Luchi dice adiós a las aulas del colegio de Faes después de 42 años: "Esta siempre ha sido mi casa"
La limpiadora del colegio se despide de su puesto de trabajo con el cariño y el aplauso de la comunidad educativa de la que ella misma fue alumna de niña

Luchi Colomina Estévez, ante el colegio de Faes / Luján Palacios

Luchi Colomina Estévez se jubiló el pasado lunes después de 42 años como limpiadora de las aulas del colegio de Faes, en Valdesoto. Y ayer, en cuanto los niños del centro la volvieron a ver para hacerse una foto, empezaron a empujarse para saludarle y para gritarle a pleno pulmón: “¡Vuelve, por favor!”. Pura sinceridad infantil para demostrarle su cariño y hacerle ver que una vida entera entre aulas y recreos dejan huella. El pasado jueves maestros y niños le dieron una gran sorpresa con una fiesta en la que no faltaron la música, los aplausos y los regalos, con alguna lágrima de propina. “No me lo esperaba para nada”, admite, encantada con el cariño recibido.
Vecina de Faes de toda la vida, Luchi podría decir que casi no ha salido del colegio, porque empezó a trabajar en él con apenas 24 años. Pero hay que remontarse a mucho antes en su relación con las aulas que tan bien conoce: “Ya vine aquí a la escuela de niña, cuando las aulas estaban separadas entre chicas y chicos con la casa del maestro en el medio. Y mis cuatro hijos también vinieron aquí a clase, y ahora mi nieto”, señala.

De hecho, ya acudía como madre a ayudar en la limpieza. “Antes veníamos una vez a la semana y era poco, porque había muchos críos. Entonces hacíamos grupos de madres y veníamos a poner orden a mitad de semana, sobre todo los baños y a barrer un poco”, explica. Aquella colaboración acabó profesionalizándose y convirtiéndose en su trabajo para toda la vida, con un periodo también en las escuelas de Leceñes hasta que cerraron.
“Si lo llevas al día es como limpiar tu casa”, comenta con naturalidad sobre su jornada tres horas y media, aunque muchas veces se alargaba. “Yo entraba a las dos y salía a las seis. A veces echaba media hora más, depende de cómo estuviera todo”, señala. Antes de Faes también pasó por el asilo de la Pola, con apenas 14 años, y después por la fábrica La Luz durante un breve periodo, hasta que recaló en el colegio. Allí encontró lo que define como “una segunda casa”. “Siempre vivimos muy bien aquí: profesores, niños, padres… Fue como una familia”, asegura.
Durante estas cuatro décadas vio transformarse el centro y el propio pueblo. “Cuando yo empecé esto era una escuela pequeña. Había un maestro para primero y segundo y otra maestra para párvulos, nada más”, recuerda. Con el tiempo se convirtió en un colegio completo, con clases hasta sexto de Primaria, y también cambió el número de alumnos. “Hubo una época en que bajó mucho y parecía que igual cerraba, pero luego volvió a crecer”, explica.
Cariño de los alumnos
A lo largo de los años pasaron por sus pasillos decenas de maestros y centenares de niños. Muchos de ellos, hoy adultos, todavía la reconocen cuando la ven. “El otro día una madre me decía: ‘Pero ¿todavía sigues aquí?’. Ella había estado en el colegio hace 26 años”, cuenta Luchi emocionada.
No en vano el reconocimiento de los alumnos ha sido una de las mayores recompensas del trabajo. “Son muy cariñosos. El otro día había uno que lloraba y me decía: ‘No marches, no marches’”, relata. Tuvo que tranquilizarlo explicándole que seguirá pasando por el centro cada día para llevar a su nieto, que ahora también estudia allí.
No siempre ha sido fácil. La pandemia de coronavirus fue uno de los momentos más intensos de su etapa laboral y durante aquel tiempo su jornada se dividía en mañana y tarde para desinfectar continuamente el centro. “Había que limpiar los baños cada vez que salían al recreo, mesas y todo. Fue la época de más trabajo”, rememora.
Ahora encara una nueva etapa tras entregar las llaves del colegio, un momento que reconoce que le produjo cierta emoción. “Me dio un poco de pena”, admite. Después de tantos años, todavía dice no tener del todo asumida la jubilación, pero aun así, afronta el cambio con serenidad. “Yo soy de las que se adapta rápido”, afirma. Y aunque el trabajo haya terminado, su presencia seguirá siendo habitual en el colegio de Faes.
Al fin y al cabo, como ella misma resume con sencillez, “después de tantos años, esto fue siempre como mi casa”.
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