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La Nueva España de Siero

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El caballo de mi abuelo

Un delicado recuerdo de Venecia convertido en tradición familiar

Esta semana vamos a ir de tema libre, que hace mucho que no tocaba y ya me apetecía. Voy a contar una historia que recordé estos días, después cuento por qué. Y no, no va de animales, aunque lo parezca por el título. Allá va:

De aquella tendría yo unos diez u once años, por ahí, década de los setenta. Tuve la ocasión de hacer un viaje por Italia con un grupo de una parroquia de Madrid, en autobús, de esos viajes del tipo “si hoy es martes esto es Bélgica”; y allá que fuimos. La cuestión es que el día antes de salir, mi abuelo José María me pidió que ya que íbamos a ir un día a Venecia, si me acordaba y podía le trajera un caballo pequeño de cristal de Murano, esa isla veneciana famosa por su tradición vidriera. Y me insistió en ello. Pues vale, pensé yo, vaya tontería de encargo; no entendía bien aquella especie de capricho, pero si podía intentaría cumplirlo.

Y así fue la cosa, llegamos un día a Venecia y, efectivamente, recuerdo que había muchas tiendecitas con piezas hechas de cristal y, entre ellas, pequeños caballos. Pues nada, me acordé de mi abuelo y compré una de aquellas piezas, que además era muy barata. Y vaya que si desde ese momento me acordé de mi abuelo y de su capricho. Partamos de la base de que un caballo de cristal es una pieza tipo tubo con seis pequeños apéndices: las cuatro patas, la cola y la cabeza. Vamos, que se rompe solo con mirarlo. Pues eso, que a partir de comprarlo, ya fue una dedicación constante aquel capricho de mi abuelo para que no se me rompiera y tratar de llevárselo sano y salvo. Ya me podía haber encargado un cenicero, pero no.

Así fue la cosa; volvimos a Madrid y, ya en casa de mis abuelos, saqué de su envoltorio aquel pequeño caballo de cristal. Recuerdo que mi abuelo, cuando lo vio, solo dijo: “Pues sí, llegó entero.” Como para no llegar, con la guerra que me dio aquel caballo.

Bastantes años más tarde, mi hija mayor me dijo un día que iba a hacer con unas amigas un viaje por Italia y que también iban a pasar por Venecia. Me acordé de mi abuelo. ¿Saben lo que le pedí que me trajera? Pues sí, un caballito de cristal. Y a la vuelta de aquel viaje allá que me lo trajo también enterito: un pequeño caballo blanco. Y un reproche: “Desde que lo compré no sabes las veces que me acordé de ti y de tu caprichito, cada vez que hacía la maleta, cada vez que salíamos y entrábamos en un hotel, y en el autobús, y en el avión, yo pendiente de tu caballito.” Pero llegó entero.

Otros cuantos años más tarde, fue mi segunda hija la que fue a Italia de viaje de estudios. Y yo, el mismo encargo. Y otra vez llegó entero, esta vez de color verde. Y los mismos reproches, que no me imaginaba la cantidad de veces que se había acordado de mí desde que compró el caballito, que me decía.

He vuelto a recordar esta historia porque hace unos días me dijo mi hija pequeña que este verano va a ir unos días a Italia con las amigas. ¿Adivinan qué le voy a pedir que me traiga? Espero que también llegue entero, que en cuanto a que se va a acordar de mí ya lo tengo seguro.

Lo aprendí de mi abuelo.

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