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El chigrero que lleva seis vidas salvadas por atragantamiento

El hostelero Pedro Hevia y la médica del SAMU Marta Nonide relatan sus experiencias cuando una persona se atraganta: “Son más frecuentes de lo que se cree y es decisiva la rapidez"

Una maniobra de reanimación simulada por una experta. Miki López

Lo primero que hace una persona cuando se atraganta es llevarse las manos al cuello, de forma instintiva. Luego, empieza a cambiar de color y ponerse negra. Y, sin decir nada, con el conducto del aire obstruido, se ahoga en cuestión de minutos. Tres o cuatro como máximo. Este tipo de muertes “es más común de lo que se piensa, y, si la gente sabe actuar, es probable que salga bien”, explica la médica gijonesa de la UVI Móvil del SAMU Marta Nonide.

En España, los últimos datos disponibles determinan que es la tercera causa de muerte no natural, después de los suicidios y las caídas accidentales, y por delante incluso de los accidentes de tráfico. El pasado año, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), fallecieron solo en Asturias por esta causa un total de 39 personas.

“A lo largo de 27 años, en una parrilla, te enfrentas alguna vez a este tipo de situaciones porque hay mucha gente que come carne. Yo veo a un señor mayor con un chuletón y ya me empiezo a poner nervioso”, cuenta Pedro Hevia, quien regenta un famoso chigre de Pola de Siero. No recuerda la primera vez que tuvo que enfrentarse a esta situación, pero ha llegado a salvar a un total de seis personas, incluyendo su propia hija. “Lo importante es no quedarse parado y actuar rápido”, relata. Con “mucha sangre fría”. Porque lo contrario, asegura, significa la muerte para la otra persona.

Él no es médico, ni cursó estudios de medicina. Tenía un libro sobre ello de su abuelo, que tampoco fue doctor, “pero siempre le preocupó mucho la salud”. Allí leyó lo que tenía que hacerse en estos casos, aunque la primera vez que se enfrentó a una situación así ni lo pensó: actuó. “Lo ideal sería formarse previamente, aunque lo importante es intentarlo siempre. De la otra forma, la batalla ya está perdida”, asevera Nonide. Y, sin saber que era la recomendación de un médico, de manera intuitiva, Hevia actuó con la máxima celeridad.

“Recuerdo un cliente que fue al baño y no volvía. Su compañero empezó a preguntar por él, extrañado. Cuando llegamos, ya estaba tendido en el suelo, y estaba negro. No dudé. Le cogí por la espalda, con mucha fuerza, para que lo expulsara. Es muy difícil sacarlo. Tiene que intentar respirar a toda costa, pero se pasa muy mal”, relata Hevia.

Lo que él hace es colocar los nudillos en la boca del estómago, ejerciendo presión, y doblando la persona hacia delante. En las personas mayores, es clave que no tengan la dentadura postiza, por si se la tragan. Y, si eso no funciona, boca abajo hasta que lo expulse: “Mi madre también lo hacía con nosotros, cuando éramos unos críos. No dudaba en echarnos las manos a la espalda”.

Hevia: “Un cliente fue al baño y no salía; cuando llegamos, estaba negro”

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Lo que recomienda la doctora Nonide no está muy lejos de eso. Pueden darse varias situaciones. Por un lado, si la persona está consciente, y puede, debe toser. Cuando eso no funciona, deben combinarse cinco compresiones abdominales en la boca del estómago (similar a lo que realiza Hevia) con cinco golpes interescapulares (entre los dos omóplatos). “Se debe actuar lo más rápido posible. Si hay dos personas, una debe llamar al 112 mientras la otra hace las maniobras. Pero, cuando solo hay una, lo más importante salvar al que se está ahogando”, cuenta. Porque, a no ser que el suceso ocurra frente a un centro de salud o haya una unidad muy cerca, el tiempo que tarda una persona en asfixiarse es muy breve. Si, en ciudad, una ambulancia tarda en torno a ocho minutos, la muerte llega al minuto y medio o un poco más.

A Hevia, también le ocurrió en su propia casa, con su cuñado. Y, en el trabajo, con su hija. Estaban en una reunión, y ella “comenzó a ponerse negra”. Por lo visto, había comido una patata frita minutos antes y no se lo había dicho a nadie. Pero su padre, al verla, como había vivido ese tipo de situaciones más veces, reaccionó. “Nunca se lo había contado a nadie. Lo pasé muy mal, pero yo sabía que eso tenía que salir de ahí”, relata. Lo siguiente a eso es el desmayo. Y, finalmente, la muerte.

Nonide: “La mayor parte de las muertes que se producen son evitables”

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Cuando se pierde la consciencia, entonces, hay que evitar que deje de llegar riego sanguíneo al cerebro. Eso se hace iniciando la maniobra RCP (reanimación cardiopulmonar) y con ventilaciones alternas. Y aquí, cuando solo hay una persona, es imprescindible que llame a los servicios de emergencia. “Cuando falta el oxígeno, el corazón se para. Hay que evitarlo a toda costa”, asevera Nonide. Y recalca: lo importante es actuar rápido. Es la única forma de que la persona tenga posibilidades de salvarse. En ocasiones, al hacer estas maniobras, el cuerpo expulsa el objeto extraño que ha generado la asfixia. Y la persona está salvada.

Nonide y Hevia no se conocen. Profesiones distintas –una médica y un chigrero- y, sin embargo, ambos coinciden en dos aseveraciones básicas: que se debe actuar rápido y con cabeza, y que hace falta educación en las escuelas para prevenir este tipo de situaciones. “La mayor parte de las que se producen son muertes evitables. Alguna vez sale mal, pero por lo menos hay alguna posibilidad de que la persona sobreviva. Si no se hace nada, las probabilidades son cero”, señala la médica. “El cursillo tendría que hacerse ya en la escuela”, concluye Hevia, convencido. En su caso, y en el de las seis personas a las que ha salvado la vida, tuvo la suerte de que su abuelo hubiera comprado en su día aquellos libros.  

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