita, cuando llegue el momento, acoger ese último instante con serenidad y aceptación.

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