La forja sidrera de Jonathan Trabanco, ganador del concurso del festival de Nava: "Para escanciar bien te tiene que gustar"
Soldador de profesión, se introdujo en el mundo de los culetes de la mano de su tía Loreto García y de las hermanas Ovín: "Tener a campeonas de Asturias enseñándote hay que saber aprovecharlo»

Jonathan Trabanco, escanciando en la sidrería de su madre. / José A. Ordóñez

Jonathan Trabanco nunca ha vivido de echar sidra. No trabaja detrás de una barra, ni pasa la jornada sirviendo culetes. Es soldador profesional y escancia porque le apasiona. Porque un día, de chaval, descubrió un mundo que acabó convirtiéndose en una forma de entender la cultura asturiana. Desde entonces, este poleso ha ido entrenando por su cuenta, sin más obligación que la de intentar hacerlo cada vez mejor. Esa constancia, alimentada durante más de dos décadas y sostenida por la afición, encontró la recompensa más codiciada: la victoria en el Concurso Internacional de Escanciadores del Festival de la Sidra de Nava, la prueba de mayor prestigio del circuito regional.
Trabanco llevaba veinte años persiguiendo ese triunfo. Había sido segundo en tres ocasiones y tercero otras tantas. Por eso, no comparte que algunos calificaran su victoria como una sorpresa. «Los diez o quince que estamos arriba podemos ganar cualquier concurso», afirma. Es más, recuerda que ya había subido varias veces al podio y que, cuando los mejores tienen el día, las diferencias apenas alcanzan unas décimas. «Necesitas hacerlo bien y tener una pizca de suerte», explica.
Estilo y medidas
En Nava, esa fortuna empezó a sonreírle desde el primer culete. La sidra elegida para la final era nueva para él. Conocía el lagar, pero nunca había escanciado aquella cosecha y desconocía cómo respondería. «Vi que la sidra caía perfecta. No se quería ir del vaso», detalla. Esa primera sensación le dio la tranquilidad necesaria. A la mejor puntuación en cuanto a estilo la acompañaron buenas medidas y tiempos, las tres claves que decidieron la clasificación final.
Detrás de ese triunfo hay muchas horas de entrenamiento. Jonathan insiste en que cada sidra es distinta y exige adaptar el escanciado. Unas necesitan un chorro más fino, otras más grueso. Algunas rompen mejor sobre el borde del vaso y otras tienden a escaparse. Ahí reside, precisamente, el trabajo del escanciador. «Hay que saber lo que la sidra te pide», señala. Por eso, rechaza que una máquina pueda sustituir ese conocimiento.
La relación de Jonathan Trabanco con los culetes comenzó cuando apenas tenía quince años. Fue entonces cuando su madre y su tía, la campeona y maestra escanciadora Loreto García, abrieron la sidrería El Madreñeru en la Pola. Poco después, su tía empezó a competir en el Campeonato de Asturias junto a las hermanas navetas Laura y Susana Ovín. Aquel ambiente despertó una curiosidad que acabaría marcando buena parte de su vida. «Me llamaba mucho la atención la sidra y la competición», recuerda. Empezó a practicar, simplemente, porque le gustaba. «Aprendí yo solo por mi cuenta», recuerda. Más adelante, perfeccionó la técnica junto a su tía y pasó un verano trabajando con las hermanas Ovín en su sidrería de Nava. Aquella experiencia, que llegó como un castigo de su madre por no haber estudiado lo suficiente, terminó convirtiéndose en una oportunidad irrepetible. «Tener a dos campeonas de Asturias enseñándote a escanciar hay que saber aprovecharlo», resalta con una sonrisa.
Referentes
Aquellos años también moldearon su forma de entender la competición. Jonathan Trabanco no mide a un escanciador únicamente por el número de títulos. Cuando habla de quienes marcaron su trayectoria aparecen tres nombres de manera inmediata: Pablo Costales, al que considera un referente absoluto por su técnica; Susana Ovín, cuyo estilo sitúa como el mejor entre las mujeres, y Wilson Aquiles, otro de los escanciadores a los que más admira. Los tres representan, a su juicio, una manera de competir basada tanto en la calidad como en los valores.
«El hecho de ganar o tener más títulos no te da para ser el mejor», sostiene. Para él cuentan el compañerismo, la humildad, el respeto a los rivales y el comportamiento sobre el escenario. «Hay escanciadores que saben comportarse en un escenario y otros que no», señala Jonathan. Por eso, reconoce que Costales, Ovín y Aquiles siguen siendo sus referentes. «Ojalá me pueda parecer a cualquiera de ellos», apunta con modestia.
Su filosofía del escanciado se resume en una frase: «Para echar bien la sidra, te tiene que gustar». Cree que la pasión está por encima de cualquier otra condición. Después, llega el entrenamiento. En una sidrería, explica, cada cliente sirve para perfeccionar el gesto. En su caso, sin embargo, la situación es distinta. Nunca ha trabajado profesionalmente en la hostelería. Entrena en la sidrería de su madre en la Pola («Los Portales de Jaminón») cuando se acerca un concurso y reconoce que esa circunstancia le coloca en cierta desventaja frente a rivales que escancian durante toda una jornada laboral y más allá.
Preparación intermitente
Cuando el calendario aprieta, Trabanco aumenta las horas de preparación. Puede dedicar tres o cuatro jornadas seguidas a entrenar medidas, estilo y precisión. En cambio, cuando no hay concursos a la vista es capaz de pasar días sin tocar una botella. Esa preparación intermitente contrasta con la rutina de muchos de sus rivales y hace aún más singular una trayectoria construida únicamente desde la afición.
El campeón del festival de Nava reivindica el papel del escanciador como parte esencial de la cultura sidrera. Cree que todavía no está suficientemente valorado y reclama un mayor compromiso tanto del sector como de los propios clientes. Defiende que quien entra en una sidrería debería exigir que se sirva como manda la tradición. Las máquinas, admite, pueden resultar útiles en una comida multitudinaria o en casa, pero nunca deberían sustituir al escanciador detrás de una barra. Es tajante: «Si entro en una sidrería y me sirven con máquina, me tomo una cerveza».
Después de más de veinte años persiguiendo la victoria en Nava, Jonathan Trabanco ya puede decir que ha conquistado el concurso que más deseaba. Pero el trofeo explica sólo una parte de la historia. La otra está en el camino recorrido: el de un aficionado que nunca hizo del escanciado su profesión, que sigue entrenando por el simple placer de mejorar y que continúa defendiendo que el primer secreto para servir un buen culete está en disfrutar de cada botella como si se tratara de la primera.
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