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El tiempo suspendido de Salas

Ni hora de invierno, ni hora de verano. Mientras el calendario nos impone un nuevo cambio de agujas, el reloj del Ayuntamiento de Salas nos propone una alternativa mucho más genuina: el ahora

Hay una pequeña rebelión silenciosa en el corazón de nuestra villa. Mientras el mundo exterior se desvive en una carrera frenética contra el segundero, el reloj del Ayuntamiento de Salas ha decidido plantarse. Se ha quedado mudo, con las manecillas entrelazadas en un abrazo estático, ignorando por igual el paso de las estaciones y los decretos oficiales.

Reconozco que, al principio, esa quietud me producía una extraña desazón; casi una especie de cortocircuito mental. Como quien busca el pulso de un enfermo, levantaba la vista hacia la torre esperando una confirmación, una guía, un recordatorio de mis propias prisas. Y es que estamos tan programados para la eficiencia que encontrarse con una esfera muda se siente como una falta de respeto al orden establecido. Es ese vacío que no sabemos cómo llenar si no hay una aguja que nos empuje a la siguiente obligación. Sin embargo, con el paso de los días, ese desasosiego se ha transformado en un alivio profundo. En este rincón de Asturias, el tiempo ha dejado de medirse para empezar a habitarse.

Caemos de nuevo en ese mes extraño donde el calendario nos obliga a jugar con las horas, adelantando o atrasando el despertador por imperativo legal. Es el recordatorio anual de nuestra servidumbre hacia un invento que, si bien nació en las cuencas del Nilo para organizar cosechas y rezos, terminó convertido en el dictador más implacable de la historia. Los antiguos observaban el sol para saber cuándo sembrar; nosotros consultamos la muñeca para saber si tenemos permiso para estar cansados o para empezar a sentir hambre.

Hoy, la tiranía del cronómetro ha colonizado incluso nuestros espacios de libertad, revelando nuestra incapacidad para gestionar el día si no está troceado en tareas, llamadas o recados. Si el reloj no marca el paso, parece que el rato no cuenta, que perdemos el sentido de la jornada. Hemos cuadriculado el alma hasta dejarla sin aire, convirtiendo la agenda en una celda donde la espontaneidad se ve como un error de cálculo. Incluso calculamos cuánto le dedicaremos a un paseo o a una cena para que todo encaje al milímetro, sin dejar un solo resquicio al azar.

Por eso, el reloj parado del Ayuntamiento es, en realidad, un privilegio. Es una tregua necesaria. Al negarse a marcar las horas, la torre nos concede el permiso que nosotros no sabemos darnos: el de respirar al margen de la urgencia. Nos regala un margen de error, un hueco para la improvisación donde las citas no tienen por qué ser a las siete en punto, sino "hacia el atardecer", y donde los encuentros fortuitos en los soportales duran lo que dura una conversación, y no lo que dicta un recordatorio en el móvil.

Este instante presente, clavado eternamente en el ahora, nos recuerda que la vida sucede en los intermedios; en estos minutos que no sirven para nada productivo pero que, paradójicamente, lo significan todo. Quizá no haga falta arreglar esa maquinaria. Quizá Salas sepa algo que el resto del mundo ha olvidado: que la verdadera libertad comienza, precisamente, donde el reloj se detiene.

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