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El roble poleso se vuelve a quedar sin plantar por San Pedro, en la plaza de Les Campes

La Pola suspende de nuevo la tradición de levantar el árbol de los casados en la festividad: “Volveremos”, asegura Enrique Meoro

Enrique Meoro, ayer en Les Campes, en Pola de Siero, donde debería plantarse el roble. | I. Gago

Enrique Meoro, ayer en Les Campes, en Pola de Siero, donde debería plantarse el roble. | I. Gago

Desde que llegó a la Pola, Enrique Meoro (Oviedo, 1949) siempre perteneció al bando de los “casaos”. El presidente de “Amigos del Roble” desde el año 2005, encargado de revitalizar una tradición que se cree que proviene de los celtas, la de llevar en la noche de San Pedro un ejemplar de roble a la plaza de Les Campes, siempre perteneció a ese bando porque, precisamente, por eso vino a Siero: a casarse con una polesa. Este año, al igual que el anterior, la festividad que se celebra en la medianoche del día de San Pedro se quedará en suspenso. Pero el que viene, Meoro está convencido que “volverán por todo lo alto”.

Los “Amigos del Roble” nacieron en la sidrería de “Manolo Jalín”, pero la tradición del árbol es ancestral, tanto para los casados como para los solteros. Estos últimos, de hecho, llevan por San Juan un álamo a la plaza de Les Campes y les dejan “puyas” escritas a los casaos. Casi una semana más tarde, por San Pedro, estos les responden, pero a ellos les toca llevar el roble, “que es más robusto y sensato, no como el álamo, esbelto, espigao”, bromea Meoro.

En su caso, siempre estuvo en el bando de los casaos tras conocer a Ana Rosa Cosío. La historia se remonta a un día que salió de su puesto de trabajo como celador para tomar algo con un amigo en el “Samoa”, en el Berrón. “Vimos a dos chavalas y que el bar estaba cerrando. Les pedimos bailar las dos últimas piezas. Yo escogí a la que luego sería mi mujer”, cuenta con humor. Y eso que ella le dio el teléfono, pero él lo perdió. A los dos años, haciendo limpieza en su cuarto apareció un papel sucio con un número escrito. Se acordó de quien era y la llamó. Ese mismo sábado quedaron. Y así, entre ir al “Lóriga” y a Les Comadres, se enamoró de la vida en Pola y de una polesa. Entró en el bando de los casaos, de cabeza, sin nunca haber llevado “al llombu” un álamo.

“Me gusta la forma de vivir de los de Siero y todas las tradiciones que tienen, lo importante es que no se pierdan”, relata. Por eso, por muchas “puyas” y “sampedraes” que haya, están deseando poder retomar la fiesta.

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