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Javier Manjón, psicólogo experto en salud mental: "Se pueden cambiar las emociones, pero ese cambio no suele ser directo"

"Las emociones no funcionan, generalmente, al margen de nuestra propia existencia; el modo de abordarlas tampoco debería hacerlo", afirma

Un nuevo estudio científico concluye que el uso de malas palabras, en contextos específicos, puede mejorar el rendimiento físico, reducir el dolor y ayudar a regular emociones.

Un nuevo estudio científico concluye que el uso de malas palabras, en contextos específicos, puede mejorar el rendimiento físico, reducir el dolor y ayudar a regular emociones. / Crédito: Unsplash/CC0 Public Domain.

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Javier Manjón González

La salud mental es un ámbito cada día más popular. Esto constituye un arma de doble filo. Por un lado, facilita una mayor comprensión y apoyo hacia las personas con problemas de salud mental. Por otro, puede hacer pensar a la gente que los problemas de salud mental son patologías muy específicas, compuestas de disfunciones claramente conocidas y que tienen remedios técnicos muy concretos, que los profesionales pueden aplicar en cada caso. Pueden llevar a pensar que hay una tecnología de salud mental lista para solucionar cada problema, y que los padecimientos de salud mental son disfunciones específicas y claramente delimitadas, que mejoraran con una intervención profesional sin que eso implique tocar el funcionamiento de otras áreas de la vida.

Cuando las personas tienen estas ideas, suelen frustrarse al encontrar que su salud mental suele tener que ver también con cómo les van las cosas, y que en muchas ocasiones precisan aplicar activamente cambios en su vida para que su salud mental mejore.

Efectivamente, puede haber disponibles técnicas o propuestas de tratamiento muy concretas, según el caso. Pero lo que generalmente encontramos es que, en todos los niveles de gravedad de un trastorno mental, desde la rehabilitación de los trastornos mas graves hasta el abordaje de los menos graves, con frecuencia el tratamiento implica cambios en nuestra forma de funcionar, en nuestro estilo de vida, en la relación de la persona consigo misma, con los demás, con lo que le pasa.

Eso lo ilustra, por ejemplo, el funcionamiento de las emociones. Con cierta frecuencia nos encontramos con personas que tienen emociones que no les gustan, y que buscan técnicas o fármacos que les permitan cambiarlas por otras más deseables. Sin embargo, las emociones en buena medida expresan cómo va nuestra relación con el mundo, con la vida. Nuestras emociones reflejan nuestros éxitos y los de nuestro entorno, pero también nuestros fracasos, incertidumbres, conflictos, contradicciones y dilemas.

Se pueden cambiar las emociones. Pero el cambio no suele ser directo, como si pudiéramos decidir qué emociones queremos tener a voluntad. El cambio emocional sucede, pero suele ser indirecto. Ciertas situaciones favorecen el aumento de emociones positivas. Esto sucede en situaciones de contacto y conexión social, de entrega a una tarea positiva que nos exige atención, de realización de una acción valiosa en la que encontramos sentido, de situaciones de buen trato y consideración, de disfrute, de solución de nuestros problemas y preocupaciones o de mejor convivencia con nuestras dificultades. Si ponemos eso en nuestra vida, favorecemos, indirectamente, el aumento de las emociones positivas. Pero las emociones son, en buena medida, señales de cómo nos va la vida.

Por eso, cambiar nuestras emociones suele requerir cambiar cómo nos van las cosas en algún grado. Las emociones no funcionan, generalmente, al margen de nuestra propia vida. El modo de abordarlas, habitualmente tampoco debería hacerlo. De modo análogo, la salud mental difícilmente se comporta como una parcela autónoma e independiente del resto de las cosas que nos pasan: antes bien, está en íntima conexión con nuestra forma de hacer y vivir en las múltiples facetas que componen nuestra existencia.

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