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Sesenta años de balón y Valdesoto de testigo

Las leyendas del club de fútbol sierense se reúnen para celebrar el 60.º aniversario de la entidad y la publicación del libro sobre su historia

Exjugadores del Valdesoto, ayer, en la foto de familia por el acto de aniversario que se celebró en el palacio de Valdesoto.

Exjugadores del Valdesoto, ayer, en la foto de familia por el acto de aniversario que se celebró en el palacio de Valdesoto. Andrés Illescas

Chamasca le metió un gol en Madrid al equipo de Amancio, interior al que se parecía. A Literio se le aparecen en sueños Balaidos, Riazor o San Mamés, grandes estadios en los que jugó. Vallina aún se escaquea de presionar cuando le quitan la pelota. Y Núñez sigue saboreando la primera parada que hizo al volver de la mili en el Sáhara. Todos son nombres o sobrenombres de jugadores del Valdesoto que se incluyen en un libro recién publicado. Lleva por título “Leyendas del Valdesoto Club de Fútbol y algo más” y sus protagonistas se encontraron ayer en una emotiva jornada.

Su relato encantará a los futboleros y a los sierenses, pero también a los amantes de las anécdotas, porque sesenta años dándole al balón dan para mucho y de ello fue testigo el palacio de Valdesoto en el que las glorias del club se reunieron para celebrar seis décadas de historia de la entidad. El más veterano del encuentro es Chamasca. “Le llaman así porque era un bala”, dice un compañero. “Ya se están metiendo conmigo”, se queja él. Pero la realidad es que, a Emilio Carlos Gutiérrez, su nombre de verdad, todos le adoran. Llega a la comida del aniversario en silla de ruedas, entre un aplauso y con mucho apetito.

A los 15 años empezó a jugar en Valdesoto, en el medio del campo del equipo juvenil. No tardó en partir al Langreo, club que pagó “un dinero y cuatro jugadores” a cambio de su pase. Ya por entonces valía por cuatro, era muy bueno.

Jugó en Segunda División, pero, técnicamente no llegó a contar con un contrato profesional. Eso sí, conoció a su ídolo y referente futbolístico, Amancio Amaro Varela. Se enfrentó a él en campos de la capital de España y, “aunque perdimos 8-1, metí yo el gol”.

Quién no se consuela, es porque no quiere y Chamasca es de los de sonrisa fácil. La versión más socarrona de ella le sale automática cuando se acuerda del día antes de un partido contra el Rayo Vallecano: “Nos tuvieron hasta las once y media dando vueltas por Madrid y luego nos metieron en el hotel. Salimos mi compañero y yo a la hora y media y pasamos una noche memorable en la calle de la Ballesta. Vosotros sois muy jóvenes para saber lo que había ahí”, ríe, pelo cano, sol en la cara y sentado.

Prácticamente de su quinta es Literio. Su documento nacional de identidad dice Eleuterio Álvarez, natural de Valdesoto y, por poco, no pone portero. “De aquella Valdesoto era lo que es hoy. La diferencia es que no teníamos otra distracción. Cierto, había cine y baile, pero a la Pola solo íbamos por el colegio”.

Ese fue el caldo de cultivo del equipo juvenil, que engendraría las mayores glorias de la primera plantilla en años futuros. Eran los años 70 y los niños se dedicaban a pegar patadas al balón en el campo y maduraban echando unas sidras con el entrenador.

Arriba, un momento previo a la comida de aniversario. Debajo, los comensales, ya sentados a la mesa. | Andrés Illescas

Lo vivió Literio en su máximo esplendor. El empezó allí, con 15, le tentó el Oviedo, también el Langreo y casi juega en la selección asturiana, cuya portería guardaba por entonces Chusi Castro, el malogrado hermano de “El Brujo”, Enrique Castro Quini.

Hasta los diecinueve se desempeñó con la casaca blaugrana del Valdesoto. Decidió casarse joven, “y la cuestión económica era importante”. Entonces, optó por fichar “por el Hunosa, que pagaba bastante más, en aquella época”. Luego fue al servicio militar y cuando regresó, siguió jugando hasta los 27. Ya con dos hijos, se dedicó a conducir autobuses y acabó teniendo responsabilidad en Alsa.

Ahora reside en la Pola. Allí, vive y duerme tranquilo. Sin embargo, por el día, se le vienen a la cabeza “los errores cometidos que, de subsanar, me podían haber permitido jugar más años”. De noche, sueña con las paradas que hizo en estadios de Primera División, “en Balaidos, San Mamés o Riazor”.

El que no se lamenta es Vallina, de nombre Ramón. Otro veterano, el delantero, que se dedicó a perforar las redes rivales desde 1973. Por entonces, “íbamos a jugar en autobús y gratis, no como ahora que se paga”. Venía del Siero y reconoce que para el pueblo fue “una revolución” poder contar con un equipo propio. Allí fueron todos los chavales.

Sesenta años de balón y Valdesoto de testigo

Era un juego distinto al de ahora. “No había ni amarillas, ni rojas y se insultaba a la cara al árbitro”. Él, como capitán, tenía la potestad de protestar las circunstancias de juego, pero, aún hoy, sus antiguos compañeros le abroncan: “Me echan en cara que solo protestaba cuando me hacían las faltas a mí”.

Reconoce que le gustaba escaquearse, que no corría mucho. “A ver, goles metía, pero luego, si me la quitaban, no te creas que corría mucho para recuperarla”, reconoce riéndose del pasado.

Aunque no sale en el libro, también celebra los 60 años del Valdesoto un gijonés, otro portero. José Ramón Núñez venía del por entonces Sáhara español. Allí hizo la mili. Al volver, se encontró defendiendo el marco del Valdesoto. Su trayectoria había comenzado en el Inter de Tremañes y por poco le lleva al Sporting. “No acabó de cuajar”. Tras disparar al aire en territorios de ultramar, detuvo los tiros hacia la portería del club sierense durante un año. Luego se iría al Avilés, volvería al Valdesoto y terminaría su trayectoria deportiva en Lugones.

Lo que pasó después fue materia sensible de conversación en la comida celebrada ayer. Un acto emotivo, con un claro sentido de reencuentro. Estuvieron los viejos, los intermedios y los jóvenes. También la plantilla actual y una mesa de políticos. Estos, en la parte delantera. Mientras, al fondo, hombres con más de seis décadas a las espaldas, con más o menos canas, unos cojeando, otros en silla de ruedas y algunos en perfectas facultades, volvieron a parar la pelota imposible, a hacer el pase decisivo y a meter un gol por la escuadra, gracias al recuerdo y con Valdesoto de testigo.

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