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Los expertos en pediatría alertan: “Un beso obligado a un niño no es cariño, es normalización de abuso”

El enfermero y divulgador Armando Bastida advierte sobre las graves consecuencias de obligar a dar besos a un menor contra su voluntad

Una niña tapa su cara con las manos

Una niña tapa su cara con las manos / Freepik

Adema Kuandykova

¿Cuántas veces le hemos pedido a un niño que besara a un familiar o a un amigo de sus padres, aunque no quería? Lo animamos a hacerlo para ser educado, para que la otra persona no se ofenda ni se incomoda, para enseñarle a obedecer a los mayores… y, al mismo tiempo, borramos los límites que está aprendiendo a poner para protegerse a sí mismo. El enfermero de pediatría y escritor Armando Bastida lo deja claro: obligar a los niños a dar besos cuando no lo quieren hacer puede normalizar el abuso.

La doble moral del consentimiento

Si viéramos a nuestros hijos besar a personas desconocidas por propia iniciativa o pidiendo un premio a cambio, no nos gustaría, observa el enfermero. Sin embargo, en nuestro día a día les pedimos que les den besos y abrazos a sus tíos y tías, aunque no les apetezca, prometiéndoles recompensar el acto con dulces y juguetes. De este modo, avisa Bastida, “les dejamos desprotegidos ante cualquier adulto que quiera sus besos, sus abrazos o algo mucho peor. Les enseñamos —a menudo, de manera inconsciente e involuntaria— que sus propios deseos y su sentido de seguridad importan mucho menos que las emociones de la otra persona.

Dos besos al saludar: ¿abuso o norma de respeto?

El consentimiento es obligatorio: esto lo sabe cualquiera. No obstante, cuando se trata de los niños, muchas veces nos olvidamos de esa regla de oro. En España, donde dos besos se consideran un gesto de saludo típico, negarle uno a la persona puede ser visto como mala educación.

Desgraciadamente, para muchos, ser maleducado es un destino peor que soportar el abuso: un número preocupante de usuarios que han dejado comentarios bajo la publicación del pediatra consideran que “son normas básicas de respeto”, que la cuestión está “exageradísima” y que, aunque “nadie puede obligar a nadie”, tampoco cabe “llamarlo abuso”. Entre ellos, madres y padres, maestras de la primaria, personas que vemos todos los días.

No respetar los límites del niño hoy es perjudicarlo mañana

Según la lógica de estos comentarios, el abuso es un acto concreto con una intención clara de hacerle daño al otro. Sin embargo, existen matices que hace falta tener en cuenta, sobre todo cuando hablamos de los niños, la parte más vulnerable de la sociedad. A pesar de que un familiar insistente en recibir caricias y abrazos de su sobrino o nieto no pretenda lastimarlo de alguna forma, lo que sí hace es enseñarle a ignorar los propios límites y dejar de lado su autonomía corporal.

Por mayor parte, los niños no aprenden con palabras, sino con ejemplos de la vida real. Si un día llegan a la conclusión que es normal aceptar y dar besos incluso cuando no lo quieren hacer, lo interiorizan, y es esta convicción la que puede perjudicarlos en el futuro, en situaciones mucho más graves. También es importante el apoyo de los padres, las personas en las que más confían y de las que depende su seguridad y bienestar físico y mental. Cuando negamos a proteger sus fronteras personales ante otros adultos en nombre de buena educación, no podemos contar con que confíen en nosotros en un momento crítico. Y esta desconfianza puede llegar a ser un fallo fatal.

El peligro está más cerca de lo que parece

Estamos acostumbrados a pensar que el abuso es algo que nos pasa cuando quedamos solos de noche en un parque desierto o un callejón oscuro, que los perpetradores son una capa de sociedad separada que se caracteriza por ser excepcionalmente malvada, y que evitar lo peor es tan fácil como no hablar con los desconocidos en la calle. No obstante, la realidad es lo contrario. Como resalta Bastida, la mayoría de abusos suceden “por parte de gente del entorno directo del menor”: familiares, maestros, las personas que ven todos los días. Las personas que dejamos entrar en nuestras casas y dar besos y abrazos a nuestros hijos a cambio de caramelos y muñecas.

¿Exagerado? Puede que sí. Pero más vale prevenir que curar, y la manera más segura de prevenir el abuso es haciéndoles caso a los niños.

No es malo decir que no

Cuando un niño niega a hacer algo que lo incomoda, está aprendiendo a escucharse a sí mismo, a poner barreras personales y a “entender que su cuerpo es suyo”, afirma el enfermero. “No es mala educación. Es protección. Lo está haciendo bien”. Por tanto, lo importante no es enseñarle cómo agradarle a todo el mundo, sino cómo saber cuándo decir que sí y cuándo decir que no. Porque la buena educación le puede abrir muchas puertas en la vida, pero la capacidad de decir que no —y de hacerse escuchar— es lo que se la puede salvar.

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