ENTREVISTA
Mireia Velasco, nutricionista: "La inflamación tiene muy mala fama, pero es necesaria para el cuerpo"
Mireia Velasco advierte que la inflamación crónica, a menudo silenciosa, se manifiesta con síntomas normalizados como cansancio o problemas digestivos

Mireria Velasco es especialista en nutrición integrativa y salud digestiva / Cedida

Nunca habíamos tenido tanta información sobre salud al alcance de la mano. Pero, sin embargo, nunca habíamos estado tan obsesionados con hacerlo todo “bien”: comer mejor, vivir mejor, rendir mejor. En medio de esta carrera de normas y restricciones, conceptos como la inflamación se han convertido en el nuevo "enemigo público".
Pero la inflamación no es, en sí misma, algo malo, explica la nutricionista Mireia Velasco, que vuelve con La inflamación no es la cuestión (Roca Editorial), después de Acaba con el SIBO. Se trata de una respuesta natural y necesaria del organismo para protegernos. El problema empieza cuando ese mecanismo de defensa se mantiene activado durante demasiado tiempo y se vuelve crónico.
¿Qué es realmente la inflamación y por qué no es siempre algo malo?
La inflamación tiene muy mala fama, pero en realidad es uno de los mecanismos más inteligentes y necesarios del cuerpo humano. Gracias a la inflamación podemos cicatrizar una herida, combatir una infección o reparar un tejido dañado. Es una respuesta de protección, un mecanismo de defensa del sistema inmunitario, una forma que tiene el organismo de decir: “aquí hay algo que necesita atención”.
El problema es que hoy solemos hablar de la inflamación como si fuera siempre algo negativo, cuando en condiciones normales es una respuesta puntual, adaptativa y resolutiva. El cuerpo se inflama, actúa y después apaga esa respuesta. Vamos, que sin inflamación, literalmente, no podríamos sobrevivir.
El conflicto aparece cuando dejamos de diferenciar entre una inflamación necesaria y adaptativa y procesos inflamatorios que se mantienen en el tiempo. Mantener la inflamación bajo control no significa eliminarla, sino permitir que cumpla su función protectora sin quedarse activada de forma constante. Demonizarla sin comprenderla solo nos aleja de entender qué está ocurriendo realmente en el organismo.
¿En qué momento pasa de un mecanismo útil a un proceso crónico?
La inflamación se vuelve problemática cuando los mecanismos naturales de resolución dejan de funcionar correctamente. Es decir, cuando el cuerpo activa la respuesta inflamatoria, pero no consigue apagarla una vez ha cumplido su función.
Entre las causas más habituales de esta inflamación persistente encontramos infecciones que permanecen activas de forma silenciosa, la exposición continuada a agentes irritantes, el exceso de tejido adiposo, el estrés mantenido en el tiempo, el consumo de tabaco, una alimentación con un perfil proinflamatorio o alteraciones del sistema inmunitario, como ocurre en las enfermedades autoinmunes.
En este contexto, el organismo permanece en una especie de estado de alerta constante. No suele tratarse de una inflamación intensa y evidente, sino de bajo grado, silenciosa, que no siempre duele, pero que va desgastando poco a poco los tejidos y los sistemas del cuerpo. El problema no es la inflamación en sí, sino la incapacidad de volver al equilibrio.
Porque la inflamación crónica rara vez se manifiesta con un síntoma único, claro y reconocible. Lo más habitual es que aparezca como una acumulación de pequeñas señales que se van integrando en la rutina diaria: cansancio persistente, molestias musculares o articulares, digestiones pesadas, migrañas, dificultad para concentrarse, cambios de humor, alteraciones del sueño, piel más sensible o esa sensación de “niebla mental” que muchas personas describen.
No es algo que incapacite de un día para otro, sino un proceso lento que va restando energía, claridad mental y bienestar general. Con el tiempo, estos síntomas se normalizan y se atribuyen a la edad, al trabajo o al ritmo de vida, cuando en realidad el cuerpo está intentando adaptarse a una carga excesiva.
Eso sí, es importante no caer en el autodiagnóstico. Vivimos en una época en la que ponemos etiquetas con mucha rapidez. No todo cansancio, hinchazón o dolor de cabeza implica inflamación crónica. Existen, además, parámetros objetivos que pueden evaluarse mediante análisis de sangre y otras pruebas clínicas que ayudan a valorar si hay un proceso inflamatorio sostenido. Por eso es fundamental mirar el conjunto de hábitos diarios: cómo duerme, cómo se alimenta, qué nivel de estrés mantiene, cómo se mueve, cómo descansa y qué relación tiene con su propio cuerpo. La inflamación no se entiende desde un síntoma aislado, sino desde una visión global.

La inflamación es una respuesta de protección, un mecanismo de defensa del sistema inmunitario / Cedida
¿Qué síntomas están normalizados y son realmente un problema?
Hay muchos síntomas que hoy se han integrado en la normalidad y que, sin embargo, no deberían mantenerse en el tiempo. Al cansancio persistente, la hinchazón abdominal diaria o el dolor articular se suman otros muy frecuentes como los dolores menstruales intensos, las reglas irregulares, el insomnio o los despertares nocturnos continuos, la sensación de no desconectar nunca mentalmente o tener la cabeza “en bucle” todo el día.
También vemos con mucha frecuencia déficits crónicos de vitaminas y minerales (como el hierro, la vitamina D o el magnesio) que se asumen como algo puntual, cuando en realidad suelen ser la consecuencia de un desequilibrio más profundo.
El problema es que, al no aparecer de forma brusca o alarmante, estos síntomas se normalizan: “siempre he tenido reglas dolorosas”, “yo duermo mal desde hace años”, “mi mente nunca para”. Cuando estas señales se cronifican, no hablan de falta de fuerza de voluntad, sino de que algo necesita ser revisado.
Niebla mental, cansancio crónico, dolor articular... ¿todo está relacionado?
En muchos casos, sí. Cada vez entendemos mejor que estos síntomas no suelen ir por separado. La hiperpermeabilidad intestinal, por ejemplo, es una alteración en la barrera del intestino que permite el paso de sustancias que no deberían atravesarla, activando al sistema inmunitario de forma constante. Esto puede traducirse no solo en problemas digestivos, sino también en cansancio, dolor articular, alteraciones del estado de ánimo o dificultad para concentrarse.
A esto se suma el concepto de neuroinflamación: cuando la inflamación alcanza al sistema nervioso, aparecen síntomas como la niebla mental, la fatiga mental, la hipersensibilidad al estrés, la irritabilidad o la sensación de estar sobrepasado incluso sin una causa clara.
Todo esto está interconectado. Intestino, sistema inmunitario y cerebro funcionan como un engranaje, por eso muchas personas sienten que “todo les pasa a la vez”. No es casualidad, es una respuesta global del organismo a un estado de desequilibrio mantenido.
¿Hay alguna receta ‘mágica’ para desinflamarse y qué errores se cometen?
Vivimos en la era de la inmediatez. Queremos sentirnos mejor ya, con resultados rápidos y, si es posible, sin demasiado esfuerzo. Cuando alguien se encuentra mal, es lógico buscar alivio cuanto antes, pero ese deseo de rapidez suele empujarnos a mirar más hacia fuera que hacia dentro.
Nos convencen de soluciones rápidas incluso cuando, en el fondo, sabemos que rara vez funcionan a largo plazo. Seguimos la última moda, el consejo viral o la promesa de turno, y nos desconectamos de lo que realmente sentimos o necesitamos. Abordar la inflamación de verdad suele implicar parar, bajar el ruido externo, mirarse y escucharse. Y eso no siempre es cómodo.
El riesgo de este enfoque es acabar atrapados en prohibiciones, listas de alimentos “buenos” y “malos” y promesas poco realistas. Todo ello genera más ansiedad, más rigidez y una peor relación con la comida y con el cuerpo. Y, paradójicamente, lejos de reducir la inflamación, muchas veces la mantiene o incluso la agrava.
¿El problema está muchas veces en el intestino? ¿Qué papel juega la microbiota?
El intestino tiene un papel central, pero no aislado. Hoy sabemos que existe un eje intestino–microbiota–cerebro que conecta la salud digestiva con el sistema inmunitario y el sistema nervioso. Cuando la microbiota está alterada o existe una permeabilidad intestinal aumentada, el organismo entra en un estado de alerta constante.
Esto no solo se traduce en síntomas digestivos, sino también en ansiedad, fatiga, cambios de humor, dificultad para concentrarse o inflamación sistémica. El intestino no funciona solo como un órgano digestivo, sino como un auténtico centro regulador.
Por eso no tiene sentido “arreglar el intestino” sin mirar el estilo de vida completo. El estrés, el descanso, el movimiento, la alimentación y el estado emocional influyen directamente en la microbiota. El intestino suele ser el reflejo de cómo estamos viviendo.
¿Es posible comer “perfecto” y seguir inflamado?
Sí, y es más común de lo que parece. Aquí aparece el doble filo del llamado “comer perfecto”. ¿Qué es exactamente una dieta perfecta? No existe una única respuesta. Hay una base común, sí, pero a partir de ahí hay tantas formas de comer bien como personas en el mundo.
El problema surge cuando intentamos encajar en un modelo rígido que no se adapta a nuestras necesidades, nuestro contexto o nuestro momento vital. Comer “perfecto” puede generar una presión constante, una sensación de vigilancia continua y una desconexión de las propias señales internas.
A veces creemos que lo estamos haciendo todo bien y que deberíamos sentirnos bien, cuando en realidad ese perfeccionismo va en contra de lo que necesitamos. La salud no se construye desde la rigidez, sino desde la adaptación. Y eso también es desinflamar.
¿Qué opinas del miedo actual a determinados alimentos?
Es preocupante. Gran parte de este miedo está alimentado por cuentas de redes sociales y por empresas cuyo objetivo principal no es la salud, sino vender. Primero generan la alarma (“esto inflama y te hace daño”) para después ofrecerte su solución.
El resultado es que encontramos personas con auténtico pánico a comer un yogur, un trozo de pan o una cucharada de miel. Comer se convierte en una fuente de ansiedad en lugar de nutrición y placer.
Este miedo constante activa el estrés, y el estrés sostenido es inflamatorio. No se trata de negar que algunos alimentos puedan sentar peor a ciertas personas, sino de devolver el contexto, el criterio y la calma. Comer con miedo nunca es saludable.
Sobre tus pacientes, ¿qué patrones se repiten más? ¿Qué tipo de personas llegan más tarde de lo que deberían a consulta?
Hay muchos patrones que se repiten. Personas que han pasado por numerosos profesionales, que mejoran al inicio, pero a medio o largo plazo vuelven al punto de partida. Personas muy autoexigentes, perfeccionistas, que han sostenido durante años el malestar porque “podían con todo”.
También están quienes cuidan de todos menos de sí mismos, quienes normalizan el cansancio y el dolor, o quienes llegan buscando el suplemento o la solución puntual sin querer hacer cambios reales.
El punto común de todos ellos es el mismo: nadie se ha detenido a escucharse de verdad. Nadie ha bajado el volumen del ruido externo para atender lo que el cuerpo lleva tiempo pidiendo.
¿Qué cambios pueden notar quienes pongan en práctica tus consejos?
Más allá de mejoras físicas (menos dolor, más energía, mejor descanso o digestiones más ligeras), el cambio más importante suele ser interno. Las personas se sienten más empoderadas, entienden mejor su cuerpo y reducen la frustración de haber probado dieta tras dieta sin resultados duraderos.
Descubren que no todo depende de la comida y que hay muchos otros pilares con los que pueden jugar: el descanso, el manejo del estrés, el movimiento, los ritmos, la relación con el propio cuerpo.
Eso permite sentirse mejor no solo físicamente, sino también mental y emocionalmente. Pasar de la lucha constante a la comprensión suele ser, en sí mismo, profundamente desinflamatorio.
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