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Un fenómeno que ha llegado a Asturias: jóvenes de 20 años se inician en la cirugía estética en busca de un rostro "a prueba de selfi"

Las redes impulsan el interés por conseguir rostros "a prueba de selfi" gracias al bótox y al ácido hialurónico

El momento de la inyección de bótox a la paciente Nieves Rodríguez

VÍDEO: Amor Domínguez/ FOTO: Irma Collín

Elena M. Chorén

Elena M. Chorén

Oviedo

"Me puse ácido hialurónico en los labios por primera vez a los 20 años; después repetí un par de veces más. La verdad es que queda genial. Yo tengo el labio muy fino y me pongo un poquito para que no se note tanto". Aitana Carballo, estudiante de medicina, es una de los cientos de jóvenes que recurren a los retoques estéticos a una edad temprana. El debut con la jeringuilla se ha adelantado de los treinta y cinco a la veintena, según el último estudio de la Sociedad Española de Medicina Estética (SEME). Las redes sociales tienen la culpa.

"Sí creo que el culto a la imagen que se ha potenciado en redes sociales es un factor importante para decidirte. De hecho, la mayoría de filtros que hay ahora, en TikTok sobre todo, te ponen casi siempre más labio", reconoce Carballo. No descarta "en un futuro no muy lejano" ponerse bótox para ir previniendo las arrugas.

La aparición de los selfis, la difusión de medicina estética a través de las redes sociales y la influencia que éstas tienen sobre los jóvenes, han hecho que los menores de 26 años se introduzcan en el mundo de la medicina estética, tal como detalla el estudio de la SEME. Los rellenos y la toxina botulínica (el término correcto para referirse al bótox) son los tratamientos más demandados por la juventud. Recurren a ellos para ganar autoestima y mostrar la mejor versión de sí mismos; mientras que los segmentos más mayores intentan reducir los signos del envejecimiento.

El doctor Graíño, antes de aplicar bótox en su clínica

El doctor Graíño, antes de aplicar bótox en su clínica / Irma Collín

"Me puse bótox hace un año para la boda de mi hija y ahora repito", comenta Nieves Rodríguez tras pasar por las manos del doctor Francisco Graíño, con clínica en Oviedo. Se ha puesto toxina botulínica en el entrecejo y las popularmente conocidas como patas de gallo (las arrugas de expresión que se forman en torno a los ojos). Cada cierto tiempo recurre a este tratamiento para reducir arrugas.

"La calle está llena de gente que se pone bótox; es gente absolutamente normal que quiere verse mejor, que tiene arrugas o quiere retrasar su aparición", alega el doctor Graíño. Lleva más de dos décadas inyectando bótox. Aún recuerda sus inicios, en el año 2000, cuando se hacía de forma no reglada en hoteles, en las llamadas "party bótox" (fiesta del bótox). Dos años después, la Agencia Española del Medicamento lo reguló y exigió que el proceso se llevase a cabo en una clínica, con un médico y siempre con una autorización de Sanidad.

"La calle está llena de gente que se pone bótox; es gente normal que quiere verse mejor", apunta el doctor Graíño

Porque el bótox tiene sus riesgos. "Si lo pongo muy cerca de la ceja y me desciende, me puede paralizar el elevador del párpado y me queda caído", explica. Pero es reversible. Porque el efecto de esta toxina que paraliza el músculo dura entre cuatro y seis semanas. Depende en gran parte de la gestualidad del paciente.

Los gestos van creando surcos en la piel que, de tanto llevarlos a cabo, pueden quedar marcados en reposo. Es lo que llaman arrugas mixtas. Son las más "complejas de tratar" puesto que suelen precisar una combinación de ácido hialurónico y bótox. "La toxina botulínica paraliza el músculo y actúa en arrugas de expresión, donde hay movilidad; el ácido, en cambio, rellena una arruga profunda que se marca ya en reposo".

Cada caso es un mundo, pero todos comienzan igual: con unas fotos. Se deben tomar imágenes del rostro en reposo y con diversas expresiones, tales como sonreír, levantar la frente o fruncir el ceño. Con ellas se planifica el tratamiento y se dibujan los puntos donde aplicar la toxina. Antes del procedimiento, se aplica una pomada anestésica para evitar el resquemor que provoca la inyección. El momento agujas no dura más de diez minutos. Para ver los efectos hay que esperar un poco más: entre cuatro y siete días. Todo el procedimiento cuesta entre 350 y 450 euros, en función de la marca de la toxina. Ya han salido al mercado nuevas fórmulas que prometen efectos más inmediatos y duraderos.

El aspecto de la toxina tras mezclarla con suero

El aspecto de la toxina tras mezclarla con suero / Irma Collín

La toxina botulínica, unos polvos apenas invisibles que se activan con suero, tienen más usos que los puramente estéticos. Puede ayudar en casos de bruxismo, cefaleas tensionales, tortícolis congénita, cicatrices o un exceso de sudoración. Graíño recuerda con gracia el lugar más raro donde inyectó bótox. "Fue a una novia que tenía que bailar el vals con su suegro y le sudaban las manos porque se ponía muy nerviosa. Le tuve que pinchar las palmas de la mano", cuenta.

¿Es preocupante que se recurra a la medicina estética cada vez con más frecuencia y menos edad? Sí y no. "Hay personas que, en un momento dado, optaron por la cirugía para un aspecto de su físico que no les satisfacía y ya está. Saben perfectamente lo que quieren. Aunque sí hay casos en los que puede haber problemas psicológicos detrás", expone Marisol Delgado, psicóloga con clínica en Avilés. El hecho de que los jóvenes cada vez accedan antes a las redes sociales es determinante. "Van a encontrarse con un canon de belleza inalcanzable e irreal que puede afectarles y crear insatisfacción", explica. La parte buena es que cada vez hay más gente que se muestra sin filtros en internet.

El famoso "like" (me gusta) origina una obsesión insana por gustar y recibir la aprobación externa. "A todos nos gusta gustar, pero en el momento en el que se convierte en una necesidad puede haber un problema. Se establece de forma inadecuada una relación causal directa entre lo que vale la persona y el número de me gustas", apunta.

La baja autoestima suele estar detrás de este tipo de situaciones. Sin embargo, Delgado celebra que el porcentaje de personas que se somete a cambios estéticos por problemas psicológicos derivados de las redes sociales no es muy elevado. Sí se dan algunos casos en pacientes con distorsiones corporales (le dan a una parte de su cuerpo una importancia desproporcionada e irreal) o con conductas obsesivas. "Son esas personas que, si se hacen un retoque, terminan haciéndose más porque nunca encuentran la satisfacción. Es un camino sin fin", explica.

La actitud que se toma en casa frente al culto a la imagen en redes sociales es crucial. No hay que prohibirlas, hay que negociar. "Se debe hablar con los jóvenes, pero nunca desde el sermón o el dogma. Tampoco desde el ‘colegueo’. Hay que establecer un diálogo desde el respeto", aconseja. Lo recomendable es preguntar cómo les afecta todo lo que ven en Instagram o Tiktok y no censurar las respuestas. "La clave es escuchar aunque haya cosas que no nos gusten", sugiere. "En general, no se deben demonizar las redes sociales ni la medicina estética", sentencia.

Retoques sí, pero siempre con cabeza. 

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  • Cabeza. Los psicólogos advierten a los jóvenes del "canon de belleza irreal" que se potencia en redes sociales y aconsejan no tomarlas como referencia para llevar a cabo retoques estéticos. 
  • Ácido hialurónico. Suele utilizarse para rellenar las arrugas más profundas y dar volumen a los labios. Sus efectos son reversibles. 
  • Bótox. La toxina botulínica paraliza el músculo y evita así que se produzcan arrugas de expresión. Sus efectos duran entre cuatro y seis meses. También se utiliza en casos de sudoración, bruxismo o cefalea. 

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