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El matrimonio que salió del mercado de los martes de la Pola y otras historias de la plaza

José Antonio Fernández, de 72 años, sigue la tradición de su familia de acudir a vender los productos de su huerta y se turna con su mujer cada semana

José Antonio Fernández, mostrando el carné de vendedora de su mujer, ayer, en el mercado poleso. | Inés Gago

José Antonio Fernández, mostrando el carné de vendedora de su mujer, ayer, en el mercado poleso. | Inés Gago

José Antonio Fernández tiene el carné de vendedora de su esposa, Ángeles Noval, en la mano. Lo acaba sacar del bolso azul que lleva cruzado, y lo muestra: “Mira, mira. Desde el año 1991. Aunque nosotros ya vendíamos antes de que se hicieran carnés”, afirma. Antes incluso de conocerse y casarse, cada uno por su cuenta, con sus respectivas familias. Y, después de todo ese tiempo y varios cambios de ubicación, allí siguen, en el mercado de los martes. El papel del carné está ajado y el plástico que lo recubre roto: el tiempo también ha hecho mella en ellos.

José Antonio tiene 72 años, nació en Celles y se crió, como quien dice, en el mercado. Su madre, Rosario Hevia, también le llevaba a vender cuando era niño. Cuenta que al principio estaban en la plaza Cabo Noval, sin orden ni concierto. La gente se ponía ahí, apilada, y vendía lo que podía. Eran muchos más los que bajaban de los pueblos y localidades a probar suerte a la Pola.

Precisamente en el mercado fue donde conoció a la que luego sería su esposa, aunque también estaba por más sitios. “Yo la veía por ahí, que también estaba vendiendo”, reconoce , sin ahondar en demasiados detalles. Fue hace mucho, dice. Patates, sobre todo, patates vendía ella, añade el vendedor de ojos azules.

Ahora viven en Muncó (Vega de Poja) y se turnan para ir: un martes él y otro ella. Lo llevan haciendo parecido toda la vida: cuando tenían más iban con más y las veces que tenían menos, pues iban tirando. Antes se vendía mucho mejor: “No había supermercados y no podías conseguir todo a diario. Venían de Gijón y de Oviedo y traían lo que hiciera falta”, cuenta José Antonio Fernández. Era una rareza que hubiera frutas y verduras que no fueran de temporada, comenta.

Es martes y Fernández reposa con lo poco que le queda de hortalizas a sus pies a la una de la tarde. Está sentado en la repisa de una ventana cuyo escaparate tiene flores. Su silla ya está guardada y de su cachaba solo se ve el final porque el resto se esconde detrás de su espalda: “Aquí nos cuidan poco. Yo voy a Villaviciosa y veo que les han puesto unos bancos y que están los zabarceros dentro”. Pero ahí va a mirar, que vender solo lo hace en el mercado de los martes de Pola, como toda su vida.

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