-En el gallinero toy en Langreo, pero mi casa es de Noreña.

La casa de Angelita Suero tiene incrustado un cartel donde se lee “La Pasera de Noreña”. La carretera, que no se construyó hace tanto, dice Angelita, divide el pueblo en tres: la casa rosa que está al norte es de Siero, la amarilla en el centro de Noreña y el gallinero, y toda la zona sur pertenece al concejo de Langreo. Y ella es de Noreña, pero va al médico en el Valle del Nalón. Antes no era así; antes casi todo era de un sitio solo, estaba el camino sin pavimentar –que lo arregló su Ayuntamiento, recalca Angelita- y había mucha más gente.

De Noreña son tres, dice Angelita: ella, su marido Vicente Noriega y su hermano. En la casa rosa, la de Siero, había una señora pero murió, y ahora, a veces van sus nietos. Ahora mismo está ocupada: fuera tiene la ropa tendida. Luego, más abajo, ya en Langreo, hay otras tres viviendas con moradores. Y poco más. Ocho personas dice que tiene la parroquia de Santa Marina donde se enclava La Pasera, según la Sociedad Asturiana de Estudios Económicos e Industriales (Sadei); siete La Paerna, la zona de Langreo y en la Ricavá, de Siero, no queda ningún habitante.

Angelita Sueros no siempre vivió en La Pasera. Está en su finca, que tiene una verja con una lona agujerada, con un gallinero de fondo, y de frente, una caseta con aperos de labranza. A su alrededor, las gallinas corren en libertad. Ella se protege del orbayo con una gorra roja gastada de Caja Rural, y katiuskas. Debajo del abrigo se le distingue el delantal. Nació en el año 1942 en Gamoneo de Onís, y luego se mudó a Amieva. A su marido lo conoció por carta. Vicente Noriega es vallisoletano, aunque se fue a trabajar a Holanda muy joven. Desde ahí, le mandó la primera misiva a Angelita, que la conocía porque tenían amigos en común. 

Angelita Suero junto a su marido, Vicente Noriega, en la puerta de su casa. I. G.

“En la primera foto que me envió, me pareció muy feo y dije que no le iba a responder más”, ríe tímida Angelita. Pero se acabaron casando: “Yo estaba muy nerviosa. Me estudie los Evangelios porque me los iba a preguntar Don Alejo”, rememora. Y recuerda que dieron un paseo en madreñas y que de lo que se había aprendido, no le preguntó nada. Solo le hizo un chiste y les dejó celebrar la boda. Y después, por amor, Angelita se marchó con Vicente a Holanda, sin tener ni idea de inglés: “Entré a trabajar allí en una casa. Nos entendíamos por signos”.

Luego, trabajó en una clínica veterinaria, y en el 1968 nació su primer hijo, Vicente,  que mandaron para Asturias con sus padres porque pensaron que iba a ser más feliz: “Era duro cuando veníamos, porque no nos conocía”, confiesa Angelita, envolviendo su tono en un halo de seriedad y tristeza. Cuatro años más tarde, vino su segunda hija, Estefanía – “por Estefanía de Mónaco”- , y decidieron regresar a España, en el 1973, por no tener a los hermanos separados. Compraron vacas lecheras para ir tirando y fincas en La Pasera porque ya se habían mudado para ahí su hermano y sus padres. “La vida de ganadero es muy dura, hija, muy dura”: los días que iban al mercado y no vendían nada, el invierno, trabajar sin descanso, limpiar la cuadra dos veces al día y todo lo demás. 

Cuando les pidieron un refrigerador para la leche, decidieron que era mucha inversión para lo que les quedaba y se jubilaron. Vendieron las vacas y reconvirtieron la cuadra en un almacén. Siguen con les pites para su propio consumo. Vencen a la soledad con las visitas de sus hijos y el ruido de la tele: ella, en la de la cocina, se pone series turcas mientras que él, en la salita, prefiere los deportes. “Antes de la pandemia, bajábamos a hacer la compra. Ahora ni eso”. Solo le sobreviene la nostalgia al acordarse de Holanda; eran otros tiempos y nunca volvió de visita. El cielo parece acompañar la historia de Angelita. El cielo está gris y llueve, pero ella, una de las tres habitantes del lugar más recóndito de Noreña, cruce de caminos con Siero y Langreo, con una sonrisa afable, parece tener luz propia. Allí siguen, en La Pasera.