Una mujer rubia y sonriente con una bolsa de la compra recibe saludos de todos con cuantos se cruza. Llega con producto para su céntrica cafetería de Lugones, localidad a la que llama “el Manhattan de los pueblos”. Es Lola Feito, natural de Salas, que lleva regentando su establecimiento hostelero, el café Bulevar, desde hace 23 años. Dos décadas levantándose “a las cinco y media de la madrugada, siempre con una sonrisa”. Es su filosofía de vida, el optimismo, dice que así “se es mucho más feliz”. 

Nació en Salas hace 51 años y se crió en el bar tienda del pueblo, que era de su familia. No tardó demasiado en mudarse. Con 16 años “empacó” todo con destino Oviedo, a trabajar, y a los 19 inició su trayecto profesional en la hostelería: “Anduve en varios bares, incluso en Gascona”, relata. 

Poco después llegaría a Lugones, “a trabajar en la cafetería Principado”. De aquella, “Lugones ya estaba empezando a crecer mucho, aunque bares no había ni la mitad”. En ese contexto, junto a su marido José Villanueva, montó el café Bulevar, un pequeño establecimiento que se convertiría en pilar esencial de su vida y de los desayunos en la localidad. 

“Quería tener algo mío, ser mi propia jefa y la cafetería es algo que siempre me ha gustado”, relata haciendo memoria y echando la vista atrás.

Los cambios que se están produciendo en Lugones le parecen muy favorables, “llegando cada vez más vecinos” y máxime cuando “se mantiene ese trato familiar, todos se saludan y los nuevos se sienten acogidos”. Enamorada de la localidad y de su clientela, ya ha servido a varias generaciones de lugonenses, algo que lleva con orgullo y por lo que se sienten muy agradecida: “Son espectaculares, te alegran el día a día. Hay mucha gente fiel, que viene cada día a dos cafés y también los hay nuevos que se van incorporando”. 

Gracias a ellos, a la fidelidad de sus clientes, han salido adelante tras la durísima pandemia del coronavirus y el golpe que sus consecuencias supusieron para la hostelería en general y para ellos en particular. 

“Fue un momento francamente complicado. En cuanto pudimos reabrir me acuerdo de servir desayunos en el exterior en pleno invierno. La gente venía abrigadísima. No les podría estar más agradecida”, resume la hostelera. En el tiempo que le lleva contar su historia, saluda al menos a una decena de personas. 

Su equipo, compuesto por tres personas que llevan con ella “bastantes años” hace que todo siga funcionando en ese pequeño receso de su trabajo. Ellos también sonríen, se les contagia a los clientes y cada café sabe mejor. Es el escenario de serie de la vida en Lugones, que bien podría grabarse en el bullicio familiar de una cafetería entrañable, en el “Manhattan de los pueblos”.