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Esperanza Alonso, enfermera: "La ética profesional está presente en nuestra práctica diaria: cuando una persona rechaza un cuidado, cuando una familia pide información que quizá no debe recibir..."

El nuevo Código Deontológico debe entrar en las unidades, las sesiones clínicas y la formación de grado y posgrado, según sostiene la presidenta de la Comisión Deontológica del Colegio Oficial de Enfermería del Principado de Asturias (CODEPA)

Una enfermera da la mano a una paciente

Una enfermera da la mano a una paciente / LNE

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Esperanza Alonso Jiménez

La aprobación del nuevo Código Ético y Deontológico de la Enfermera Española no debería ser entendida como la llegada de un documento más a las estanterías profesionales. Tampoco como una norma reservada a los momentos de conflicto o a los expedientes disciplinarios. Su verdadero valor está en otra parte: en recordarnos que la excelencia enfermera no se mide solo por la competencia técnica, sino también por la forma en que decidimos, comunicamos, registramos, acompañamos y asumimos responsabilidad.

Durante años, la ética profesional ha sido percibida, en demasiadas ocasiones, como algo abstracto. Sin embargo, quienes trabajan a pie de cama, en atención primaria, en salud laboral, en residencias, en urgencias, en gestión, en docencia o en investigación, saben que los dilemas no son excepcionales. Están presentes en la práctica diaria: cuando una persona rechaza un cuidado, cuando una familia pide información que quizá no debe recibir, cuando falta tiempo para explicar, cuando un registro queda incompleto, cuando aparece un error, cuando se usan dispositivos personales, cuando una publicación en redes puede comprometer la intimidad de alguien o cuando la organización no facilita las condiciones más adecuadas para cuidar.

El nuevo código llega, por tanto, en un momento oportuno. La profesión enfermera ha ampliado sus espacios de responsabilidad y la sociedad exige más transparencia, más seguridad, más participación y más respeto a la autonomía de las personas. Ya no basta con hacer "lo de siempre". La práctica actual pide criterio, evidencia, prudencia y capacidad para justificar las decisiones. En ese sentido, la deontología no limita la profesión: la ordena, la fortalece y la hace más reconocible ante la ciudadanía.

Uno de los grandes aciertos del nuevo texto es situar la relación clínica en el centro. Toda práctica enfermera comienza en un encuentro entre personas. La técnica importa, pero no sustituye a la confianza. Informar de manera comprensible, adaptar el lenguaje, respetar los valores de la persona atendida y reconocer su derecho a decidir son elementos tan profesionales como canalizar una vía, administrar un tratamiento o valorar una herida. La comunicación no es un añadido amable; forma parte de la calidad asistencial.

También cobra especial relevancia la historia clínica. Registrar no es un trámite burocrático ni una carga administrativa sin valor. Es continuidad de cuidados, seguridad jurídica, trabajo en equipo y memoria asistencial. Lo que no se registra puede perderse para el siguiente profesional, para la evolución clínica y para la evaluación de lo ocurrido. Un buen registro protege a la persona atendida y también protege la buena práctica enfermera, siempre que sea objetivo, preciso, completo y respetuoso con la confidencialidad.

La seguridad del paciente es otro eje que interpela directamente a los equipos. La cultura profesional ya no puede sostenerse en el silencio ante el error. Notificar, analizar y aprender no debilita a la enfermería; la hace más madura. El error oculto bloquea la mejora. El error abordado con rigor permite revisar circuitos, cargas de trabajo, formación, comunicación y liderazgo. La seguridad no depende solo de la voluntad individual, pero sí requiere profesionales capaces de reconocer riesgos y participar activamente en su gestión.

El código también habla al presente digital. La teleatención, las aplicaciones, la mensajería, las redes sociales y la inteligencia artificial forman parte de la realidad sanitaria. No son escenarios futuros. Ya están aquí. Por eso es imprescindible que la enfermería desarrolle competencias digitales, conozca los límites de estas herramientas y mantenga una mirada crítica. La tecnología puede apoyar el cuidado, pero no puede desplazar el juicio profesional ni convertir la relación asistencial en un intercambio impersonal de datos. La confidencialidad, la intimidad y el consentimiento siguen siendo obligaciones centrales, también cuando la pantalla sustituye al despacho.

La presencia de la inteligencia artificial merece una reflexión especial. Su uso puede aportar ayuda en la organización, el análisis de información o el apoyo a la toma de decisiones, pero exige supervisión humana, formación y atención a los sesgos. Un algoritmo puede orientar, pero no conoce por sí mismo la biografía, los miedos, la fragilidad o los valores de la persona atendida. Ahí, la enfermería mantiene un papel insustituible: interpretar, contextualizar y cuidar desde una mirada humana y profesional.

Otro aspecto de gran interés es la incorporación del peritaje enfermero. Reconocer este ámbito supone admitir que los cuidados también pueden ser analizados, explicados y valorados con método propio. La enfermera que actúa como perito no solo describe hechos; debe hacerlo con independencia, competencia y responsabilidad. Este reconocimiento ayuda a visibilizar que la praxis enfermera tiene entidad técnica, ética y jurídica.

El nuevo código también interpela a las instituciones. No puede pedirse excelencia ética a profesionales abandonados a la sobrecarga, a la falta de recursos o a circuitos inseguros. La responsabilidad individual existe, pero también existe una responsabilidad organizativa. La buena deontología necesita entornos donde sea posible cuidar bien: plantillas adecuadas, formación, liderazgo clínico, protocolos útiles, espacios de deliberación y una cultura que no castigue la reflexión ética.

Para los profesionales, el reto ahora es evitar que el código quede reducido a una noticia corporativa. Debe entrar en las unidades, en las sesiones clínicas, en la formación de grado y posgrado, en los comités, en la gestión de casos, en los protocolos y en las conversaciones del equipo. Debe servir para hacerse preguntas concretas: ¿hemos informado bien?, ¿hemos respetado la intimidad?, ¿hemos registrado lo necesario?, ¿hemos actuado con evidencia?, ¿hemos abordado los riesgos?, ¿hemos escuchado a la persona?

La enfermería española dispone ahora de una brújula actualizada para una práctica compleja. Pero una brújula solo orienta si se consulta. El desafío no está únicamente en conocer el nuevo código, sino en llevarlo a la práctica diaria. Porque la ética profesional no vive en los documentos, sino en cada decisión clínica, en cada cuidado, en cada registro, en cada palabra y en cada silencio.

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