Opinión

Rememorando el Camino Primitivo en Salas, a propósito de la entrega del V Premio Alfonso II Los Diarios del Camino de Santiago

El viernes 14 de junio se entregaba en el Monasterio de Cornellana el V Premio Alfonso II Los Diarios del Camino de Santiago, convocado por la Fundación Valdés-Salas, recayendo el honor en la alicantina Primitiva González Escudero. Con el libro en mis manos me viene a la memoria mi propia peregrinación en 2020 que se plasmó en el libro Camino Primitivo, Derivas en Pandemia (alternativas, en colaboración con la Fundación Valdés, 2021). Estoy de acuerdo con la autora cuando se refirió en la presentación a que existen dos diarios que uno tiene en la mente cuando realiza el Camino, uno que recoge todos aquellos hechos, sucesos, anécdotas que van apareciendo en el itinerario que el escritor anota y lleva a su cuaderno, y el de las emociones que cada paisaje, cada lugar, cada transeúnte u oriundo en los parajes más insospechados por donde se deambula siempre rumbo a occidente, provocan en el interior de caminante o peregrino. Es esa dimensión la más poderosa, la que va a determinar que el relato se alimente de emociones en las descripciones y que el resultado sea un texto marcado por la experiencia, más allá de una descriptiva guía de viaje. En lo que se refiere a Salas, mi paso por el municipio en aquel ya distante 2020, se produjo más o menos como queda reflejado en el libro Camino Primitivo, Derivas en Pandemia:

El Camino Primitivo se introduce en tierras de Salas por el Collao de El Fresno. Desde aquí inicio el descenso hacia San Marcelo, donde está la Casa del Americano, que fue de mi abuelo y su familia, y de ahí por La Reaz, llego a Doriga en suave descenso hasta la vega del Narcea. Pese a las numerosas obras de infraestructura del otro lado del Narcea y toda la actividad que nos encontramos, siento que el tiempo se detiene ante la puerta del templo de Santa Eulalia de Doriga, donde se conserva la lápida fundacional de su consagración por el Obispo Pelayo en el año 1121.

Quisiera estar a solas en sitios como Doriga, con su palacio (ss. XIV–XVI), donde es posible reflexionar sobre la importancia del lugar por el que se transita y comprender realidades a veces ocultas. La imponente entrada del palacio, en la que destacan numerosos árboles que maravillan por su porte y por el pintoresco escenario que dibujan ante a la fachada principal del edificio, me hace recordar la visita que hicimos aquí cuando éramos alumnos del Instituto de Salas, antes incluso de que Juan Álvarez Corugedo, fallecido en 2013, hijo de Valentín Andrés, fijase en él su residencia en los noventa. En el corredor del patio interior, y por varias estancias, se amontonaba y desparramaba una biblioteca informe traída de Madrid, según su asistenta, que a buen seguro no le dio tiempo a leer. Siempre poseemos más libros de los que podremos leer en nuestra vida. Si no es así, es que se custodian demasiados pocos. Los libros serán siempre compañeros insustituibles.

Siguiendo el camino hacia Cornellana creo ver un paisaje que me recuerda la obra Nanso Kushihama, del artista japonés Oda Hironobu, de la década de los treinta, que representa la vida en un poblado al lado de un río con el fondo tapizado de vegetación. Aquí se descubren buenos ejemplos de arquitectura vernácula y elementos del patrimonio etnográfico, además de una fértil vega poblada de plantaciones de kiwis que se extienden hasta pasado el cruce de La Rodriga, donde se abre una gran superficie de cultivo. Antes se cruzaba el río en barca, a buen seguro por diferentes lugares, y no solo por un paso puntual como hoy es el puente que sirve de calzada a la N-634. Me adentro en Cornellana tomando la senda que se encuentra a la salida de este puente, para llegar directamente al albergue de peregrinos en el Monasterio de San Salvador (s. XI). No me detengo en Cornellana, aunque es solar de mis antepasados. Pequeñas anécdotas sobre este lugar las voy desgranando en algunos relatos de ficción con tintes autobiográficos que van saliendo a la luz, entre ellos un libro sobre fútbol.

El camino asciende a Sobrerriba, núcleo muy afectado ahora por las obras de la autovía. Desde aquí alcanzamos entre castaños el pueblo de Llamas, en la parroquia de Villazón. En el camino nos topamos con las instalaciones de lo que se conoce como el Arenero de Sílices La Cuesta que tiene vinculación con la siguiente explotación a cielo abierto que encontraremos en las inmediaciones de Fuente Caliente (Foncaliente), en Rabadiello. El sílice de esta cantera se transporta diariamente a Avilés para ser procesado en la que fue la fábrica de vidrio plano más moderna de Europa, construida en 1953, cuando se denominaba Cristalería Española, hoy Saint-Gobain Cristalería.

El poblamiento en este valle es disperso, como se observa en los núcleos de Espinedo, Villampero, Villarraba o Quintana, donde se encuentran buenos ejemplos de arquitectura rural. Destaca en la ladera de Quintana la iglesia parroquial de Santiago de Villazón, de origen medieval, que ha sufrido diversas transformaciones. En una de sus ampliaciones, en el s. XVIII, interviene mi antepasado Francisco Antonio de Ordiera Caso, maestro cantero. Mis pesquisas en el Archivo Histórico Diocesano de Madrid, me permiten conocer, entre otras cosas, que casó en la Parroquia de los Santos Justo y Pastor de Malasaña, el 11 de mayo de 1774, con Fca. Albarez (sic), natural de Villamar (Salas).

A los pies de la Parroquial de Villazón encontramos la Fuente de Santiago con su lavadero, al lado del camino. Continuando, en la zona conocida como Mexil, hallamos la Fuente Caliente donde se ha instalado un refugio metálico obra del escultor José M. Legazpi, fallecido en 2019. Siempre el agua irá enmarcando la senda. El agua en Asturias, aún en el estío, es abundante. Tras descansar en este tranquilo rincón, continúo hacia la izquierda paralelo al río Nonaya atravesando un agradable bosque, hacia Casazorrina, entrando por el lugar de Los Castiellos, topónimo que indica la cercanía al castro de El Espeñidal en las inmediaciones del camino. Tras cruzar el puente de la Rebollada se llega al pueblo donde destaca la casa natal del médico cirujano Celestino Álvarez Peláez (1862-1938) reconocido por sus investigaciones sobre la Tuberculosis, fundar la primera clínica privada en la región y por sus sanatorios de Oviedo, calle Asturias, y Gijón. Más adelante se encuentra el puente de La Devesa, en cuyas inmediaciones se halla la casona y el molino que le perteneció. El origen de la casa lo sitúan a finales del s. XVI y principios del XVII. Una de las cornisas del cuerpo más bajo del edificio se decora con pinturas esquemáticas, aunque ya muy deterioradas por las inclemencias del tiempo y un prolongado descuido. La puerta principal que mira hacia el Este, original de la edificación, conserva numerosas inscripciones protectoras, de un simbolismo cristiano y pagano y letreros inscritos de muy difícil lectura. Algunas marcas sobre la madera pueden haber sido originadas por incisiones de arma o hacha. Una estrecha ventana en forma de saetera abocinada y con remate de venera se abre en este lienzo. Además, en el borde de una de las hojas de la puerta se esconden dos runas Dagaz que apelan a la luz que sucede a la oscuridad. Runas que se sitúan en el acceso que se abre al sol naciente. Esa significación de la luz que sucede a la oscuridad de la noche me parece sublime. Un simbolismo escondido en resquicios que sugieren aspectos poco conocidos de antiguos moradores.

El peregrino es muy distinto entre sí, pareciera una masa homogénea, pero lo cierto es que hay personas respetuosas, educadas y hay auténticos patanes que dejan todo sembrado de sus porquerías, latas de bebidas, plásticos, papeles, aluminios de comidas y tentempiés al borde del camino. Los hay, también, que aflojan sus posaderas estercolando en los márgenes donde otros han de pisar.

Desde La Devesa el camino continúa hacia Mallecín para entrar en Salas por la Garibalda y pasar al lado de la Capilla de San Roque. El antiguo camino ascendía de Salas a Poles, llegando a la Venta de Fontanos para, desde allí, cruzar a Porciles y La Espina y continuar hacia Tineo, pero el trazado se ha desplazado hacia el Llanón, por el otro lado de la Sierra de Bodenaya, en ascenso a La Espina.

En Salas el peregrino puede disfrutar de la arquitectura que se eleva en sus calles y plazas y de alguno de los secretos que se esconden entre sus piedras como el “misterio de la Gran Vía”, el Palacio de Fernando de Valdés, sede de la fundación Valdés, vinculada a la Universidad de Oviedo, o su sepulcro en la Colegiata de Santa María la Mayor. Este último es obra de Pompeo Leoni, escultor de corte de Carlos I y Felipe II.

Ya en Salas el descanso es tan necesario como una buena hidratación. Pienso en las manos y en el aspecto del escultor milanés, que poseía muchos dibujos originales de Leonardo Da Vinci, trabajando en los bocetos del Mausoleo de Fernando de Valdés, en su cosmopolitismo y en su obra instalada en estas latitudes. La historia que rodea a los “Dibujos de Leonardo da Vinci, preservados por Pompeo Leoni” es tan interesante como desconocida.

La observación que se hace a veces de los lugares, depende del esfuerzo y del conocimiento que de ellos se tiene. Los que se han formado en Geografía Física y Geomorfología tienden a analizar las unidades de paisaje y a explicarse todos los accidentes que se encuentran a su paso. Pero no siempre va a ser posible la descripción de todo ello, ya que el esfuerzo impide el fluir de una contemplación pausada y la fijación de todo lo que a uno le pasa por la cabeza.

Es momento de un descanso en la torre de La Devesa, al lado del Nonaya, con lo básico. Mañana, tras un desayuno en Salas, ascenderé hacia La Espina y de allí a Tineo, para, si es posible, desviarse a Obona. En el ruinoso monasterio se ayudaba a los peregrinos a Compostela, aunque actualmente hay que apartarse del itinerario oficial. Según la documentación, el rey Alfonso IX, el mismo que otorgó la Carta Puebla de Tineo en 1214, despachaba en el monasterio, y es famosa su amenaza a todo aquel que osara desviar a los peregrinos a Santiago de la Pola de Tineo y de Obona.

Amanece en la Devesa y nos ponemos en marcha nuevamente hasta Salas. Algunas grabaciones de agua y pájaros y un rápido desayuno. El Camino desde Salas comparte trazado con la senda de la Cascada del Nonaya en sus tres primeros kilómetros hacia El Llanón, enclave hoy totalmente despoblado. Tras superar la Fuente de Paín se observan los restos de un enclave minero, con el cargadero de mineral y las edificaciones auxiliares cubiertas ahora por abundante vegetación. Sobre nuestras cabezas un gigante de hormigón: el viaducto en curva de la A-63 en ascenso a La Espina encorsetando la montaña. Una ascensión que me parece interminable hasta El Llanón y de aquí a Porciles para culminar el ascenso a la vez que se topa con la iglesia de Bodenaya. Un poco más adelante converso animadamente con el hospitalero del albergue, intercambiando algunas impresiones y le expreso mis propósitos en este peregrinar.

Culmino la ascensión a los 660 metros de altura del puerto de La Espina. Aquí se documenta una leprosería en el año 1229, conocida como Ntra. Sra. de Bazar. En el triste cementerio de la localidad yace José Maldonado (1900-1985), último Presidente de la República Española en el exilio. Desde La Espina el camino se introduce en el concejo de Tineo por La Pereda. El gris del cielo y el frescor de la mañana ayudan a paliar el esfuerzo que nos sitúa en esta meseta entre La Espina y Los Llanos del Pedregal. El camino es más favorable hacia Tineo. Rememoro los episodios del Crimen de Fontanos (1814) tras finalizar la Guerra de Independencia y la errática huida del criminal hacia tierras de Burón, en el Reino de Galicia. Agustín San Martín Cuervo, así se llamaba quien fuera juzgado por el triple crimen de la Venta de Fontanos, en la ladera meridional de la Sierra de Bodenaya. Sierra que dejo atrás y que miro por última vez desde las inmediaciones de La Pereda. Son lugares por los que San Martín emprendió su huida queriendo alejarse del lugar del crimen, siguiendo el itinerario del entonces llamado Camino Real.

El rico patrimonio arquitectónico en declive que encontramos al cruzar cada asentamiento humano, caserías, aldeas y villas, fija la pesadumbre como estado de ánimo, pese a lo bueno de la climatología. Un aire entre decadencia y decrepitud, de edificaciones y asentamientos, unido a la nefasta implantación de las estabulaciones en los mismos núcleos rurales, ha convertido muchos enclaves de una innegable riqueza ambiental en inmundos chiqueros donde la suciedad se propaga y lo intensivo hace el aire irrespirable. No se debe buscar al único responsable de esto en el hombre del campo, que ha tenido que adaptarse implantando nuevos métodos y rudimentos a medida que sus explotaciones crecían. La Administración Pública ha tenido, y tiene aún, un papel decisivo en esta problemática al no exigir que las explotaciones agropecuarias intensivas, con docenas de animales estabulados, fuesen en su día desplazadas de los núcleos rurales habitados. No han tenido en cuenta la escala ni la incidencia de las instalaciones en los pequeños núcleos que se desparraman por el territorio (…).

Continúa el relato en tierras de Tineo. Enhorabuena a los premiados en las diferentes ediciones de este Premio Alfonso II Los Diarios del Camino de Santiago y a la Fundación Valdés-Salas por proponer este reconocimiento. Con su labor contribuyen a ampliar la experiencia del peregrino y de quien no lo es, pero en quien se puede convertir con la lectura de cada uno de los textos premiados, haciendo un poco propias las vivencias. Como bien dijo Leopoldo Tolivar Alas, presidente del Jurado, estos textos contribuyen a incrementar la documentación jacobea y yo apunto: el conocimiento que tenemos del Camino Primitivo, que puede ser fuente inagotable de inspiración y valor tangible e intangible más allá de un simple destino religioso pensado para los devotos de la fe cristiana.