Adolescentes: ¿"Edad difícil" o personalidad en riesgo?
En Asturias crecen las consultas de adolescentes por ansiedad, conducta y autolesiones: el verdadero reto es detectar a tiempo cuándo la personalidad empieza a desorganizarse

Esther Blanco y Andrés Calvo, psicólogos. | LNE
Esther Blanco y Andrés Calvo
En Asturias, entre un 10 y un 14 por ciento de los niños y niñas presenta ya dificultades emocionales o de conducta, según las encuestas de salud infantil. En solo cinco años, el número de chicos y chicas atendidos en la red pública de salud mental infanto-juvenil ha crecido alrededor de un 40 por ciento. Hoy, más de 6.000 menores están en seguimiento especializado, lo que implica que aproximadamente 6 de cada 100 reciben algún tipo de atención en salud mental.
Desde la experiencia clínica de Esther Blanco, psicoterapeuta y coordinadora del Grupo de trabajo de trastornos de la personalidad del Colegio Oficial de Psicología del Principado de Asturias, y Andrés Calvo, psicólogo especialista en Psicología Clínica, directores de la Clínica Persum, en Oviedo, este aumento de la demanda no solo habla de más ansiedad o más presión escolar, sino de algo más de fondo: la necesidad de mirar también cómo se está configurando la personalidad de nuestros adolescentes.
Entre los problemas que aparecen con más frecuencia en la adolescencia destacan los trastornos de ansiedad (fobias, ansiedad generalizada, TOC…), que son casi el doble de frecuentes en las chicas que en los chicos. También son muy habituales los problemas emocionales y del comportamiento (oposicionismo, explosiones de rabia, desregulación), con tasas altas en ambos sexos y una ligera mayor prevalencia en ellas.
A esto se suman los trastornos de la conducta alimentaria, igualmente más frecuentes en chicas, mientras que los trastornos del espectro autista, otros trastornos del desarrollo, el TDAH y los trastornos disociales más graves aparecen mucho más a menudo en niños que en niñas.
En términos muy generales, muchos chicos expresan el malestar hacia fuera (conductas visibles, transgresiones), mientras que muchas chicas lo vuelcan hacia dentro (ansiedad, TCA, autolesiones, conflictos afectivos intensos). Por debajo de esas etiquetas (ansiedad, depresión, problemas de conducta…) suele haber algo más profundo que no siempre se nombra: cómo está funcionando la personalidad del adolescente. Es decir, cómo se ve a sí mismo, cómo entiende a los demás y cómo regula lo que siente y lo que hace. Cuando esa organización de la personalidad es frágil, ya no vemos solo síntomas sueltos, sino un patrón que se repite en muchas áreas de la vida. En ese nivel más profundo pueden aparecer las señales o los indicadores que se desgranan en la tabla adjunta. Muchos de esos rasgos de funcionamiento en la edad adulta se vinculan con trastornos de la personalidad. No se trata de poner una etiqueta diagnóstica en la adolescencia, sino de reconocer que estamos ante un nivel de vulnerabilidad estructural que requiere un abordaje específico.
Muchos de los problemas de los adolescentes no son solo "cosas de la edad", "ansiedad por el estrés", secuelas de un trauma o simplemente "depresión". Son señales de que la personalidad se está organizando de forma inestable. Si solo vemos la parte más superficial (ataques de ansiedad, tristeza, crisis puntuales), corremos el riesgo de confundir el cuadro y quedarnos cortos en el tratamiento.
¿Por qué es tan importante detectarlo en la adolescencia? Porque sabemos que, cuando estas dificultades de personalidad se reconocen a tiempo y se tratan con terapias específicas para las disfunciones de la personalidad, los resultados pueden cambiar la trayectoria vital: bajan las autolesiones y las urgencias, mejora el funcionamiento general y se consolida una identidad más estable. No son tratamientos mágicos ni rápidos, pero sí están respaldados por décadas de investigación y comparten algo esencial: un trabajo profundo sobre la identidad, las relaciones y la regulación emocional, más allá de "apagar síntomas".
La gran pregunta para las familias, por tanto, no es solo si su hijo tiene ansiedad o está deprimido, sino qué nos están diciendo esos síntomas sobre su forma de ser y de relacionarse. ¿Estamos ante el oleaje normal de la adolescencia o ante una forma de funcionar que se está volviendo rígida, caótica y muy costosa para él y para su entorno? Ir más allá de los síntomas implica mirar esta organización de fondo y, cuando es necesario, apoyarse en profesionales especializados en personalidad –como el equipo que dirigen Esther Blanco y Andrés Calvo en la Clínica Persum– capaces de leer esos signos y ofrecer un tratamiento que no solo calme la crisis de hoy, sino que ayude a construir la personalidad con la que ese chico o chica va a vivir el resto de su vida.
Señales y signos de que algo no va bien
- Cambios emocionales muy bruscos.
- Conflictos intensos con los padres, compañeros, amigos...
- Oscilaciones entre la grandiosidad y la inseguridad.
- Intensa desconfianza frente a otros.
- Enamoramientos rápidos y explosivos.
- Problemas a la hora de relacionarse íntimamente. Relaciones caóticas.
- Sensación inestable de quién se es.
- Cuestionamiento de la identidad sexual.
- Miedo al fracaso y dificultades con la tolerancia a la frustración.
- Idealización o desvaloración de los otros, con cambios frecuentes en las lealtades.
- Tendencias autodestructivas: autolesiones, cortes, golpes, puñetazos a uno mismo.
- Rebelión, resentimientos, independencia excesiva de los padres.
- Cambios entre el amor y el odio de forma severa.
- Dependencias afectivas excesivas de padres o compañeros.
- Falta de control de los impulsos.
- Conductas antisociales: violencia, bullying escolar, intimidación, deslealtad o deshonestidad, falta de intereses a largo plazo, cambios de humor intenso, ira excesiva, enfado continuo.
- Desmotivación y desinterés en los estudios, falta de metas futuras.
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